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diario

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Esto es para quien no pueda dormir que se entretenga hasta la pagina(9)…..¡¡¡ DOS PASIONES !!!………..¿?

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Exalando un largo grito, brotado de lo hueco de sus entrañas, la horrenda
furia cayó muerta encima del cadáver.

FIN

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extraña y repentina convulsión la hace romper en frenéticos saltos.
Fanny
¡Ay!… ¡Ay!… ¡Este licor me abrasa las entrañas! ¡Duele! ¡Quema! ¡Ay! ¡Me
muero!.. ¡Maldita y condenada bruja, ya soy tuya!… ¡Ya soy tuya!… ¡Ay!
Gamiani, insensible a estos gritos de espanto y de tortura, redobla sus
ataques. Rompe, desgarra y se hunde entre oleadas de sangre… Pero, de pronto,
se extravía su mirada… sus miembros se retuercen… los huesos de sus dedos
crujen… No cabe duda de que ha dado y tomado un ardiente veneno. Lleno de
horror, corro a prestar auxilio; rompo las puertas, acudo, llego…
¡Fanny no existía ya! Sus piernas y sus brazos, en contorsión tremenda,
estaban enredados a los de Gamiani, que todavía luchaba con la muerte.
Intenté separarlas.
-¿No ves -me dijo una voz de estertor- que voy a morir?… ¡Vete!… ¡esta
mujer es mía!… ¡ Vete de aquí!
-¡Es horrendo! -exclamé loco de angustia.
Gamiani
¡Sí! ¡Pero he conocido todos los arrebatos de la carne! ¿Comprendes, necio?
¡Sólo me faltaba saber si en el tormento del veneno, si en la agonía de una
mujer mezclada a mi agonía, había también algún posible goce! ¡Lo hay, y es
atroz! ¿Me oyes? ¡Muero en el paroxismo del placer y el dolor!… ¡No puedo
más!… ¡Oooh!…

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es pellizcada, estrujada y mordida. No puede ya resistir más y
lanza agudos gritos; pero un delicioso contacto viene a calmar al instante el
dolor y a provocar un lánguido suspiro. Gamiani, más ardiente y más activa,
hunde la cara entre los muslos de su víctima, su lengua se sepulta en el cáliz
de amor y lentamente apura toda la voluptuosidad que es capaz de sentir una
mujer. Atenta a los progresos del delirio que causa, detiénese o redobla sus
ataques según que el paroxismo del placer se aleja o se aproxima. Fanny,
nerviosamente sacudida, rompe de pronto en un largo
alarido.
Fanny
¡No puedo más!… ¡Me matas!… ¡Ay!…
Gamiani
¡Toma! ¡Toma! -grita Gamiani, dándole un frasco del cual acaba de absorver la
mitad-. ¡Bebe! ¡Es el elixir de la vida! ¡Tus fuerzas van a renacer!
Fanny, incapaz de resistir, bebe ansiosa el licor que la infame derrama en su
entreabierta boca.
-¡Oh! ¡Al fin! -dice Gamiani, arrebatada. ¡Ya eres mía!!
Hay en sus ojos un no sé qué infernal. Arrodillada entre las piernas de su
amada, se amarra al cuerpo apresuradamente el tremendo instrumento y lo empuña
con aire amenazante.
Viendo esto Fanny, se agita, se sacude, se retuerce con más violencia aún.
Parece que un fuego interior la atormenta y la lleva a la locura. Sus muslos y
su vientre se abren, se distienden, se prestan esforzadamente al monstruoso
simulacro. ¡Desventurada! Apenas ha empezado el horrible suplicio, cuando una

