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Javier Garralda Alonso
Es evidente que para un cristiano la medida de todas las cosas radica en el amor que se ponga en ellas: amor a Dios sobre todas las cosas y amor al prójimo como a uno mismo, un amor que debe llegar incluso hasta amar al enemigo.
Es natural y bueno e incluso obligatorio amar en primer lugar a la propia familia. Lo que, en cambio, se deslizaría por la pendiente de un amor desordenado sería que el amor a la propia familia se convirtiera en odio a la familia del vecino. Y es natural, bueno, e incluso obligatorio, que uno ame en primer lugar a lo que considera su nación. Lo que, sin embargo, convertiría este amor en desordenado sería que se llegara al odio a la que se considera la nación del otro.
Chiara, la fundadora del movimiento de los Focolares, decía que tenemos que amar la patria de los demás como si fuera la nuestra. Y ello no es sino un corolario social del precepto “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
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