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diario

said

En llegando a este punto de su relato, ahogaron los sollozos la entrecortada
voz de la condesa.
Locura era pensar que mis caricias pudiesen nada sobre aquella mujer. Por
variar dentro del mismo tema, me dirigí a Fanny.
Alcides
A vos os toca ahora, bella asombrada. En una sola noche habéis sido iniciadaen no pocos misterios. ¡Vamos, contadnos vos cómo experimentasteis las primerasdelicias sensuales!
Fanny
¿Yo? No me atrevo, lo confieso.
Alcides
Vaya, no es esta la ocasión más a propósito para andar con pudores.
Fanny
Si no es pudor. Es que después de este relato que ha hecho la condesa, lo que
contara yo sería insignificante.
Alcides
Esa no es excusa. ¿No nos ha unido, entregado y confundido la lujuria? Después
de hacerlo todo, todo lo podemos decir.
Gamiani
¡Vamos, nenilla mía! ¡Toma un beso, dos, ciento, si son precisos para
decidirte! ¡Mira a tu enamorado Alcides: de nuevo te amenaza

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diario

said

Fanny
¡Qué espantosa crueldad!
Gamiani
¡Oh! Sí, espantosa. Más espantosa aún, porque ella decidió mi porvenir. Vuelta
a la vida, a la salud, comprendí la perversidad horrible de mi tía y de sus
criminales compañeros, cuya lujuria habían enardecido mis torturas. Juré un odio
mortal a aquellos miserables, y este odio, en mi venganza y en mi rabia, se lo
guardé a todos los hombres. Siempre me sublevó la idea de soportar sus odiosas
caricias. Jamás quise servir de vil juguete a sus deseos.
Mi naturaleza era ardiente; había que satisfacerla, y por instinto caí en el
hábito, triste y enervador, del goce solitario, hasta que llegó el día en que me
curé de él con las doctas lecciones de las hermanas del convento de la
Redención. La fatal ciencia en que son ellas maestras me perdió para siempre

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diario

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El vigoroso roce que sentía, obrado con increíble
agilidad, me daba tal calor, que creí que lo que había hendido mi ser
era un hierro candente.
Caí en un éxtasis; me vi en el cielo. Un licor tibio y viscoso me inundó de
pronto, penetró mis huesos, lo sentí hasta en la médula… ¡Oh, era demasiado!
Entonces, mi organismo se hizo una fuente viva; corrió por él un fluido
devorador como la lava ardiente y, con sacudidas frenéticas, furiosas, di salida
a aquél río que me abrasaba y me derrumbé, extenuada, en un abismo de deleite
infinito.
Fanny
¡Es un cuadro diabólico!
Gamiani
Falta algo todavía.
Mi goce se cambió muy pronto en un atroz dolor. Fui inhumanamente maltratada.
Más de veinte frailes cayeron sobre mí, como hambrientos caníbales. Perdí el
sentido; mi cuerpo quebrantado, destrozado, quedó tirado en tierra, como un
cadáver. Al fin me trasladaron medio muerta a mi cama.

continua……….

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diario

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Yo seguía
inmóvil, abrumada de espanto, resignada a la muerte; sin embargo, a medida que
me iba recobrando, experimentaba un desasosiego singular, que estremecía e
inflamaba mi carne. Me agitaba lúbricamente, como si quisiera satisfacer un afán
insaciable. De pronto, me enlazaron dos brazos musculosos; sentí una cosa dura,
rígida, caliente, que me punzó en la grupa, se deslizó hacia abajo y penetró en
mi ser violentamente. Pensé que me abrían en dos pedazos. Lancé un grito
horroroso, apagado al punto por las carcajadas. Dos o tres terribles envites
acabaron de hundirme toda entera aquella cosa dura y desconocida. Las recias
piernas de mi enemigo pegábanse a las mías llenas de sangre; me parecía que
nuestros cuerpos se apretaban para fundirse en uno. Hinchábanse mis venas y
saltaban mis nervios

