Mis ojos vieron un extraño espectáculo. La condesa, con la mirada llameante,sueltos y enmarañados los cabellos, sofocada y loca, se crispaba, ondulaba, seretorcía sobre su víctima, cuya mórbida carne se exaltaba a su vez. Las dos
mujeres se enlazaban y oprimían fuertemente; se devolvían sacudidas y empujes, y
sus suspiros y sus gritos los apagaba un estallar de besos.
Temblaba y crujía el lecho bajo la delirante exaltación de la condesa, cuando
Fanny, agotada, anonadada, dejó al fin caer sus brazos y se quedó inmóvil y
pálida como una hermosa muerta.
Jadeaba la condesa. La pasión la excitaba y no la hartaba. Frenética, furiosa,
se lanzó en medio de la alcoba, rodó sobre un tapiz y allí se enardecía con
posturas lascivas, rabiosamente lúbricas, y pretendía provocar con sus dedos el
paroxismo del placer…
No pude más. Al cabo, esta visión trastornó mi cabeza.
La indignación y el asco me habían dominado un instante: pensé surgir de
pronto ante la viciosa mujer y echar sobre ella el peso de mi desprecio. Pero la
carne venció a la razón. Triunfaron los sentidos, poderosos, soberbios,
anhelantes
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Fanny
¿Lo encontráis bien?
Gamiani
¡Lo encuentro delicioso!
Fanny
Es que sois muy amable.
Gamiani
¡Oh! ¡Portentoso! ¡Qué blancura! ¡Os tengo envidia!
Fanny
Pues en eso hacéis mal, porque vos sois más blanca.
Gamiani
¡No lo creáis, niñita!… Quitaos toda la ropa, como yo. ¡Qué timidez! ¡Ni que
estuvierais ante un hombre!… ¡Así! Miraos en ese espejo… En el juicio de
París os hubierais llevado la manzana. ¡Cómo sonríe viéndose tan hermosa!
¡Merecéis un beso en la frente… otro en las mejillas… otro en los labios!
¡Todo, todo, todo es celestial en vos!
La ardiente boca de la condesa se paseaba lasciva por el cuerpo de Fanny.
Confusa y temblorosa, Fanny, sin resistir, no sabía lo que aquello significaba.
Hacían una pareja deliciosa de voluptuosidad, de gracia, de lúbrico abandono y
tímido pudor. Podría decirse que había caído un ángel en los brazos de una
bacante ebria.
¡Cuánta belleza entregada a mis ojos! ¡Qué espectáculo aquel para sacudir y
aguijar el deseo en mis sentidos!
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Fanny
Pero ¿qué hacéis? ¡Dejadme, señora; os lo suplico!
Gamiani
¡No, Fanny mía, niña mía, vida mía, delirio mío! ¡Eres demasiado hermosa! ¡Ya
lo ves: te amo! ¡Te amo, te adoro, enloquezco por ti!
En vano pretendía defenderse la joven. Los besos ahogaban sus gritos. Inútil
era toda resistencia. La condesa, cogiéndola, abrazándola, con el ciego arrebato
del deseo, la llevó al lecho y la tendió sobre él como una presa que iba a
devorar.
Fanny
¿Qué os pasa? ¡Dios mío, Dios mío! ¡Señora! ¡Esto es horrible!… ¡Voy a
gritar!… ¡Dejadme! ¡Me asustáis!
Besos más quemantes aún, más apretados, respondían a su voz. Los brazos la
enlazaban con más fuerza, y los dos cuerpos parecían uno solo.
Gamiani
¡Fanny, entrégate a mí, date a mí toda entera, en cuerpo y alma! ¡Toma mi
vida! ¡Tómala! ¡Esto sí que es gozar!… ¡Cómo tiemblas, nenilla!… ¡Oh, por
fin, cedes!
Fanny
¡No! ¡Hacéis mal… hacéis mal! ¡Me estáis matando! ¡Siento que me muero!
Gamiani
¡Sí; aprieta bien tu cuerpo contra el mío! ¡Apriétalo, mi amor! ¡Aprieta más;
más fuerte! ¡Qué hermosa estás en el placer!… ¡Embustera! ¡Si gozas, si te
gusta!
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Fanny
¡Qué contratiempo tan desagradable! Llueve a torrentes y no hay manera de
encontrar un coche.
Gamiani
Tan desolada estoy yo como vos. para que todo venga mal, el mío se ha roto y
hoy lo han llevado a componer.
Fanny
Mi madre estará inquieta.
Gamiani
Por ese lado no temáis, querida Fanny. a vuestra madre le he avisado y sabe
que pasáis aquí la noche. Os doy posada.
Fanny
¡Sois demasiado bondadosa! Os voy a molestar.
Gamiani
Mejor diríais que vais a ocasionarme un gran placer. Esta es una aventura
inesperada, que me divierte… Y no consiento que durmáis sola en otra alcoba.
