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diario

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Uno de aquellos días en que los niños jugábamos persiguiéndonos unos detrás de otros, yo salí corriendo del portal, y nada más atravesar el umbral de la puerta, mi cabeza golpeó fuertemente un paquete que una mujer llevaba en el regazo de su brazo derecho.

Mi llanto, y la sangre que manaba por la brecha de mi frente, asustaron a aquella inocente mujer, a cuyo disgusto hubo de añadir la rotura en pedazos de la flamante olla de barro que portaba.

Nuestra vida era muy feliz y entretenida. Al menos, así fue la mía.
No había muchos juguetes, pero no faltaban juegos.

Tulé,
el aro,
la bujaina,
el ché,
palán y billarda,
las bolas, (el gua, el triángulo, la raya)

20 noviembre, 2010 at 23:41
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diario

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El patacón era una moneda de diez céntimos de peseta.
Dos perras chicas, hacían un patacón.
Dos patacones y una perra, hacían un real. El real era una moneda que llevaba un agujero en el centro.
Cuatro reales, eran una peseta.
A la moneda de peseta, se le llamaba “rubia”
Cinco pesetas, hacían un duro. Por lo que veinte duros, eran cien pesetas.

PERRA CHICA

PATACÓN

REAL

RUBIA

DURO

Alguna vez era mi padre quien me enviaba al estanco a por un librito de Carabela, que era el papel de fumar que él utilizaba en su época de fumador.

Aquellos encargos debían ser para mí algo importante, pues el hecho es que se han quedado grabados en mi memoria.

Una tarde de la víspera de Navidad, quizás por 1949, Alicia y Marisa, que eran las chicas mayores del barrio, habían organizado a todo el grupo para pedir a las personas que por allí pasaban, el aguinaldo de Navidad.

Cada uno de nosotros, bote en mano, abordábamos a cuantos podíamos y cantando villancicos, les pedíamos el aguinaldo, con el que luego corríamos para depositarlo en el mostrador de la frutería, en donde las mayores controlaban la colecta

20 noviembre, 2010 at 23:40
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El grupo lo formábamos los niños y niñas de las casas números

•4, en cuyos bajos estaban la frutería y la carnicería,

•6, con la tienda de Instrumentos Musicales Moris y el Café Bar Salvador,

•8, con una fábrica de muebles y

•10, en donde la madre de Juan fabricaba pirulís y manzanas recubiertas de caramelo rojo, que al estar ensartadas en un palito, podrían haber sido el origen del chupachup.

Las diferencias de edad y sexo, hacían de todos nosotros varios grupos, aunque en ocasiones actuábamos conjuntamente.

Frente a nuestras casas, había un largo muro que cerraba la finca de las Hermanitas, continuado por el asilo de ancianos desamparados, la iglesia y otro muro hasta la cuesta del matadero, por la que en verano bajábamos a la playa del mismo nombre.

El señor Salvador, así se llamaba el dueño del Café, me mandaba alguna vez al estanco que había a la vuelta de la esquina, en Ramón del Cueto, a comprar unos paquetes de picadura, cigarrillos “Ideales” o unas cajas de cerillas.

Aquello siempre tenía el premio de una o dos enormes aceitunas, o un patacón, con el que compraba chufas o minchas en la señora de la esquina. Minchas era como allí llamábamos a los bígaros

20 noviembre, 2010 at 23:39
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Mientras tanto, las mulas, enganchadas al carro, saboreaban las mondas de patata que el carrero colocaba en una bolsa de tela, colgándola de sus cabezas.

El otro vehículo que de vez en cuando atravesaba nuestro campo de juegos, era el carro de la chicoria.

El del hielo era un carro pesado y de cuatro ruedas, pues llevaba también cajas de refrescos, pero el de la chicoria era mucho más ligero, dos ruedas y un pequeño caballo de trote apresurado, siempre acompañado por un perro también pequeño, que saltaba y ladraba delante del galopante animal, arriesgándose a veces a ser pisoteado por éste.

Adelaida Muro, era y es una calle recta, que, por su longitud, para nosotros estaba dividida en secciones aisladas entre sí.

Nuestro territorio llegaba solo hasta el palo.

El palo era un poste de la luz, situado a unos cincuenta metros de nuestras casas y que por una u otra razón, era para nosotros una especie de límite territorial. Estaba a la altura de la entrada a la iglesia de las Hermanitas, pero en la misma acera que nuestras casas.

Cuando nos repartíamos el patinete, el triciclo, o el aro, el trato era ir hasta el palo y dar la vuelta

20 noviembre, 2010 at 23:38
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La escalera, de pino tea, con amplios y bajos peldaños que la hacían especialmente cómoda. Tan cómoda, que yo bajaba saltando zancadas de cuatro o cinco peldaños cada vez.

La relación de vecindad fue siempre muy buena y respetuosa.