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Mi tía se alzó del suelo y me cubrió de apasionados besos, mientras el fraileme ataba las manos y me ponía sobre los ojos una venda. ¿Qué deciros, en suma?Comenzó nuevamente mi suplicio, más terrible aún; pero yo tenía embotada lacarne; no sentía nada; únicamente, en medio del chasquido de los azotes, creíaescuchar como aullidos confusos, y palmoteos de manos sobre cuerpos desnudos, yrisas insensatas, risas nerviosas, convulsivas, denunciadoras del placer
sensual. A veces, la voz de mi tía, delirante de voluptuosidad, dominaba el
orgiástico concierto, la extraña algarabía, la saturnal de sangre.
Más tarde pude comprender que el espectáculo de mi tormento servía para
despertar y azuzar los apetitos. Cada uno de mis apagados ayes provocaba un
espasmo de lujuria.
Extenuado, sin duda, a fuerza de golpearme, acabó mi verdugo

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diario

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-¡Por aquí peca la mujer: por aquí ha de sufrir! -dijo con cavernosa voz.
Apenas proferidas estas palabras, me sentí azotada por unas disciplinas de
recios nudos y con pinchos de hierro. Abracéme al reclinatorio y quise en vano
ahogar los gritos. Pero el dolor era tan grande, que al cabo eché a correr por
la sala clamando:
-¡Piedad, piedad! ¡No puedo resistir este martirio! Mejor quiero morir.
¡Tenedme compasión!.
-¡Miserable! ¡Cobarde! -dijo mi tía, indignada-. ¡Miradme a mí, mirad lo que
yo hago! Y así diciendo, se quitó su túnica, se quedó desnuda, se echó de bruces
y esperó el azote con los muslos levantados.
Cayó sobre ella una lluvia de golpes. El verdugo era implacable. Las carnes
empezaron a sangrar.
Mi tía, impasible, inquebrantable, pedía a cada momento:
-¡Pegad! ¡Pegad más fuerte! ¡Más fuerte todavía!
Esta visión me trastornó. Sentí de pronto un valor sobrehumano y dije que me
hallaba pronta a sufrir todo cuanto quisieran

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Mi tía acudió a buscarme a media noche. Me ordenó que me desnudara, me lavó de
pies a cabeza y me echó una amplia bata negra, cerrada por el cuello y abierta
por detrás. Vistióse ella lo mismo y ambas salimos de nuestra casa en coche.
Al cabo de una hora me vi en una vasta sala, tapizada de luto y alumbrada con
una sola lámpara, suspendida del techo.
-Arrodillaos, sobrina. Disponéos para la oración y soportad con ánimo todo el
mal que Dios os envíe.
Apenas hube obedecido, se abrió una puertecilla. Un fraile, encamisado como
nosotras, se acercó a mí y refunfuñó no sé qué cosa. Luego me separó el vestido
y me dejó la grupa al descubierto.
Lanzó un suspiró casi imperceptible, enardecido sin duda a la vista de mis
carnes. Su mano fue paseándose por ellas complacida, se detuvo en las nalgas y
acabó por posarse más abajo.

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said

Un día tuvo aquella mujer una entrevista con un fraile capuchino, y después me
llamaron y el reverendo padre me dirigió este discurso:
-Hija mía, ya vais siendo grandecita y es hora ya de que el demonio de la
tentación ponga en vos los ojos. pronto sentiréis sus ataques. Si no estáis pura
y sin mancha, os herirán sus flechas; pero si os halláis limpia de pecado,
seréis invulnerable. Nuestro Señor redimió al mundo por medio del dolor, y
también vos por el dolor lavaréis vuestras culpas. Preparaos a experimentar los
sufrimientos de la redención. Pedid a Dios la fuerza y el valor necesarios,
porque esta noche seréis puesta a prueba… Id en paz, hija mía.
Ya mi tía me había hablado, unos días antes, de las torturas y las penitencias
indispensables para conseguir el perdón de los pecados. Me retiré atemorizada
con aquel anuncio del fraile. Así que me vi sola, quise rezar y elevar mi alma
al cielo, pero no pude; mi alma estaba aterrada por el espanto del suplicio que
me esperaba

