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El Elefante de Marfil
Epílogo
Guiomar volvió a colgar el cartel de “AQUÍ SE IMPRIMEN LIBROS” en la puerta de la imprenta.
En algún momento del viaje pensó en venderlo todo, alejarse de los malos recuerdos, ir en busca de Ventura para rogarle que se volvieran egoístas y olvidadizos; de esa manera podrían abandonar el país sin remordimientos.
Cuando llegó a su casa la encontró agotada, como su propio estado de ánimo.
Los críos de la ciudad aprovecharon que estaba vacía para ensayar su puntería con los vidrios del escaparate y de los pisos superiores, así que la fachada parecía un enorme rostro desdentado que la miraba con ojos de lástima. Vió las cortinas ondear lánguidas, igual que las enaguas de una anciana mendiga con cada golpe de viento y, al entrar en el patio , se dió cuenta de que la naturaleza, mucho más sabia que el género humano, buscaba su liberación de los tiestos escalando las columnas en dirección al cuadrito de cielo de tragaluz. Pero esa aparente desolación se le diluyó al sentir de nuevo el olor de su hogar: esa mezcla de geranios, cera de muebles y tinta. Entonces comprendió que tenía una resposabilidad, que lo peor que le podía pasae a un se humano era vivir huyendo de la vida, y decidió afrontarla tal y como se la habían servido. Era quien era y eso no podía cambiarlo la distancia: no podía irse. Se marchitaría lejos de aquella ciudad arrebatada que igual festejaba con cantes la muerte y la vida, no podía vivir sin el runrún de las máquinas de la imprenta acompasando su corazón.
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