Es una historia que podrá enardecernos y darnos nuevos ímpetus.
Fanny
Te oigo, Gamiani
Gamiani
Recordarás el suplicio espantoso que me infligió mi tía para satisfacción desu lujuria. No bien pude medir todo el horror de su infame conducta, me apoderéde los papeles que me garantizaban mi caudal, cogí también unas alhajas y algúndinero y, aprovechando una ausencia de mi honrada pariente, fui a buscar refugioen el convento de las hermanas de la Redención. La superiora, sin duda conmovidapor mi juventud y por mi aspecto tímido, me dispensó la acogida más propia paradisipar mi temor y cortedad.
Le referí lo que me había ocurrido y le pedí asilo y amparo. Tendióme ella los
brazos, me oprimió en ellos cariñosamente y me llamó hija suya. Luego me habló
del retiro tranquilo y dulce del convento, insistió en avivar mi asco a los
hombres y terminó con una exhortación piadosa, que me sonó como una voz del
cielo. Para hacer menos duro mi paso repentino del mundo al claustro, se decidió
que no me separase de la superiora y que me acostara en su celda.
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Fanny
¡Qué fatiga! Estoy destrozada; pero, ¡qué placer he sentido!
Gamiani
Cuanto más largo y más penoso es el esfuerzo, también el goce es más vivo y
más grande.
Fanny
Así lo acabo de experimentar. Más de cinco minutos he pasado en un vértigo
indecible: todo mi ser se estremecía y vibraba; el roce de tu vello fino y suave
contra la piel, me producía una comezón devoradora. ¡Oh locura!! ¡Oh delicia!
¡Gozar! ahora comprendo esa palabra. Una cosa me admira, Gamiani. ¿Cómo, siendo
tan joven, has llegado a tener esta experiencia soberana? Yo nunca habría podido
adivinar todos estos placeres. ¿Dónde aprendiste tu sabiduría? ¿De dónde viene
esa pasión que me confunde y que a veces me espanta? La Naturaleza no inspira
esas cosas.
Gamiani
¿Quieres conocerme? Pues oye: enlázate a mis brazos, crucemos nuestras
piernas, apretémonos la una contra la otra. Te voy a relatar mi vida en el
convento.
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Vuelto en mí, me sentí todo aturdido. No podía alzar los párpados, y la cabeza
apenas se me tenía sobre los hombros. Quise alejarme, y un suspiro de Fanny me
detuvo. Me había clavado allí el demonio de la carne. Mientras las manos se
cansaban vanamente en reanimar la potencia extinguida, los ojos seguían ávidos
la escena que me había puesto en tal estado.
Habían cambiado las posturas: ambas tríbadas, a horcajadas una sobre otra,
mezclaban el tupido vello de sus órganos en un roce frenético, y las dos se
atacaban y retorcían con un vigor que sólo el ansia del placer puede prestar alas mujeres. Habríase dicho que querían abrirse, destrozarse, meterse la una enla otra; tan grande era su esfuerzo, tan agitada su respiración.
-¡Ya!… ¡Ya! -gritaba Fanny-. ¡No puedo más! ¡Me muero!… ¡Sigue tú sola,
sigue!
-¡No; tú también -respondía la condesa-. ¡Ya se acerca el placer! ¡Muévete!
¡Empuja! ¡Empuja! ¡Ah!… ¡Ya lo siento, me deshago!… ¡Ah, ah, ah!… -La
cabeza de Fanny cayó sin fuerzas. Gamiani sacudía la suya, mordía las sábanas,
mascaba los cabellos flotantes de su amada. Yo seguía sus transportes, sus
gritos, sus suspiros, y llegué al fin, como ella, al delirio de la
voluptuosidad
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, poetizaban en cierto modo su extravío.
En vano quise razonar y en vano condenaba la abyección de aquel absurdo e
insensato deleite; me sentí trastornado, enardecido, poseído de lujuria. En la
imposibilidad de ir a arrojarme sobre las dos hembras desnudas, era como una
fiera en celo que jadea viendo a la hembra a través de los hierros de la jaula.
Permanecía estúpidamente inmóvil, con el ojo pegado al agujero por donde, si
vale la imagen, aspiraba mi tormento: verdadero tormento del infierno, atroz,
insoportable, que primero nos hiere en la sien como un mazazo y después corre
por la sangre y se infiltra en los huesos y llega hasta la médula y la abrasa.