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a
reanimarte poco a poco; voy a incendiarte y llevarte al delirio. Caerás muerta
en mis brazos, pero muerta de amor y de placer. ¡Delicias inauditas! ¡Gustarlas
solamente lo que dura un relámpago, sería el goce supremo del mismo Dios!
Fanny
Tus palabras me queman. ¡Vamos, Gamiani, vamos!
Oyendo esto, Gamiani se recoge precipitadamente sus cabellos flotantes, que le
estorban. Se hunde una mano entre las piernas y se excita un instante; después,
de un salto, lánzase sobre el cuerpo de su amada y la palpa, la oprime y la
acaricia por doquier. Sus labios rozan la bermeja boca; Fanny suspira y la
condesa se detiene, aspirando su aliento. Viendo desnudas e inmóviles a las dos
mujeres, soldadas, por decirlo así, la una a la otra, habríase dicho que se
operaba entre ellas una misteriosa fusión y que sus almas, silenciosamente, se
juntaban en una.
Insensiblemente, Gamiani se desase y se yergue. Sus manos juguetean entre los
cabellos de Fanny. Después revolotean sus besos y sus tiernos mordiscos desde la
cabeza a los pies, los cuales cosquillea con la punta de los dedos y la punta de
la lengua. Luego se deja caer sin fuerzas, y vuelve a levantarse, y vuelve a
caer anhelante y carnívora. Fanny es besada, tentujeada, restregada, manipulada
en todas partes;

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¡Cada instante es un
siglo!
Gamiani
¡Calma, vida mía! Escucha: para gustar mejor todo el placer con que voy a
embriagarte, tienes que abstraerte, que perderte, que abismarte en un solo
pensamiento de amor sensual, de deleite carnal y delirante. Por vivos que sean
mis asaltos y por grandes que mis furores sean, no te muevas siquiera. Estate
quieta y recibe mis besos sin devolvérmelos. Si muerdo, si desgarro, refrena los
transportes del dolor como los de la dicha hasta el supremo instante en que
luchemos juntas para morir las dos al mismo tiempo. ¡Ahora vas a saber lo que es
gozar!
Fanny
¡Sí, sí; te comprendo, Gamiani! Mira: ya estoy como dormida, y soñando
contigo. ¡Aquí me tienes, ven!… ¿Me encuentras bien así?… Espera, espera:
esta postura será quizá mejor.
Gamiani
¡Viciosa! ¡Me aventajas! ¡Qué hermosa estás tendida de ese modo!… ¡Ah,
impaciente, impaciente! ¡Cómo se adivina tu afán!
Fanny
Estoy ardiendo. ¡Empieza, empieza! ¡Te lo pido por Dios!
Gamiani
¡No! Prolonguemos más nuestra irritada espera; esta es otra delicia.
Abandónate aún más… ¡Así, así!… ¡Así te quiero!… ¡Diríase que es de
mármol!… ¡Suprema languidez! Voy a apoderarme de ti, a darte la vida,

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Gamiani
¡Cálmate, Fanny, cálmate! ¡Me asusta tu mirada! ¡Te obedeceré, lo haré todo!
¿Qué quieres?
Fanny
¡Pues, ea! ¡Que tu boca me tome, que me beba!… ¡Así! ¡Arráncame el alma! ¡Yquiero yo después cogerte a ti, llegarte con la ansiosa lengua a las entrañas ysacudirte hasta hacerte gritar!… ¡¡Oh, el asno aquel!! ¡Quisiera un miembroenorme, formidable, aunque me abriera, aunque me reventara!
Gamiani
¡Ah, loca, loca, todo lo gozarás! ¡Mi boca es hábil e insaciable como la de unvampiro, y además traigo el instrumento de placer que pides!… ¡Míralo y di siéste no puede reemplazar al del asno!
Fanny
¡Oh, es monstruoso!… ¡Dámelo! ¡Dámelo pronto, que lo toque y lo pruebe!…
¡Ay!, ¡ay!, ¡uf!, ¡imposible!… ¡Me destroza!
Gamiani
Es que no sabes. Yo te ayudaré. Tú no hagas más que resistir.
Fanny
¡Aunque supiera que me había de matar, quiero gozarlo entero! ¡Estoy fuera de
mí!Gamiani
Echate boca arriba, bien extendida; abre las piernas; suéltate los cabellos;
deja caer los brazos descuidadamente. Entrégate confiada y sin temor.
Fanny
¡Oh, sí, me entrego enloquecida! ¡Ven a mis brazos, ven!

