Alcides
¡Qué hacéis, Gamiani? ¿Os levantáis?
Gamiani
No puedo más, me abraso… Querría… ¡Sí, sí, agotadme aún más! ¡Estrujadme,
golpeadme!… ¡Oh, no poder gozar!…
Rechinaban sus dientes, y sus ojos giraban, espantosos, en las órbitas; toda
ella temblaba. Daba miedo verla.
Fanny se levantó sobrecogida. Yo pensé que Gamiani iba a caer con una
convulsión. En vano la cubrí de besos sus partes más tiernas. Cansáronse mis
manos de macerar a la implacable furia, cuyos canales espermáticos estaban
agotados o cerrados. Llegué hasta hacer saltar la sangre sin lograr el espasmo.
Gamiani
Me voy… ¡Dormid!
Y diciendo esto se tiró de la cama, abrió una puerta y desapareció…
Alcides
¿Qué quiere? ¿A dónde va? ¿Lo adivináis vos, Fanny?
Fanny
¡Silencio, oíd!… ¡Qué gritos!… ¡Va a matarse!… ¡Dios mío, la puerta estácerrada!… ¡Oh! Se ha metido en la alcoba de Julia. Esperad: allá arriba hay unhueco con una vidriera; podremos verlo todo. Acercad el sofá y coloquemos encimaestas dos sillas.
Nos subimos en ellas. ¡Qué espectáculo, santo Dios! A la luz mortecina de una
lámpara, la condesa, con los ojos desencajados, espumeante la boca, los muslos
llenos de esperma y de sangre, se revolcaba jadeando sobre un tapiz hecho de
piel de gato; se restregaba los riñones por el tapiz con una rapidez
inconcebible; algunas veces sacudía las piernas en el aire y se sostenía
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Pronto las reemplazó mi boca: chupaba ávidamente, roía, mordía. Y al oír un
grito para que detuviera mi hambre asesina, redoblaba el ansia.
Este exceso acabó conmigo. Mi cabeza cayó pesadamente.
-¡Basta, basta! -pedí.
Las tres hermosas perdieron a la vez el equilibrio y el sentido. Se
desplomaron sobre mí agotadas, expirantes, y me sentí inundado.
Gamiani
¡Qué delicias habéis gustado, Alcides! ¡Os envidio!
-¿Y tú, Fanny?… ¡Ah, la insensible! parece dormida.
Fanny
Dejadme, Gamiani; apartad esa mano que me agobia. Estoy rendida… Muerta…
¡Dios mío, qué noche!… Durmamos… Me..
La pobre niña bostezaba, se revolvía, se hacía un ovillo en un rincón del
lecho.
Pretendí reanimarla.
-No, no -me dijo la condesa-. Comprendo lo que sucede. Yo, en cambio, tengo
otro temperamento. Siento una irritación, un tormento, un afán… ¿Lo véis?
¡Desear, siempre desear hasta morir! Vuestros dos cuerpos que me rozan, vuestras
historias, vuestro ardor, me excitan, me arrebatan. Tengo un infierno en la
imaginación, un incendio en el cuerpo. No sé ya qué inventar para saciarme.
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-¡Tú, morena graciosa, la del pecho blanco y firme, siéntate al extremo del
lecho, junta tus piernas con las mías!… ¡Así! ¡Lleva mis pies contra tu seno y
rózalos pausadamente con esos lindos botones de amor! ¡Oh, qué delicia!
-¡Tú, dulce rubia de los azules ojos, ven a mí, a ser mi reina! ¡Colócate acaballo sobre el trono, empuña el inflamado cetro y húndelo todo entero en tusdominios!… ¡Uf, no tan pronto! Espera… Ve despacio y cadenciosa como unjinete al trote corto, y prolonga el placer.
-¡Y tú, tan mocetona, tan hermosa, la de la carne espléndida, la de soberbiocuerpo, abre tus muslos sobre mi cabeza!… ¡ábrelos más!… ¡Más aún! ¡Que misojos te vean, mi boca te devore, mi lengua te penetre a su sabor! ¿Qué haces
así, derecha? Inclínate hacia mí para que pueda acariciarte el pecho.
E iba a inclinarse sobre mí la hermosa, cuando le gritó la morena:
-¡No; conmigo, conmigo!
Y le mostró su lengua ágil, aguda como un estilete veneciano.