Pensaba que mis nervios acabarían por saltar. las uñas de mis dedos se hundían
en la pared. No respiraba, echaba espumarajos por la boca. Sufrí un acceso de
locura furiosa y, enarbolando rabiosamente mi virilidad, sentí toda mi fuerza
masculina agitarse vibrante entre mis puños, palpitar briosamente y escaparse y
saltar en un chorreón hirviente, como rocío de
fuego. ¡Deleite súbito y terrible que enerva y que aniquila, y que tira a un
hombre por tierra como muerto!
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Sus cuerpos no formaban más que uno. Unicamente las cabezas estaban separadas,y ambas mujeres se miraban en éxtasis. Los ojos centelleaban y las mejillas erande color de llama. Las bocas temblorosas reían o se juntaban en un beso. Oí unsuspiro y en seguida otro que le respondía; luego un grito apagado, y las doshembras se quedaron inmóviles.
Fanny
¡Cuánto he gozado, cuánto!
Gamiani
Yo también, gloria mía, de un modo que hasta ahora no conocí jamás. Bebía entus labios juntamente alma y vida. ¡Ven a tu cama, ven a pasar la noche enteraembriagada de amor!
Así diciendo, las dos se empujan mutua y dulcemente hacia la alcoba. Fanny selanza al lecho, se tiende en él y ondula y se repliega con el desmayo perezosode una gatita en celo. Gamiani, de rodillas en la alfombra, la atrae junto a supecho, la rodea con sus brazos y la contempla en lánguido abandono…
Bien pronto se reanudan las caricias, se responden los besos y las ágiles
manos buscan, sabias, los lúbricos contactos. En el rostro de Fanny se adivinan
el deseo y la ansiosa espera; en el de la condesa, el arrebato de su furia
carnal. Arreboladas, sacudidas por el aguijón del placer, me parecía como que
los dos cuerpos lanzaban chispas; las delirantes tríbadas, en fuerza de
frenética pasión,
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tremendamente abiertos, con las
manos unidas, implorantes, echada de rodillas ante su Fanny. Se diría que la
cólera de Dios la había herido de súbito, convirtiéndola en mármol. Era sublime
en su éxtasis y en su abandonamiento.
Fanny
¡Sí! ¡Sí! ¡Te amo con todos mis sentidos! ¡Te quiero, te deseo! ¡Me harás
enloquecer!
Gamiani
¿Qué dices, amor mío, qué dices? ¡Al cabo soy feliz! Tus cabellos de oro
resbalan en mis dedos con su finura y suavidad como de seda. Tu purísima frente
es blanca como un lirio. Toda eres blanca, satinada aromada. Toda eres
celestial. ¡Eres un ángel, y eres la lujuria! Desanuda esos lazos que te
oprimen.
¡Desnúdate, desnúdate, para ser pronto mía! Ya estoy desnuda yo… ¡Así!… Me
deslumbras, me ciegas. Quédate en pie para que yo te admire. Si pudiera
pintarte, copiar tu cuerpo con un solo trazo… ¡Espera, espera que te bese esos
pies, esas rodillas, ese pecho, esa boca! Bésame tu también, apriétame, más
fuerte. ¡Más fuerte! ¡Dame tu carne entera! ¡Qué alegría!
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Gamiani
¡Horror! ¡Horror! ¿Por qué? ¿No soy todavía joven? ¿No soy todavía hermosa? En
todas partes me lo llaman. ¿Mi corazón no es aún capaz de amar? El fuego que me
abrasa, que me consume, este fuego de Italia que redobla mis ímpetus, ¿es una
cosa horrible? ¿Qué es un hombre, un amante, comparado conmigo? Dos o tres
combates lo agotan, lo aniquilan: al cuarto, cae rendido y sus ijares se aflojan
impotentes en el espasmo del placer. ¡Da compasión! ¡Yo, en cambio, me mantengo
siempre fuerte, frenética, insaciable! ¡Sí! ¡Yo personifico los ardientes deseos
de la materia, los devoradores deleites de la carne! Ardiente, inagotable, doy
un placer sin fin. ¡Soy el amor que mata!
