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Cuántos de los crepúsculos que admiras,
pasamos entre dulces vaguedades,
las verdades juzgándolas mentiras,
las mentiras creyéndolas verdades.
Me hablabas de tu amor, y absorta y loca,
Me imaginaba estar dentro de un cielo,
y al contemplar tus ojos y tu boca
tu misma sombra me causaba celo,
Al verme embelesada al escucharte,
clamaste,-aprovechando mi embeleso-,
“Déjame arrodillar para adorarte”,
y al verte de rodillas te di un beso.
Te besé con arrojo, no se asombre
un alma escrupulosa o timorata;
la insensatez no es culpa. Besé a un hombre,
porque toda pasión es insensata.
Debo confesar que un beso ardiente,
aunque robé la dicha y el sosiego.
es el placer más grande que se siente
cuando se tiene un corazón de fuego.
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