-¡Ven, ven -siguió- para que yo me coma tus ojos y tu boca! ¡Así te quiero:
ardiendo!… ¡Ponme aquí el dedo!… ¡Aquí!… ¡Ve despacio… despacio!…
Y las tres se movían, se agitaban y me excitaban al placer.
Yo miraba extasiado la viva lucha, los lascivos movimientos y las
inverosímiles posturas. Los gritos, los suspiros se mezclaron; por mis entrañas
corría fuego; todo mi ser se estremecía; mis dos manos palpaban dos manzanas de
carne o iban frenéticas, crispadas, a buscar y tentar encantos más recónditos.
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Gamiani
Pintáis a maravilla, Alcides. Estaría muy bien en un libro vuestro ensueño.
Alcides
¿Qué queréis? De algún modo hay que pasar la noche… Escuchad: lo que sigue
no es ya una fantasía, sino la realidad.
Después de aquello caí en un letargo. Cuando me recobré del acceso terrible yabrí los ojos vi a tres hermosas jóvenes, sin más ropaje que una blanca túnica,sentadas cerca de mi lecho. Pensé que me duraba el vértigo aún; pero enseguidame advirtieron de que el médico, comprendiendo mi mal, había determinado usar elremedio único que podía curarme.
Cogí primeramente una mano blanca y gordezuela y la cubrí de besos. Unos
labios frescos y rojos posáronse en mi boca. Aquel contacto delicioso me
electrizó; sentí todo el ardor de un rapto de demencia.
-¡Hermosas mías -clamé-, quiero gozar, gozar hasta el delirio, morir en
vuestros brazos! ¡Prestaos a mi arrebato, a mi locura!
Y arrojando lejos de mí las ropas de la cama, me tendí en ella, con una
almohada bajo los riñones. ¡Soberano y radiante alzábaseme el príapo!
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caída
sobre una oreja. Más allá, una diableja recibía a oleadas en la cabeza el
bautismo de la vida, en tanto que otra, haciéndose la moribunda, era despachada
con una horrenda profusión de santo viático.
Un señor diablo, llevado majestuosamente en andas, balanceaba orgulloso el
enérgico signo de su goce eróticosatánico, y de vez en vez esparcía a chorros el
licor bendito. Todos se prosternaban a su paso. ¡Era la procesión del Santo
Sacramento!
Pero, de pronto, suena una campanada, y al instante se juntan los diablos, se
agarran por las manos formando un corro inmenso y empiezan a girar
vertiginosamente. Sucumben los más débiles en el furioso galopar de aquél
desenfrenado torbellino. Su caída da en tierra con los otros; es una horrible
confusión, una atroz mescolanza de grotescos enlaces y apareamientos
monstruosos; un caos inmundo de rendidos cuerpos, manchados de lujuria, que al
fin viene a ocultar el velo de una fétida humareda
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Y aún había algunos que, mecha en mano, ponían fuego a un cañón, del que
salía un miembro espantoso, que recibía impertérrita, con los muslos abiertos,
una frenética diablesa.
Los más traviesos de la tropa ataban por las manos y los pies a una furiosamesalina, y ante ella se entregaban a todas las lascivias, a los placeres másdesenfrenados. La desdichada se retorcía jadeante, echando espumarajos por laboca, ávida de un placer que no podía alcanzar.
Aquí y allá, mil menudos diablillos, feos, saltarines, trepadores, iban,
venían, chupaban, pellizcaban, mordían, bailaban, daban vueltas en corro. Todo
eran risas, carcajadas, gritos, suspiros, desmayos, frenesíes de lujuria.
En un lugar más elevado, los diablos de mayor categoría entreteníanse
jovialmente en parodiar los misterios de nuestra santa religión.
Una monja desnuda, arrodillada, con la mirada dulcemente perdida como en
éxtasis, recibía con mística unción la blanca hostia que le ofrecía en la punta
de su tremendo hisopo un gran diablo con báculo y con mitra episcopal
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Me agité, ardiendo de lujuria, en el lecho; me erguí sobre las piernas,
sacudiendo soberbiamente mi glorioso príapo. Hablé de amor, de goce, con las
palabras más soeces; mis recuerdos clásicos se mezclaron a mis sueños; vi a
Júpiter echando fuego y a Juno que acudía a empuñarle el rayo, y vi a todo el
Olimpo en celo, en loca confusión y algarabía. Vi después una orgía, una bacanal
del infierno. Era una caverna profunda y tenebrosa, alumbrada por pestilentes
teas, cuyos resplandores rojizos, verdosos y azulados, caían sobre cien diablos
espantosos, de formas de macho cabrío y de actitudes grotescamente lúbricas.
