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AHORA SIGO CON LA “NORIA” JAJAJAJAJAJA

21 noviembre, 2010 at 00:08
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Era un colegio gris, lejos de las modernas y alegres instalaciones actuales, con bancos corridos de madera.

Una vez, uno de aquellos bancos se calló y rompió un brazo a una de las niñas; María Elena García Mosquera. Era cuando – a la edad de diez años – preparábamos el ingreso en la Escuela de Comercio, y los niños y niñas estábamos juntos en clase.

El ingreso era un paso importante y suponía un desafío para el que debíamos prepararnos con dedicación. Allí fue donde comencé mi batalla con las palabras homófonas, con la “b” y la “v”, la “g” y la “j” y por supuesto la “h”.

Que lastima aun hay mas….pero para hoy tengo bastante…espero que os haya hecho recordar algo de vuestra niñez como a mi y lastima tambien,porque no se puedan ver las fotografias……en finnnnnn……

21 noviembre, 2010 at 00:06
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Las sesiones de caligrafía eran también plato fuerte en aquella escuela. Los pupitres tenían sus tinteros de porcelana blanca y en ellos mojábamos nuestras plumillas, sujetándolas por la manecilla de madera y manchándonos irremediablemente los dedos con la tinta, además de los habituales borrones que absorbíamos con papel secante.

Aunque desconozco las consecuencias de aquella fechoría, recuerdo que en una ocasión, un alumno había arrojado un tintero a Don Pedro.

Dos cosas han quedado claras en mi mente en relación con D. Pedro, la disciplina y su magnífica caligrafía; lo que se ve en una de estas dos fotografías de Julito.

Mi hermano Julito tenía muy buena letra y de allí le vino. El patio del colegio, a donde nos soltaban aquella media hora de recreo, era un espacio de tierra en la parte de atrás del edificio, y al fondo había un pequeño arbusto de datura o estramonio, del que colgaban unas grandes flores blancas en forma de campana, cuyo néctar chupábamos por su dulce sabor, inconscientes del veneno que contienen

21 noviembre, 2010 at 00:03
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Fue en aquella época cuando – imitando a los mayores del grupo – hice mis primeros intentos de fumar alguno de aquellos cigarrillos Bisonte, Chester y Cool, lo cual, afortunadamente, no tuvo continuidad, a pesar de que alguno de ellos era mentolado.

Debo aclarar aquí, que para esta fechoría, nos ocultábamos entre las pilas de maderas que se encontraban en la zona del puerto.

Creo que fue cuando cumplí siete u ocho años, que mis padres me cambiaron de colegio. Había que prepararse para otros niveles y me enviaron entonces al Colegio Saldaña, en la calle Panaderas, en donde ya, mi hermano Julito, era alumno conocido, no tanto por sus progresos como por sus trastadas.

En la primera planta que daba a la calle Panaderas, estaba la clase de las niñas, cuyas lecciones impartían la mujer y la hermana de D. Pedro.

D. Pedro Saldaña era un buen profesor, a pesar de su inclinación a pensar aquello de que “la letra, con sangre entra”.

Recuerdo que, en el fallado, Don Pedro nos reunía de pie y en arco, para que leyésemos de uno en uno las lecturas de aquel manuscrito de Joaquín Pla Cargol, titulado “Países y Mares”, y de vez en cuando, alteraba el orden de quien habría de continuar leyendo, con objeto de que nadie se despistase de atender a la lectura.

21 noviembre, 2010 at 00:01
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Siendo yo casi cuatro años menor que Julito, en aquellas salidas, yo iba como llevado a donde los mayores disponían.

En ocasiones, nos recorríamos todas las gradas del estadio de Riazor, una vez acabado el partido, recogiendo cuantas vitolas de puro encontrábamos, que no eran pocas, y en la mayoría de los casos, debíamos sacarlas nosotros mismos de las colillas que los fumadores habían allí arrojado.

Otras veces, lo que recolectábamos eran las cajetillas de cigarrillos vacías, para hacer con ellas unos curiosos cinturones entrelazándolas convenientemente entre sí en zig-zag.

21 noviembre, 2010 at 00:00
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Caminábamos entonces desde casa hasta el muelle de las lanchas, junto a la dársena, pertrechados con balón, bañadores, toallas, cubos, palas y aquella riquísima comida que mamá preparaba para nuestras salidas campestres, en la que no faltaba la tortilla de patatas, la carne asada en olla de barro y el vino con gaseosa. La lancha nos llevaba hasta el desembarcadero en Santa Cristina, cerca del que estaba el Restaurante Casa Sara y una larga fila de casetas para el cambio de ropa.