Fanny
¡Basta, Gamiani, basta!
Gamiani
¡No, no! ¡Escúchame, Fanny; óyeme más aún! Verse desnudas, sentirse jóvenes y
hermosas, suaves y perfumadas, y temblar de pasión y de delicia; tocarse,
confundirse, darse el cuerpo y el alma en un suspiro, en un grito de amor…
¡Eso, Fanny, es el cielo!
Fanny
¡Qué voz! ¡Qué ojos! ¡Y os escucho y os miro!… ¡Tened piedad de mí! No puedo
defenderme. Me fascináis… ¿Qué poder es el tuyo? ¡Te metes en mi carne, te
metes en mis huesos, como un veneno! ¡Oh! ¡Eres horrible y… te amo!
Gamiani
“¡Te amo!”, “¡Te amo!”. Dilo otra vez, repítelo mil veces.
Gamiani estaba inmóvil, pálida, con los ojos
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inoportuna… odiosa. ¡Sí; os rechazo… y os odio!… ¡Dejadme, por piedad!…
¡Marchaos, evitad un escándalo!
Gamiani
Tengo tomadas mis medidas y mi resolución, y no seréis vos quien las cambie.
¡Fanny, no puedo más! ¡No puedo aguantar más!
Fanny
Pero, ¿qué pretendéis? ¿Qué queréis? ¿Forzarme una vez más, violentarme,
mancharme? ¡Ah, no, eso no! Os iréis o llamaré a mis criados.
Gamiani
¡Inocente! Estamos solas; he cerrado las puertas y he tirado las llaves por la
ventana. ¡Eres mía! Pero cálmate; no temas.
Fanny
¡Por Dios! ¡No me toquéis!
Gamiani
Fanny, es inútil que te resistas. Sucumbirás al fin. Soy la más fuerte, y la
pasión me hace más fuerte aún. ¡Ni un hombre me podría vencer! ¿Qué es eso?…
¿Tiemblas? ¿Palideces?… ¡Dios mío! ¿Qué tienes? ¿Te sientes mal? ¡Oh! ¿Qué he
hecho?… ¡Vuelve en ti, vuelve en ti! Si te aprieto así, es porque te amo. ¡Te
amo tanto!… ¡vamos, yo no soy mala, juguetillo mío, hijita mía! ¡No; soy
buena, muy buena! ¡Léelo en mis ojos, óyelo en los latidos de mi corazón! Todo
es por ti y es para ti. No quiero más que tu alegría, verte en mis brazos
desmayada de amor. ¡Vuelve en ti, vuelve en ti con mis besos! ¡Estoy loca! ¡Te
adoro!
Fanny
Acabaréis por matarme. ¡Dios mío! ¡Dejadme! ¡Dejadme ya! ¡Me dais horror!
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Me había jurado no ver más a Gamiani; pero su juramento no extinguía el ansia
que en secreto sentía. Luchaba en vano; el combate interior sólo servía para
excitarla más. Bien pronto comprendí que no resistiría. Acabé por desconfiar de
ella atrozmente y por apelar al recurso de espiarla.
Valiéndome de un agujero hábilmente practicado en el tabique de la alcoba,
todas las noches la observaba al acostarme. ¡Pobre criatura! Muchas veces la vi
echarse llorando en un diván, y retorcerse y revolcarse desesperadamente y, de
pronto, quitarse las ropas a puñados, rasgarlas y tirarlas y ponerse desnuda
ante el espejo, con la vista extraviada, lo mismo que una loca. Palpábase,
golpeábase, se excitaba al placer con insensato y brutal frenesí. Yo no podía
calmarla; pero quería ver hasta dónde llegaba aquel delirio de la carne.
Hallábame una noche en mi obsevatorio e iba a acostarse fanny, cuando la oí
que decía:
-¿Quién anda ahí? ¿Sois vos, Angélica?… ¡Oh! ¡¡Es Gamiani!!… señora, no
podía figurarme…
Gamiani
¡Claro es! Me huís, me rechazáis, y he tenido que recurrir a la astucia.
Engañe y aleje a vuestros criados, ya aquí estoy.