Unos, lanzándose desde la cuerda de un columpio, soberbiamente armados, caían
sobre una mujer, la penetraban con su dardo y le causaban la horrible convulsión
de un goce repentino. Otros, más retozones, echaban boca abajo a una vieja beata
y, riendo locamente, a martillazos le hundían entre las nalgas un nervudo
príapo.
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Yo me lancé al encuentro de mis sílfides; pero ellas huían riendo y
jugueteando; sus grupos deliciosos se fundían un momento en el azul, y
reaparecían más gozosas y radiantes; formaban como ramilletes hechiceros de
figuras de encanto, que tenían todas para mí una risa placentera y una mirada
alegre y maliciosa.
Poco a poco las jóvenes impúberes se fueron eclipsando y vi que se acercaban
muchas mujeres en la edad del amor y la pasión.
Las unas eran vivas, animadas, de mirada de fuego, de pechos palpitantes; las
otras, delicadas, pálidas, como las vírgenes de Osián. Sus cuerpos frágiles,
voluptuosos, se dibujaban entre gasas; parecían desmayar de languidez; me abrían
sus brazos, sin que los míos pudieran alcanzarlas
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Llevaba varios meses en tal estado, cuando, cierta mañana, de repente, sentí
en todos mis miembros una violenta contracción, a la que siguió un movimiento
convulsivo como el que suele preceder a los transportes epilépticos… Volvieron
los deslumbramientos con más fuerza que nunca… Primero vi un círculo negro que
giraba ante mí vertiginosamente, y se agrandaba, y se hacía enorme. Luego brotó
del centro de la sombra una llama viva y rápida que lo alumbró todo. Descubrí un
horizonte inacabable, de inmensos cielos encendidos, atravesados por millares de
cohetes voladores que se rompían en una lluvia de oro y en chispas de zafir y de
esmeralda.
Se extinguió el fuego y le sucedió una luz tenue y aterciopelada. Me parecíanadar en el resplandor suave de un pálido rayo de luna de estío. De súbito, enel punto más lejano, surgieron vaporosas, aéreas, como un enjambre de doradasmariposas, miriadas infinitas de chiquillas impúberes desnudas, deslumbradorasde frescura, transparentes como estatuas de alabastro. Venían, corrían, volabanhacia mí.
a la noche seguire…………..
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Destinado a la carrera eclesiástica, educado en el rigor de una absoluta
castidad, combatía con todas mis fuerzas los acicates del deseo; mi carne
despertaba, se irritaba, fuerte, imperiosa, y yo la maceraba sin piedad. Me
condené a un ayuno riguroso; pero por la noche, entre sueños, se desahogaba mi
naturaleza y yo me espantaba de ello como si cometiera un horrendo delito.
Redoblaba mis abstinencias y ponía el alma entera en huir de toda idea
pecaminosa. Este interior combate me atormentaba sin cesar. La forzada
continencia dio a mis sentidos una tensión, una excitación, una extremada
sutileza que antes nunca tuvieron.
Sufría frecuentes vértigos. Sentía que todo daba vueltas en torno mío y que yo
también giraba. Cuando el azar ponía alguna mujer ante mis ojos, me parecía que
estaba iluminada por una luz tan viva como el fulgor de un rayo. Mi humor vital,
cada vez más caldeado y abundante, me afluía a la cabeza y la incendiaba, y por
eso el cristal de mis pupilas sufría como una especie de espejismo raro y
deslumbrador
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Toma otra nueva
prueba de mi amor, encanto mío! Ayudadme, Gamiani, aguijoneadme, para que inunde
de celeste rocío a esta flor temprana.
Gamiani
¡Qué ardor! ¡Qué fuego! ¡Fanny, te sientes desmayar!… ¡Oh, está gozando,
está gozando!
Fanny
¡Alcides! ¡Alcides, me muero!… ¡Me… -Y el goce nos llenaba de embriaguez,
nos transportaba al cielo.