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diario

said

Yo fui educada en Italia por una tía que quedó viuda muy joven. Cumplí los
quince años sin tener del mundo otra idea que la idea terrorífica que sobre él
nos inspira la religión, y pasaba mis días pidiendo a Dios que me librase del
infierno.
Mi tía fomentaba este miedo, en lugar de atenuarlo. Era hosca y seca. Jamás me
dio una prueba de ternura. Sólo algunas mañanas, llamándome a su lecho, me
miraba dulcemente y me decía palabras afectuosas; me apretaba contra su seno,
contra sus muslos y me estrujaba de repente en abrazos convulsivos… Aún creo
estar viéndola agitarse, retorcerse, echar la cabeza hacia atrás y prorrumpir en
una risa loca. Yo sentía entonces una tremenda angustia, creyéndola atacada de
epilepsia

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diario

said

La condesa se retorcía como una endemoniada, más ocupada de los besos de Fanny
que de mi ardiente empuje. Aproveché yo entonces un movimiento que deshizo el
grupo, y volviendo el cuerpo de Fanny sobre el de la otra mujer, la ataqué
briosamente. Los tres quedamos confundidos, abismados en un profundo éxtasis…
Gamiani
¡Alcides, qué traición! Me habéis abandonado de repente… ¡Os perdono!
Comprendisteis que ibais a desperdiciar vuestro vigor con una insensible. ¿Qué
voy yo a hacerle? Tengo la triste condición de estar en pugna con la naturaleza.
No soy capaz de un dulce ensueño. Sólo siento lo horrendo, lo extravagante.
Persigo lo imposible. ¡Es espantoso! ¡Consumirse, extenuarse en constantes
decepciones! ¡Desear siempre y no saciarse nunca! Soy víctima de mi
imaginación… Soy una desdichada.
Había en este lamento una pena tan viva, una expresión tan honda de
desventura, que al escucharlo me sentí lleno de piedad. Aquella depravada mujer
sufría hasta el punto de inspirar conmiseración.
-Tal vez -le dije- vuestro estado sea pasajero. Sin duda os entregáis
demasiado a lecturas perniciosas.
Gamiani
¡Ah, no, no! No es mía toda la falta. Oidme y me tendréis compasión. Quizá me
disculpéis

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diario

said

Extinguióse la cólera; se agotaron las lágrimas. Como maquinalmente, volvimosa enlazarnos, a oprimirnos, mientras salían de nuestras bocas palabras de locuray besos de pasión.
-¡Que ninguna inquietud nos turbe, hermosas mías! Entreguémonos sin recelo,
sin temor, a la suprema dicha, cual si fuera esta nuestra última noche.
Gamiani rugió entonces:
-¡La suerte está echada! ¡A gozar! ¡Ven, Fanny, ven! ¡Quiero morderte, quiero
beberte, quiero aspirarte hasta la médula!… ¡Y vos, Alcides, qué soberbio
macho!
-¿No me deseáis, Gamiani? -dije yo-. A vos os toca ahora. Menospreciáis este
placer que yo puedo brindaros; pero ya lo bendeciréis cuando lo hayáis gustado y
saboreado. Quieta, tendida! Echad hacia delante la parte que yo quiero atacar…
¡Oh, qué belleza, qué actitud!… ¡Ligera, fanny! ¡Ayudad a la condesa! Guiad
vos misma esta lanza terrible, esta encendida lanza. ¡Abrid la brecha!
¡Firme!… ¡Ah, Gamiani, Gamiani, esquiváis el placer!

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diario

said

. Confieso que en mi vida olvidaré estos ciegos arrebatos;
pero guardaré para mí sólo su recuerdo. Si fui culpable, pensad en que no pude
dominar mi corazón; y aun será mejor que penséis únicamente en las delicias que
hemos gustado juntos y que podemos gustar todavía.
Me dirigí después a Fanny, mientras que la condesa, fingiendo una tremenda
desolación, se cubría el rostro con las manos.
-Serenaos, señorita -le rogué-. ¿No es absurdo llorar en medio del placer?
Pensad tan sólo en la suprema dicha que hace un instante nos unía. ¡Que ese goce
inefable quede en nuestra memoria como un ensueño de felicidad, que es nuestro
solamente y que sólo nosotros conocemos! ¡Os lo juro! Jamás amargaré el recuerdo
de mi ventura confiándoselo a nadie