Farruca era la gata de la señora Anita. Una gata de angora gris de aire tan pacífico como su propia dueña. Ella y don Gerardo eran los padres de Jaime, Alicia y Gerardito, que era nuestro principal amigo y compañero de fatigas.

Todos ellos, muy buena gente y además con unas cualidades innatas para el dibujo, de verdaderos artistas.

Los diminutivos de los nombres, no han de extrañar a nadie, pues me estoy refiriendo a un tiempo en el que todavía los niños meábamos desde la orilla de la acera, levantando la pierna de nuestros pantalones cortos.

Claro que incluso eso era un juego en el que ganaba quien conseguía llevar más lejos el alcance de su meada.

A media mañana, llegaba el carro que dejaba el hielo en el Café Bar Salvador, para enfriar las cervezas y gaseosas en una barrica que allí tenían a modo de nevera.

Del carretero no guardo ninguna imagen, tan solo le veo golpeando la barra del hielo sobre la trasera de su carro, con un hierro a modo de cincel plano y cargando un trozo sobre el hombro recubierto por una vieja arpillera.

Los niños aprovechábamos entonces para coger los pequeños trozos del hielo cortado y llevárnoslos a la boca o metérselos por el cuello de la camisa a nuestros compañeros.

20 noviembre, 2010 at 23:37
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said

unidad, decena, centena;
unidad de millar, decena de millar, centena de millar;
unidad de millón, decena de millón, centena de millón,
y así sucesivamente.

Aquella lección y probablemente otras que no han quedado grabadas en mi recuerdo, me las daba papá en la galería de casa, en cuya pared colgaba un mapa de España y Portugal en el que los hermanos jugábamos a encontrar nombres de pueblos y ciudades.

Las ciudades más recurridas en aquellos juegos, eran las de Braga y Braganza, por la picaresca del doble significado de la primera.

En 1947, tenía yo cuatro años. La Coruña era ya el embrión de aquella ciudad en la que nadie habría de sentirse forastero.

Mi calle era como el patio de casa, en ella jugábamos los niños y las niñas sin mayores peligros.

Hacía solo ocho años que mis padres, recién casados, habían alquilado allí la casa en la que luego nacimos y vivimos sus cuatro hijos, hasta que cada uno de nosotros fue tomando el cauce que la vida nos deparaba.

Nuestro hogar estaba en el tercer piso de un edificio modernista que tenía tres plantas, con dos viviendas en cada una de ellas.

El portal, que era nuestro lugar de juegos más frecuentado, tenía las paredes revestidas hasta su media altura, de aquellos azulejos tan típicos de principios de siglo, con hojas, flores y filigranas en las que predominaban los colores amarillo, verde y azul.

20 noviembre, 2010 at 23:36
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El Rayas Primero fue el libro con el que aprendí las primeras letras y luego a combinarlas entre sí, con aquella letanía de “la m con la a, ma; la m con la e, me; la m con la i, mi”, hasta llegar a “mi mamá me mima” y de ahí hasta aquí.

Fue allí que vi por primera vez aquel castigo tan típico entonces de poner al reo de rodillas, cara a la pared, brazos en cruz y con dos pesados libros en las palmas de sus manos.

Incluso había una especie de corona de papel con dos grandes orejas de burro, para humillar a quien, a criterio de la maestra, lo mereciese.

De aquella época, tengo también el recuerdo de una tarde en la que mi padre pretendía, con poco éxito, introducirme en el sistema métrico decimal, enseñándome aquello de

20 noviembre, 2010 at 23:35
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Maruja, la carnicera, tenía la tienda a lado de nuestra casa y allí vivía con su marido Antonio, con el que se había casado por poder. Parece ser que se habían conocido carteándose y con el tiempo fue surgiendo la decepción del desencaje mutuo. Ella era una mujer con ímpetu emprendedor y llevaba sola el negocio, mientras que a él – probablemente por su acusada sordera – no se le veía actividad alguna, aunque mi impresión es que era una excelente persona.

A lado de casa, había también una frutería que pronto se convirtió en una farmacia, en la que había una larga jaula repleta de periquitos que revoloteaban de rama en rama en unos simulacros de árboles que habían instalado en su interior.

En la esquina, estaba la peluquería del padre de Suso, en la que, curiosamente, tenían también una enorme jaula con muchos canarios que dedicaban a la cría y venta. Además de canarios, también tenían algunos jilgueros que competían con sus trinos entre sí y también con los canarios. En la misma casa, pero en otra puerta, la madre de Suso ponía un pequeño puesto en el que nosotros comprábamos alguna vez las minchas, con las que nos entregaba un alfiler para extraerlas de sus conchas.

No recuerdo con exactitud cuando yo fui por primera vez a la escuela, pero debió de ser cuando tenía alrededor de cuatro años.

20 noviembre, 2010 at 23:34
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Sí tengo clara la escena de aquel primer día, que yo iba llorando, mientras caminaba por la acera desde casa hacia la Escuela del Caramelo con mi mandilón puesto y el cabás en mi mano.

