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al respirar en sueños y vigilias, y en lo que le quedaba de vida.
Por ella ahora las señales del poeta, son reales. Como la luna.
Por ella, el poeta se hace poesía, vive junto a aquella ventana,
y le lanza versos, amarrados al centro de su mundo, y cazarla
es el nuevo plan maestro mientras la vida duerma, con el sol.
Ella siempre fue callada y constelada como ese bello poema
del que el poeta jamás se cansa y con el que hace un amor.
Ella, lo lee desde el infinito, no como libro sino como la voz.
El poeta hoy, ni siquiera concibe el por qué de su poderío,
el poder de lo que desenvaina, y lo que deja en el tintero.
El poeta solo quiere adorarla como a la luna, refulgente,
distante y perfecta como las eras que la vieron retoñar.
El poeta, solo puede soñar con alcanzarla, y a quizás
hacerle un día un poema, con forma de luna nueva,
y no con forma de trozo de luna vista, a través de
una ventana que quedó desolada, y contempla,
desde su rincón, a un joven poeta enamorado
de una luna, de ella, por las que vive poeta
por las que no ha muerto, y por las que,
lanza piedras chicas a la luna nueva,
la que ven los hombres comunes
para lograr, al fin, alcanzarla,
y regalársela a ella, en
lugar de un poema.
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