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diario

said

Avergonzada de sus arrebatos, la condesa cubrió su desnudez a toda prisa.
Fanny se agazapó bajo la sabana; en seguida, como un niño que advierte su
diablura cuando es ya irremediable, se echó a llorar. Gamiani empezó a
apostrofarme.
Gamiani
¡Caballero, nos habéis sorprendido de un modo miserable! Vuestra acción es una
asechanza odiosa, una infame cobardía. Me habéis avergonzado.
Yo quise defenderme.
Gamiani
¡Ah, caballero! Sabed que una mujer no perdona jamás a quien sorprende sus
debilidades.
Contesté como pude. Alegué una pasión funesta e invencible, que ella había
exasperado con su frialdad hasta impulsarme a la traición y a la violencia.
-Además -añadí-, no podéis creer que llegue yo a abusar de este secreto, que
debo a la casualidad más que a mi propio atrevimiento. ¡Eso, jamás! Sería una
cosa demasiado innoble

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diario

said

Aquí, Gamiani! -dije-. ¡Acercaos! Apoyaos bien sobre los brazos.
Gamiani adivinó y obedeció, y pude a mi gusto posar mi lengua activa,
devoradora, sobre su sexo abrasador.
Fanny, como extasiada, trastornada, acariciaba blandamente el pecho palpitante
que se movía por encima de ella. En un momento la condesa fue vencida.
Gamiani
¡Qué diabólico fuego encendéis!… ¡Es demasiado!… ¡Basta!… ¡Me ahogo!…
Y su cuerpo cayó pesadamente de costado, como una masa inerte.
Entonces Fanny, llena de exaltación, me echó al cuello los brazos, me oprimió
fieramente, cruzándome sus piernas sobre los riñones.
Fanny
¡Ven, ven!… ¡Conmigo! -dijo-. ¡Todo tú para mí!… Más despacio…
Detente… ¡Así!… ¡No; más aprisa!… ¡Anda!… ¡Oh, ahora!… ¡Ya! ¡Ya!…
¡Estoy inundada!… Estoy…
Nos quedamos el uno sobre el otro, rígidos, inmóviles; las bocas entreabiertas
confundían sus alientos casi extintos.
Poco a poco volvimos de aquel enervamiento. Nos incorporamos los tres y nos
miramos de una manera estúpida

continua en la siguiente pagina…………..

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diario

said

Y me lancé, desnudo, sobre la hermosa Fanny, fuera de mí, rojo como la grana,
feroz como una bestia, apenas si ella había tenido tiempo de darse cuenta de
este nuevo ataque, cuando ya, triunfador, sentía su cuerpo flexible y delicado
agitarse y temblar bajo mi cuerpo, bajo mi vigorosa acometida.
Nuestras lenguas se cruzaban ardientes, aceradas. ¡Nuestras dos almas se
fundían en una!
Fanny
¡Dios mío!… ¡Dios mío!… ¡Me están matando!
Y al lanzar esta queja, tuvo la hermosa un estremecimiento, dio un suspiro y
me inundó con sus favores.
-¡Oh, Fanny! -exclamé yo-. ¡Espera, espera!… ¡Toma!… ¡Para tí!
Creí que lanzaba fuera de mí todo mi ser. Creí que la vida entera se me iba.
¡Qué estrago!… aniquilado, como perdido en los brazos de Fanny, no había
sentido el ataque terrible de la condesa, que, vuelta en sí por nuestras voces y
por nuestros suspiros, arrebatada por la cólera y la envidia, se había lanzado a
quitarme a su amiga. Sus uñas se clavaban en mi carne, sus dientes me mordían
rabiosos.
Aquel doble contacto de las hembras sudorosas de placer, ardiendo de lujuria,
aguzaba y multiplicaba mis deseos. Permanecí firme y triunfante, unido a Fanny;
en seguida, sin perder aquel cuerpo conquistado, y en la violenta confusión de
tres criaturas que se abrazan, se oprimen y ruedan enlazadas, logré asir
fuertemente los muslos de Gamiani y abrirlos sobre mi cabeza.

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