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que se retorcía igual que un energúmeno. Todos sentimos a la vez la
explosión del deleite. ¿Concibes la extensión de este tremendo exceso? Aspirar
por la boca la fuerza entera que se le escapa a un hombre;
beberte las oleadas de acre y caliente espuma y sentir a la par un doble chorro
ardiente que te atraviesa de delante atrás y de atrás adelante e inunda tus
entrañas… ¡Es un placer triple, infinito, que no se puede describir! Mis tres
incomparables luchadores lo renovaron generosamente, hasta quedar rendidos y
agotados.
Luego, cansada, hastiada de los hombres, no volví nunca a concebir otro deseo
ni a gustar otra dicha que abrazarme desnuda al cuerpo frágil y tembloroso de
una chiquilla tímida, y amaestrarla, aturdirla y desmayarla de placer… Pero..,
¿ qué tienes?, ¿ qué haces?
Fanny
Me encuentro en un estado horrible. ¡Pienso cosas atroces, monstruosas! Todo
cuanto has sentido tú, delicias y dolores, querría sentirlo yo también en
seguida, ahora mismo… ¡No; no me basta tú para saciarme! Mi cabeza arde… da
vueltas… ¡Oh, tengo miedo de volverme loca! ¡A ver! ¿Qué me puedes tú hacer?
¡Quiero morir de exceso! ¡Quiero gozar, en fin!… ¡Gozar!… ¡Gozar!

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, de sus brazos. Estaba roto el prisma; un soplo impuro había apagado
aquél rayo de amor, aquél celeste rayo que sólo brilla una vez en la vida; mi
alma no sentía ya. Surgía otra vez la carne, ¡la carne sola!, y reanudé mi
existencia primitiva.
Fanny
¿Volviste a las mujeres?
Gamiani
Primero quise despedirme de los hombres. Para nunca más desearlos ni aun
recordarlos, quise agotar todo el placer que ellos pudieran darme. Valiéndome de
una célebre tercera, me prostituí a los más fuertes y pujantes hércules de
Florencia. Una mañana me acaeció correr treinta y dos postas y no quedar
saciada. Otra vez vencí, destrocé, aniquilé, uno tras otro, a seis atletas.
Cierta noche hice más: encerréme con tres recios campeones; mis dichos y mis
actitudes los pusieron de tan galante humor, que concebí una idea diabólica:
para llevarla a cabo, mandé al más fuerte echarse boca arriba y, mientras me
refocilaba a mi talante hincada sobre su clavija formidable, fui lindamente
gomorrizada por el segundo, y dio mi boca al tercero tal goce y tan insuperable
cosquilleo,

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ojos de mi amante entraba por los míos hasta llegar al fondo de mi ser y
conturbarlo de alegría infinita. La voz de Eduardo tenía un sonido musical.
Todos sus gestos eran locura, elocuencia, entusiasmo. Siempre extremosa e
impulsiva, fui tan ardiente en la pasión ideal como antes en el vicio. Tenía
Eduardo uno de esos espíritus fuertes, dominadores, que arrastran a los otros a
su órbita. Yo me elevé a su altura: la sola idea del grosero placer me
sublevaba; si me hubiesen forzado a practicarlo, habría muerto de ira. Esta
voluntaria barrera que me impuse aguijoneaba el amor de ambos; la privación lo
hacía más fervoroso. Eduardo fue el primero en sucumbir: harto de un platonismo
cuya causa no se sabía explicar, le faltaron las fuerzas para domar la tentación
de su apetito; un día me sorprendió dormida y me poseyó… Desperté en medio de
sus abrazos locos; vencida yo también, mezclé mis arrebatos a los suyos; me vi
tres veces transportada al cielo y Eduardo fue tres veces dios; mas cuando hubo
caído, me inspiró horror: ya era para mí un hombre de carne y hueso… Me zafé
asqueada,