Aquí nos quedaremos las dos.
Fanny
¿Por qué? Voy a perturbar vuestro sueño.
Gamiani
No andéis con ceremonias… ¡Vaya! Seamos como dos amiguitas, como dos
colegialas. Un beso lleno de dulzura selló el tierno desahogo.
-Dejadme que os ayude a desnudaros -siguió Gamiani-. Mi doncella se acostó ya;
podemos prescindir de sus servicios… ¡Estáis prodigiosamente formada! ¡Es
divino ese cuerpo!
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Cuando me hube repuesto de la emoción pensé serenamente
lo que tenía que hacer para espiar y para sorprender a la condesa. Era preciso
conseguirlo a todo trance.
Decidí vigilarla toda la noche, en su mismo dormitorio. La puerta vidriera del
tocador daba frente a la cama. Advertí lo admirable de tal observatorio y,
oculto entre unas ropas que allí estaban colgadas, me resigné pacientemente a
esperar la hora de los sortilegios.
No había acabado de agazaparme, como queda dicho, cuando la condesa Gamianiapareció y llamó a su doncella, que era una muchacha morena y arrogante, a laque dijo:
-Julia, esta noche no te necesito. Puedes acostarte. Si oyes ruido en mi
cuarto no te molestes. Quiero estar sola.
Acaso estas palabras presagiaban un drama. Estaba satisfecho de mi osadía.
El rumor del salón se fue debilitando poco a poco, hasta que al fin se quedó
sola la condesa con una amiga suya, la señorita fanny B***. Pronto se hallaron
ambas en la alcoba, ante mis ojos llenos de ansiedad y pasión.
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extraño y misterioso me detenía, estorbando mi deseo. Me daba una pena infinita
aquel afán por conocer el fondo de la existencia de una mujer de conducta
enigmática.
Joven todavía, dueña de una fortuna inmensa, bella a los ojos de los más, esta
mujer, sin familia, sin grandes amistades, sin preocuparse de los ventajosos
partidos que podían presentársele, había llegado a constituir un caso raro en la
vida mundana.
La manera de ser de la condesa tenía muchos comentaristas, y todos ellos
remataban en la maledicencia; unos veían en ella una mujer sin alma y sin
pasiones; otros la suponían herida por los desengaños, deseosa de sustraerse en
adelante a las decepciones amargas de la vida.
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Quise salir de dudas, y para ello puse a contribución cuantos recursos mepodía suministrar la lógica; pero todo fue en vano: no di con una conclusiónsatisfactoria.
Desorientado y aburrido, empezaba ya a pensar en otras cosas, cuando escuché
que, detrás de mí, decía de pronto en alta voz un viejo libertino:
-¡Bah! ¡Es una tríbada!
Esta palabra fue como un rayo de luz en las tinieblas. ¡Todo se encadenaba y
se explicaba! ¡Ya no existía contradicción posible!
¡Una tríbada! ¡Oh! Esta palabra resonaba en mi oído de un modo extraño;
suscitaba en mi espíritu no sé qué imágenes de voluptuosidades monstruosas y
lascivas hasta el último límite. ¡Era la furia lujuriosa, la violenta y forzada
lubricidad, el goce horrible que jamás concluye, que jamás se harta!
Inútilmente pretendía desechar estas ideas, que en un momento me inflamaron en
delirios orgiásticos. Y creían ver mis ojos desnuda a la condesa, en los brazos
de otra mujer, con los cabellos sueltos y esparcidos, rendida, atormentada por
un placer insaciable y abortado. Hervía mi sangre, mis sentidos rugían y caí
trastornado en un sofá
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Era ya media noche y los salones de la condesa Gamiani resplandecían al brillo
de las luces.
Danzaban las parejas a los sones de una mágica orquesta. Tenían los trajes el
encanto de la elegancia y del color; deslumbraban las joyas.
Llena de gracia, encantadora, desviviéndose con sus invitados, la dama que
daba la fiesta parecía llena de alegría por el éxito de ella. Se la veía sonreír
satisfecha a todas las palabras galantes y a los cumplimientos que se le
prodigaban.
Yo, firme en mi papel habitual de observador, había notado más de una
circunstancia que me hacía no apreciar en la condesa el mérito que todos le
atribuían. Pronto medí lo que valía como mujer de mundo. Faltábame disecar su
ser moral, llevar el escalpelo al corazón, y, en este punto, confieso que algo
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continuara……..
poco a poco,no sea cosa que alguien caiga enfermo,jajaja
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Hay el Musset adolescente y el Musset de la decadencia. El primero, que fue un
creador divino del que Saint-Beuve pudo decir: “Nadie, al primer golpe de vista,
producía como él la impresión del genio adolescente”, vivió sólo diez años;
todas sus obras líricas y dramáticas las levantó antes de los veintisiete años.