Fanny
No acierto a comprenderos, y menos todavía a calificar vuestro tesón; si he
guardado el secreto de lo pasado entre nosotras, mi negativa resuelta a
recibiros debió bastar para que comprendieseis que vuestra presencia es para mí
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Fanny me oía muda, extasiada; respiraba mi aliento y mi mirada e iba
estrechándose contra mí poco a poco y parecía como si dijera:
-¡Sí, tuya! ¡Siempre tuya! ¡Tuya entera!
Como había entregado su cuerpo, crédula e inocente, daba su alma, confiada,
subyugada. Y yo la cogí de sus labios en un beso, a cambio de la mía.
Al fin nos levantamos. Aún quise ver a la condesa. La vi. La vi tumbada
innoblemente, con la cara contraída y el cuerpo sucio y fofo como el de una
borracha que rueda en cueros por cualquier rincón. Estaba doblada, encogida:
parecía que incubaba su lujuria.
-¡Vámonos! -exclamé-. ¡Vámonos de aquí, Fanny! ¡Vámonos pronto de esta casa
maldita!
SEGUNDA PARTE
Yo pensaba que Fanny, joven como era e inocente en el fondo, no guardaría de
la condesa más que un recuerdo de horror y repugnancia. La colmé de amor y
ternura, le prodigué las caricias más dulces y enervantes, y tenía la esperanza
de que jamás sentiría otra pasión que la que inspira la Naturaleza: la que
confunde a los dos sexos en el goce normal del alma y los sentidos.
¡Ay!, me engañaba; estaba su imaginación herida para siempre; su fantasía iba
más allá de todos los placeres que sentíamos; nada podía igualar en la mente de
Fanny a los transportes de su amiga: nuestros mayores arrebatos le parecían
desmayadas caricias comparados con los que conoció en aquella noche horrenda.
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! Fanny,
dormida, semidesnuda sobre el revuelto lecho, convertía en realidad los más
bellos ideales. Graciosamente reposaba la cabeza sobre el curvado brazo; su
perfil se acusaba suave y casto como en un lienzo de Rafael; su cuerpo, en cada
uno de los rosados miembros y en el armonioso conjunto, era de una belleza
prestigiosa.
Era una voluptuosidad incomparable deleitar a placer la vista en tantas
gracias, y al mismo tiempo daba compasión pensar que aquella noche de impureza
había bastado para agostar la virgen de quince primaveras. Frescura, gracia,
juventud, todo lo había destrozado la orgía. El alma tierna y cándida, el almahasta entonces mecida dulcemente por la mano de un ángel, estaba ya entregadapara siempre al demonio de la concupiscencia; sin ilusiones, sin ensueños, sinun primer amor… ¡Todo perdido! ¡Todo!
La pobre niña despertó sonriente. Creía encontrar su amanecer acostumbrado,
sus dulces pensamientos, su inocencia… Pero, ¡ay!, me vio. Aquel no era su
lecho ni aquella era su alcoba. Su dolor partía el corazón. La ahogaba el
llanto. Yo la miraba conmovido, avergonzado. La tenía entre mis brazos. Sorbía
cada una de sus lágrimas como un néctar de amor.
Ya no hablaba la carne; mi alma se derramaba toda entera y mi pasión se
reflejaba, viva, ardiendo, en mi lenguaje y en mis ojos.
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indicaban toda la espera de una sensualidad delirante, que toca el
paroxismo del ansia del placer y pide la locura.
Apenas llegados al borde del lecho, nos lanzamos de un salto uno contra otro,
como fieras encarnizadas. Nuestros dos cuerpos se oprimían, se rozaban, se
electrizaban. Entre convulsivos abrazos, hirientes gritos y mordiscos
frenéticos, tuvimos un odioso apareamiento; apareamiento de la carne y de los
huesos, goce de brutos, rápido, abrasador, en que nuestra naturaleza, en lugar
de semilla, daba sangre. El sueño apagó al fin todos estos furores.
Después de cinco horas de bienhechora calma, desperté yo el primero.
Ya el sol brillaba en todo su fulgor. Sus rayos traspasaban alegremente las
cortinas y jugueteaban en dorados reflejos sobre los tapices magníficos y las
joyantes sedas de la alcoba. Este encantador despertar, coloreado, poético,
después de aquella noche inmunda, me devolvió el sentido de mí mismo. Me pareció
que había salido de una pesadilla espantosa y que tenía junto a mí, entre mis
brazos, bajo mi mano, un seno dulcemente conmovido, seno de lirios y de rosas,
tan joven y tan frágil y tan puro, que solo con poner en él los labios se
debería sentir temor de que se marchitara. ¡Oh, qué deliciosa criatura!