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No acaba aquí la historia. O muy delgada o muy gastada
para sostener tanto peso, la cuerda cede y se
parte. Muerto y viva ruedan por tierra, con tan fuerte golpe, que la mujer se
rompe dos o tres huesos y el pobre ahorcado, cuya estrangulación no había sido
completa, vuelve a la vida e en su tensión nerviosa está a punto de ahogar a su
infeliz pareja.
El rayo que cae entre una multitud causa menos espanto que el que esta escenaprodujo entre las monjas. Todas echaron a correr despavoridas, creyendo que eraSatanás quien había venido a gozar su infame orgía. Sólo la superiora quedó enla sala, entre las garras del resucitado inoportuno.
Tal aventura debía traer horribles consecuencias. Para esquivarlas, huí del
convento aquella misma noche.
Refugiéme en Florencia, tierra de leyenda y de amor. Un joven inglés, sir
Eduardo, vehemente y soñador, concibió por mí una volcánica pasión. Yo estaba
hastiada de placeres inmundos.
En mí, hasta entonces, no había vivido más que la materia; mi alma dormitaba
aún y se despertó dulcemente a los acentos tiernos y conmovidos de un amor noble
y puro. Emprendí entonces una nueva existencia; gusté esas ansias vagas e
inefables que dan la dicha y poetizan la vida. Mi corazón ardió en el mismo
incendio que consumía al hombre que me adoraba. Aquel lenguaje, antes nunca
escuchado, me producía deliciosos temblores, La húmeda llama que salía de los

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Cuando me llegó a mí la vez de disfrutar el elixir
prolífico, era casi imposible reavivar tales miserias. Pero lo
conseguí, a pesar de todo. Inclinándome sobre el moribundo, sepulté la cabeza
entre sus ingles, y tan constante y hábilmente chupetée al señor Príapo, que se
despertó rubicundo y juguetón que daba gusto verlo. Acariciada yo a mi vez por
una lengua experta, sentí bien pronto que se acercaba un supremo placer, el cual
gusté sentándome orgullosamente sobre el cetro que acababa de conquistar, de
modo que di y recibí un diluvio de deleite.
Aquel espasmo agotó a nuestro hombre. Todo fue en vano para reanimarlo. Y
ocurrió, ¡oh, femenina ingratitud!, que así que las hermanas comprendieron que
el infeliz no servía para nada, determinaron, sin titubear, matarle y sepultarlo
en una cueva, para evitar que sus indiscreciones comprometieran la buena fama de
la casa de Dios. Inútilmente combatí la atroz sentencia: en menos de un segundo
fue descolgada de su cuerda una lámpara y colgada la víctima en un nudo
corredizo. Yo aparté mi mirada del horrible espectáculo. Pero héte aquí que la
estrangulación produce su ordinario efecto y el miembro del ahorcado se alza
rígido con enorme sorpresa de las monjas. La superiora, maravillada por aquella
virilidad inesperada y póstuma, se monta sobre un escabel, y entre los aplausos
frenéticos de sus infames cómplices, se desposa en el aire con la muerte y se
ensarta a un cadáver.

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, no siente más
que una punzada irresistible que cosquillea los huesos y la médula y el cerebro
y los nervios, y separa las articulaciones, y me hace arder, hervir…
¡Delicioso tormento! ¡Incomparable voluptuosidad que desata los lazos de la vida
y que parece que nos mata de amor!
Fanny
¡Cómo me enardeces, Gamiani! ¡Voy ya sintiéndome sin fuerzas!… Di: ¿y por
qué te saliste de aquel convento endemoniado?
Gamiani
Vas a verlo: una noche, en medio de una orgía insensata, se nos ocurrió
transformarnos en hombres colocándonos miembros prodigiosamente imitados, y
ensartarnos las unas a las otras persiguiéndonos en una loca danza. A mí me tocó
ser el último eslabón de la cadena, y era, por tanto, la única que cabalgaba sin
que la cabalgasen. ¡Cuál sería mi sorpresa al sentirme atacada por un hombre
desnudo, que había sabido, no sé cómo, introducirse entre nosotras! Lancé un
grito de espanto y, al oírme y verle a él, todas las monjas se desbandaron y
fueron a caer incontinentes sobre el audaz intruso. Todas querían dar remate
real al goce comenzado con un insuficiente simulacro. El festejado macho se
quedó pronto hueco y seco. Daba lástima ver su abatimiento idiota, su antena
flácida y colgante como sucia piltrafa, y toda su virilidad, en fin, en la más
negativa exposición.

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