El segundo, que fue un destructor satánico, vivió diecisiete. Y a mí se me
antoja más interesante el Musset de la derrota que el del triunfo, porque
siempre he creído a Lucifer más propio de la oda que al ángel bueno que guarda
la entrada del Paraíso.
Con un joven dios ha sido frecuentemente comparado. Y yo añadiría que con un
joven dios de las viejas teogonías nordiales. Era un efebo rubio, azul y blanco:
en jaspe, oro, y mármoles policromos para el basamento, debería ser tallada su
estatua. Jorge Sand, su inmortal amada, lo conoció así, en aquel esplendor. Su
amor, obra fue de deslumbramiento. Quedó cegada ante aquel magnífico ejemplar de
la gracia cuando se transforma en criatura mortal. Y, herida de muerte, sangró
lágrimas toda su vida
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flores de los jardines y preces del corazón, cálidas como epitalamios. Murió, en
efecto, un día de mayo de hace cincuenta y un años. “Yo soy el poeta de la
juventud -decía-. Debo morir en la primavera.” Y al extinguirse, las musas y las
mujeres lloraron como en los días en que, con Pan, se fueron los postreros
dioses de la tierra.
Tengo el modelo ante los ojos de mi deslumbrada memoria: un gran Musset, en
los tiempos heroicos de su adolescencia, recostado sobre un diván (yo no puedo
concebir de pie y erguido a ese poeta) y envuelto en la túnica de Manfredo; pero
no acude a mi imaginación, con la generosidad de otras veces, el sentido lineal
y cromático de la figura que me propongo dejar estampada aquí, y eso me
desespera, porque Musset es una de las más evidentes figuras de mi museo
interior…
Yo lo veo moralmente con dos caras, bicéfalo, como un monstruo asiático: lacara plácida e iluminada por un sol de Atenas, de los días buenos, y luego, enlos días malos, en los días de niebla y alcohol, la cara fatal de un maldecidoque purgara en la tierra crímenes que, por lo horrendos, no pudieran decirse
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del estilo, y dando una versión absurda, antisintáxica, mermada y macarrónica
que, cuando, por desgracia, es comprensible, parece un cuento verde puesto en
los jayanescos labios de un mozo de cortijo.
De las luces del vertedor os dará idea un detalle. Dice, en la página 16 de su
engendro: “Juró como un templario.”
Y se le ocurre hacer esta llamada: “Habitante del Temple, barrio de Paría.
Según veis, esta de hoy, aun torpe como mía, es la primera traducción del libro.
Para preámbulo de él, como corona de laurel glorioso, se pone una bellísima
semblanza de Alfredo de Musset, un responso magnífico que entonó hace años
Alejandro Sawa, el gran bohemio poeta, tan semejante por su talento y por sus
extravíos al autor galo.
Y también se inserta un fragmento de las Memorias de Celeste Mogador, que en
casi todas las modernas ediciones precede a esta novela. Es un odioso y desolado
cuadro de lupanar, por donde pasa la sombra trágica del Musset decadente, cruel,
perdido, agotado… En él se pinta la decrepitud, no sólo de su cuerpo,
tronchado por el sino en plena fuerza y plena juventud, sino también de su alma,
y se ven las negruras del ocaso de su radiante espíritu.
ALFRED DE MUSSET
En estos días rientes de la maga Primavera, todos los enamorados en París, dos
a dos (¡oh, inefable y cándido misterio!) ofrendan a Musset flores y preces,
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un Rabelais o un Brantôme o un Beroaldo de Verville, los clásicos abuelos del
buen humor francés, trataban sus asuntos placenteros, alguien llegó a decir que
era imposible escribir un buen libro -novela o poema erótico- de delirante
exaltación sensual, sin el empleo de imágenes groseras y de inevitables vocablos
malsonantes.
Musset oía y callaba, con el vaso en la mano. De pronto habló, como si
despertara de su ensueño de alcohol:
-Yo os digo que se puede hacer una obra de buen gusto, una obra de arte, sobre
los arrebatos más abyectos, o tal vez más divinos, del amor. Yo soy capaz de
hacerla. Dentro de tres días la traeré, si queréis oírla.
Y a los tres días Alfredo de Musset llevó escrito Gamiani.
Cada uno de los mozos que formaban el literario cónclave quiso tener una copia
del libro, y la indiscreción de uno de ellos, admirador ferviente del autor,
permitió a un editor belga darlo al público en 1833.
Antes de la presente traducción que se reparte ahora en el discreto y reducido
círculo de mis amigos, estaba ya Gamiani, no precisamente vertido al español,
sino a un lenguaje que lo parecía a veces. Es un libraco infecto, soez mercancía
pornográfica y sucia, que tiene hasta el ludibrio de cinco inmundas láminas sin
relación ninguna con el texto, y en que un vil e ignaro delincuente anónimo
profanó el genio de Musset y el habla castellana, quitando a la obra
precisamente el cendal de la forma que cubre su crudeza con las magnificiencias
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