Fueron varias las tardes de domingo, en que los niños aprovechábamos nuestra salida, para dar un paseo por el puerto en lancha de remos.

En una de las escalinatas de la dársena, solían estar algunos marineros, dispuestos a alquilar sus botes a cualquier posible cliente.

Nosotros éramos entonces unos niños muy jóvenes, pues los mayores eran mi hermano Julito y Gerardo, que a la sazón debían de tener unos doce y once años, pero aquellos marineros nunca nos pusieron pega para alquilarnos sus botes por una hora, que era el tiempo que generalmente, nuestro limitado presupuesto, nos permitía destinar a aquellos paseos.

20 noviembre, 2010 at 23:59
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A la izquierda de estas pozas, que eran como de nuestra propiedad, existía una gran roca que marcaba el límite de la playa del matadero con la del Orzán.

En la cima de aquella roca, había varios hoyos en los que los pescadores de caña machacaban el “engado” que lanzaban al agua para atraer a las robalizas y múgeles que desde allí pescaban cuando la marea estaba alta.

Esta playa está justo en frente del Hotel Meliá María Pita y debe su nombre al antiguo matadero de ganado que antaño había en el solar que ahora ocupa el hotel. Era precisamente por ese motivo, que algunas veces, a corta distancia de la playa, se observaba una gran mancha de sangre en el agua, lo que resultaba muy poco agradable y que motivaba que Alicia nos llevase a la playa de San Amaro, que se encontraba algo más distante, a medio camino desde casa hacia la Torre de Hércules. Era esta una playa más pequeña y de arena más gruesa, pero al fin y al cabo, limpia.

Algunos domingos del verano, nuestros padres nos llevaban a la playa de Santa Cristina

20 noviembre, 2010 at 23:57
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La playa del matadero, era solo una pequeña porción de la ensenada del Orzán, situada en el extremo norte de ésta. Aunque pequeña, para nosotros era espacio más que suficiente para pasarlo de maravilla.

Además de nuestros juegos en la arena, con cubo, pala y rastrillo, la playa estaba flanqueada por la poza de las anguilas a la derecha y la de los lorchos a la izquierda. Era ésta un estanque de aproximadamente dos metros de largo por uno de ancho y una profundidad irregular pero en ningún caso peligrosa para nosotros. En su agua, siempre limpia y renovada por cada marea, encontrábamos lorchos, lapas, bígaros y algún que otro quemacasas, lo que entretenía gran parte de nuestro tiempo.

En una de las rocas que formaba el contorno de la poza de los lorchos, existía una oquedad, que formaba otra poza más pequeña, en la que siempre había algunos camarones, que por su transparencia y escaso movimiento, no siempre nos resultaba fácil localizar.

20 noviembre, 2010 at 23:56
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Allí, nuestro primo José Luis, nos mostraba a Julito y a mí, una pequeña pistola Remington Derringer, que su padrino guardaba en el cajón de su mesilla de noche.

Aunque borroso, tengo el recuerdo de que en aquella habitación había también publicidad de la marca “Tío Pepe” de las bodegas González Byass”. El padrino debía tener alguna relación profesional con aquellas bodegas.

Alguna tarde de domingo, salíamos a pasear con nuestro amigo Gerardo y sus padres. En aquellas ocasiones, al regresar a casa, parábamos inexcusablemente a comprar el TBO en una tienda que había en la plaza que forma la unión de las calles Panaderas y Orzán, a corta distancia del Museo.

Durante el verano, cuando íbamos a la playa durante la semana, generalmente era Alicia, la hermana mayor de Gerardo, quien nos llevaba.

La mayor parte de las veces, bajábamos a la playa del matadero, a solo cinco minutos de camino de nuestra casa.

20 noviembre, 2010 at 23:55
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Cuando ponían alguna película de aventuras como Tarzán de los monos, Robín de los Bosques, Flecha rota, Las minas del rey Salomón, La isla del tesoro, y había alguna escena de miedo, yo siempre doblaba mis piernas sobre la butaca y me sentaba sobre ellas.

A la salida del cine Hércules, comprábamos en la tienda de Tomás, en la Calle de la Torre, un pan de higo, algarrobas, regaliz, palo dulce o chufas, que eran las chucherías habituales de entonces.