Tras un breve reposo, calma de los sentidos, me llegó a mí la vez de referir
la iniciación de mi vida sensual, y lo hice de este modo:
-Nací de padres robustos y jóvenes. Mi infancia fue feliz, libre de lágrimas y
de enfermedades. A los trece años estaba hecho un hombre y ya sentía los
impulsos lascivos
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Fuera de mí, me lancé sobre los cojines. Ya oprimía el uno entre mis muslos,ya cogía el otro entre mis brazos y lo besaba con locura, lo abrazaba frenéticay hasta le sonreía: tan grande era la sugestión de mis sentidos. De pronto, meparé, me estremecí. Creí que me deshacía, que me acababa. “¡Ay! -exclamé-, Diosmío, ¿qué me sucede?” y me alcé llena de espanto.
Me vi toda mojada. No pude comprender lo que era aquello. Pensé que estaba
herida, tuve miedo y me hinqué de rodillas, pidiendo a Dios que me perdonara si
había cometido un pecado.
Alcides
¡Deliciosa inocente! ¿No confiasteis a nadie lo que tanto miedo os produjo?
Fanny
¡No; jamás me atreví! Hace una hora, todavía ignoraba por qué fue todo
aquello. Vosotros dos me habéis descifrado el enigma.
Alcides
¡Fanny! Esa confesión me lleva al colmo de la felicidad. ¡
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. Se detuvieron más abajo y caí, sin quererlo, en un profundo ensueño.
La palabra “amor” y la palabra “amante” acudían sin cesar a mi imaginación con
un sentido inexplicable. Acabé por hallarme como sola, aislada, perdida en la
tierra. Olvidé que tenía padres, amigos. Sentí un vacío espantoso.
Al fin me levanté, mirando con tristeza en derredor.
Me quedé un rato pensativa, con la cabeza melancólicamente desmayada, las
manos juntas, los brazos abatidos. Y luego, contemplándome, examinándome,
palpándome, me pregunté si todo aquello no tenía un designio, no era para unfin… Instintivamente advertía que me faltaba algo que no sabía yo precisar,pero que buscaba y quería con toda el alma.
Debía de tener aire de extraviada, porque a veces reía insensatamente; se
abrían mis brazos, como para estrechar un ser imaginario; llegaba hasta a
estrujarle. Me tocaba mis carnes, me acariciaba; necesitaba imprescindiblemente
algo tangible, un cuerpo que coger, que apretar. En mi alucinación me abrazaba a
mí misma, creyendo juntarme a otro.
A través de las vidrieras se divisaban a lo lejos los árboles y el césped, y
sentí el ansia de correr a revolcarme por la tierra o de perderme por el aire
entre las hojas. Miraba el cielo y habría querido volar por los espacios,
fundirme en el azul, desvanecerme en los celajes, en las nubes, en el
horizonte…
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, a
desperezarme, a estirarme; eché un muslo a un lado, otro al otro, y me volvía y
me revolvía en todos sentidos y, sin darme cuenta, adoptaba las posturas más
impúdicas.
El diván era de cuero. Su frescura me causó una agradable sensación, un
voluptuoso contacto en todo el cuerpo. Respiraba mi gusto en un ambiente suave,
dulcemente penetrante. Me sentía sumergida en un delicioso éxtasis. Me parecía
que una existencia nueva inundaba todo mi ser; pensaba que era más fuerte y más
grande; que aspiraba un soplo divino; que florecía como un capullo nuevo que
abre sus hojas bajo los rayos de un hermoso sol.
Alcides
Estáis poética, Fanny
Fanny
No. Os pinto exactamente mis sensaciones. Erraba complacida mi mirada sobre
mis formas; revolaban mis manos por mi garganta y por mi seno, y aún anduvieron
más
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Fanny
¡No, no, Alcides; dejadme! ¡No puedo más! ¡Piedad! ¡Os lo suplico!… ¡Sois
demasiado ardiente, Gamiani!… ¡Alcides, apartaos!
Alcides
¡No hay cuartel, vive Dios! Me lanzaré al asalto a sangre y fuego si no nos
regaláis con el poema de vuestra doncellez.
Fanny
Si me obligáis…
Gamiani y Alcides
¡Sí! ¡Sí!
Fanny
Llegué a los quince años en completa inocencia, os lo aseguro. Ni siquiera una
vez se me había ocurrido pensar en las diferencias que hubiera entre hombres y
mujeres. Y así vivía ignorante, feliz sin duda, cuando, un día caluroso,
hallándome sola en mi casa, sentí como deseo, más que deseo, necesidad de
expansionarme, de estar a mis anchas.
Me despeiné, me quite algunas prendas, me aflojé otras y me tumbé casi desnuda
en un diván… ¡Oh, me da vergüenza contarlo!… Principié a retorcerme
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