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Sin embargo, en la vida cotidiana no separamos el trigo de la cizaña y no nos cuidamos de la tentación. Convivimos muy fácilmente con ella. La damos por natural -insisto- como damos por natural la caída. La pureza de corazón nos afirmaría más en la palabra del Evangelio, en la palabra del Padrenuestro: «No nos dejes caer en la tentación».
Si miráramos más a Jesús, si estuviéramos más pendiente de El, si volviéramos a El… no daríamos por supuesta la caída en la tentación, ni siquera la tentación. No nos justificaríamos: «es que somos hombres» -como muchas veces pensamos- y ahí justificamos lo más reprensible: nuestras actitudes, nuestros hechos, nuestras carencias, nuestras omisiones, nuestro consentirnos o aceptar como habitual lo que no cabe en nuestra vida.
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