Algunas tardes de verano, se ponía allí un hombre con una curiosa pero elemental maquinita con la que, a modo de cepillo de carpintero, limaba la barra de hielo y hacía un picado de hielo al que añadía luego un líquido dulce de color rojo que nosotros comprábamos y chupábamos directamente de nuestra mano, a modo de refresco.

La mula Francis y Cantinflas y luego Bamby y Peter Pan, entre otras, fueron de las películas que con más alegría disfrutamos.

Después del cine, siempre salíamos a pasear con nuestros padres. Eran frecuentes las visitas que hacíamos a casa de la tía Flora, en el Campo de la Leña y alguna vez, también a los tíos Carmen y Marcelino, al principio de la calle del Orzán.

20 noviembre, 2010 at 23:53
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Los domingos eran realmente “fiestas de guardar”. Por la mañana, vestidos de domingo, misa en Santo Tomás. Algunas veces, las Misiones, Ejercicios Espirituales, Confirmación, Catecismo, y ya luego, la Primera Comunión y a partir de allí, el riesgo de pecar.

Nuestro padre nos dio siempre una paga semanal que al principio debió de ser de unos cincuenta céntimos y con el tiempo fue creciendo hasta una, cinco y veinticinco Pesetas. La verdad es que aquello nos llegaba para los gastos del domingo y también para “jugar a ahorrar”.

En aquellos primeros tiempos, la tarde del domingo, teníamos película a las cuatro en el Cine Hércules. Durante un largo tiempo, las películas de “El gordo y el flaco” se alternaban con las de “Charles Chaplin”. Mucho nos reímos con las tonterías de aquellos actores

20 noviembre, 2010 at 23:49
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No es que hubiese demasiadas inquietudes políticas, pero la cuestión era estar informados.

La llegada de papá, del trabajo, marcaba infaliblemente la hora en aquella casa. Claro que las campanadas del reloj de la iglesia de las hermanitas, eran también el puntual aviso del paso de aquel tiempo, con el “tan-tan” de los cuartos, el “tan-tan, tan-tan” de las medias y el “tan-tan, tan-tan, tan-tan” de las menos cuarto.

Cuando se oía aquella canción publicitaria de “Okal, Okal, Okal es el remedio contra el mal ….” nosotros ya estábamos con las cabezas sobre nuestras almohadas a punto de agarrar el sueño.

Algunos jueves, íbamos a la tienda de “Alfredo Romero” a buscar el globo, los viernes escuchábamos en la radio del Café, aquel programa infantil que llamaban “Caja de Música”, en el que siempre ponían un cuento.

El baño, en aquella bañera de hierro esmaltado, tocaba los sábados. Nuestra madre calentaba el agua en la cocina y vaciaba luego un par de ollas en la bañera, hasta conseguir la temperatura idónea para nosotros.

Todavía era tiempo de bañarnos a los tres hermanos juntos. La fiesta del baño se acababa cuando mamá nos cortaba las uñas de los pies. Ese era el trago menos grato de aquella ceremonia.

Mama nos llevaba de uno en uno envueltos en una toalla hasta la mesa de la cocina, en donde acababa de secarnos y ponernos el pijama.

20 noviembre, 2010 at 23:48
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Aquello que consistía en dibujar unos cuadros con tiza sobre el suelo, para luego, saltar de uno en uno sin pisar la raya. Era un juego de niñas, pero en nuestros primeros años, los niños no éramos nada sexistas. Eso vino más tarde.

Todos ellos eran juegos muy divertidos, y desde luego, muy económicos, pues la mayoría de ellos poco más requerían que nuestra imaginación.

No podría precisar cuando llegó la primera radio a nuestra casa, pero desde luego no fue temprano.

Al principio, su uso era casi exclusivo para escuchar las noticias a la hora de comer y a la noche, mientras nuestros padres cenaban.

Recuerdo que alguna noche, papá escuchaba también las noticias de Radio París en español y también Radio España Independiente, la «Pirenaica», aquella radio clandestina que comenzaba sus emisiones diciendo… «Aquí Radio España Independiente, estación pirenaica, la única emisora española sin censura de Franco, trasmitiendo por campos de onda de…»

20 noviembre, 2010 at 23:45
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las chapas,
policías y ladrones,
el escondite,
el pañuelo,
los tesoros,
las tábatas
————–
prendas,
el burro,
la pelota (alguna incluso de trapo o de papel),
el yo yo,
el diábolo.
y algunas veces, con las niñas, la Mariola y la comba,

20 noviembre, 2010 at 23:43
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