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De pronto, el can, libre ya y siempre dócil a su lección, tiróse sobreJulia, cuyas caderas entreabiertas y oscilantes dejaban ver el más dulce regalo.Tanto y tan bien obró Medoro, que Julia se detuvo de repente y se quedó rendidade placer.
Irritada por esta detención, que acrecentaba su dolor y difería su goce, la
infeliz condesa juraba y maldecía fuera de sí.
Vuelta al sentido la doncella, recomenzó con más vigor que nunca. Por una
sacudida violenta de su ama, por sus ojos cerrados, por su aliento anhelante,
comprendió que el momento supremo se acercaba. Sus dedos oprimieron el resorte.
Gamiani
¡Ah!… ¡Para!… ¡Basta!… ¡Me deshago!… ¡Por fin!… ¡Ay!
¡Lujuria del infierno!… Yo no había tenido el valor de abandonar mi
observatorio. Sentía perdida la razón, fascinados los ojos. Aquellos arrebatos
furibundos, aquellos éxtasis brutales me lanzaron a un vértigo: ya no había en
mí más que sangre incendiada, revuelta, atropellada, y lujuria y violencia y
desenfreno. Estaba bestialmente furioso de amor. El semblante de Fanny también
se había mudado por completo. Sus pupilas inmóviles se clavaban en mí; sus
brazos rígidos se me tendían ansiosos; sus labios entreabiertos, sus dientes
apretados,
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La condesa exhalaba agudos ayes forzando el tono en proporción de la
intensidad del placer. Se abría podido calcular y medir las gradaciones de los
cosquilleos que estremecían el cuerpo de la desenfrenada Calimanta.
De pronto, gritó:
-¡Leche! ¡Leche! ¡Leche!
No acertaba yo a adivinar lo que quería decir aquella exclamación, verdadero
grito de angustia y de desmayo, cuando vi a Julia reaparecer armada de un gran
miembro varonil, portentosamente imitado y lleno de caliente leche que, al
oprimir la doncella un resorte, saltaba hasta diez pasos. Con dos correas se
adaptó el lúbrico aparato al sitio conveniente. El garañón mejor provisto, en
todo el ímpetu de su poder de macho, no abría podido ostentar tal grandeza, o,
por lo menos, tal grosor. Nunca llegué a pensar que la imponente máquina lograse
penetrar el cuerpo de Gamiani. Pero, ¡Oh sorpresa!, cinco o seis ataques de una
desaforada intensidad, acompañada de delirantes gritos, bastaron para sepultar,
para enterrar el formidable príapo. Se hubiera dicho que la condesa era viviente
representación de la Casandra de Casani.
Las dos mujeres se entregaron a un acompasado vaivén, ejecutado con habilidadmaestra.
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casi
recta sobre la cabeza en una inverosímil cabriola, para caer nuevamente, riendo
con espantosas carcajadas.
Gamiani
¡Julia, ven! ¡Ven! ¡Voy a volverme loca!… ¡Ven mujer del demonio! ¡Quiero
morderte!
Y Julia, desnuda como la condesa, pero fuerte, pujante, cogiendo las dos manos
de su ama, se las ató, y le ató luego los pies, de modo que apenas si podía
volverse.
La lascivia llegó entonces al colmo; las convulsiones de Gamiani me
espantaban. Julia, sin demostrar sorpresa alguna, danzaba, saltaba como una
posesa, se excitaba al placer y al fin caía rendida en un sillón.
La condesa seguía con la mirada todos sus movimientos. Su impotencia para
intentar idénticos transportes y gustar la misma embriaguez, redoblaba su furia:
era un Prometeo hembra, desgarrada por cien buitres a la vez.
Gamiani
¡Me doro! ¡Aquí, me doro!
A esta llamada, un enorme perrazo salió de su escondrijo, lanzóse sobre la
condesa y se puso a lamerle ávidamente el clítoris, cuya punta surgía inflamada
y roja.
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