El nombre del colegio no estaba correctamente aplicado, pues no había ningún caramelo. En realidad, la dueña de la escuela y también su maestra se llamaba Josefa Caramelo.

Además de la maestra, estaba también “la señorita” cuyo nombre no recuerdo, pero sí puedo decir que a pesar de nuestra juventud, nos parecía una maestra guapa y agradable, por lo que creo que todos teníamos una inconsciente preferencia por ella.

La escuela estaba muy cerca de casa, en la misma calle donde vivíamos y sin necesidad de cambiar de acera.

En aquella escuela aprendí a leer y también a escribir.

En el cabás, llevaba el Rayas Primero, la pizarra y el pizarrín, al que llamábamos “pizarro”.

Si no teníamos a mano un trapo para limpiar la pizarra, lo hacíamos con la manga del mandilón y algo de saliva, o directamente con la mano.

20 noviembre, 2010 at 23:34
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a mamá, golpeé la puerta con aquella pequeña macheta cuanto pude. Pronto llegó mamá para tranquilizarme con su cariño. Pero el disgusto fue suficiente para recordarlo el resto de mi vida.

Años después, ya mayor, me fijé un día en la puerta, tratando de ver el daño que podría haberle hecho, pero no encontré grandes cicatrices, prueba de que la macheta no estaba muy afilada, además de que mis golpes debieron ser bastante flojos.

Las consecuencias de la guerra civil española fueron terribles para todos, pero el fastidio de la posguerra fue desigual en las distintas zonas del país.

El racionamiento de los alimentos duró hasta 1953. Existían las cartillas de racionamiento, con cuyos cupones se tenía derecho a comprar limitadas cantidades de productos tales como aceite, pan, garbanzos, bacalao, azúcar, carne, leche, huevos.

Algunos productos eran a veces muy escasos, café, membrillo, chocolate e incluso el jabón, el cual por esa razón se fabricaba también en las casas.

Serafín y Caramelo, eran las dos tiendas en las que hacíamos casi todas las compras. Las dos estaban en nuestra misma calle. La leña y pocas cosas más, la comprábamos en “el chino”, en la esquina de la Calle de la Independencia.

20 noviembre, 2010 at 23:33
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diario

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Los envases de gaseosas, sifones, cervezas y refrescos, debían ser siempre devueltos a la tienda para su ulterior utilización.

También la leña y el carbón se compraban por kilos, pues las cocinas eran generalmente aquellas de hierro llamadas bilbaínas.

En casa había lo que llamábamos “el taco”, que era un pequeño tronco que mamá utilizaba para picar la leña que aunque ya se compraba picada, en algún caso debían hacerse astillas más pequeñas, con una también pequeña macheta que allí había.

El taco era algunas veces usado por nosotros en nuestros juegos por el pasillo de casa y en una ocasión fue motivo de disgusto y dolor, pues teniéndolo la niña en sus manos, calló sobre uno de sus pies, arrancándole la uña del dedo gordo.

Aquella pequeña macheta – afortunadamente muy roma – fue testigo de uno de mis más tempranos disgustos.

Probablemente tendría yo tres años. Aprovechando que yo dormía, mamá había bajado rápidamente a la tienda. La casualidad quiso que yo despertase, y al encontrarme solo en casa, mi disgusto y llanto fue grande. No pudiendo abrir la puerta de casa, arrimé una silla y subiéndome a ella, llorando y llamando

20 noviembre, 2010 at 23:32
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El color gris de la postguerra, y todas las carencias que ella acarreaba, hicieron un camino nada fácil para comenzar a crear una familia.

Mi hermano Julio, el mayor de los cuatro, nació pocos meses después de haber acabado la guerra y yo llegué tres años y medio más tarde.

Papá era una persona prudente y de muy buen corazón. Su aspecto serio, contrastaba con la jovialidad de su carácter. Amante de la familia y siempre al servicio de quien le necesitase. Su generosidad era patente.

Su prudencia ocultaba con frecuencia sus propios sentimientos.
Recuerdo como en ocasiones, alguna noticia sensible, podía emocionarlo mientras él trataba de disimular las lágrimas que irremediablemente querían asomar en su rostro.

Vistos ahora, aquellos primeros años aparecen como en blanco y negro, pero en su momento, eran lo que había, y sus durezas se vivían como la normalidad.

Las tiendas de “comestibles” o “ultramarinos finos” no eran demasiado abundantes y la mayoría de los productos se vendían y compraban “a granel”, siendo envasados directamente por el vendedor sobre el mostrador de la tienda, en papel o en cartuchos de estraza, o en las botellas que el propio cliente llevaba, si se trataba de líquidos.

Se compraba, por ejemplo, un litro de vino, un cuartillo de aceite, cuarto kilo de sal, un kilo de habas, y así, las lentejas, el arroz y otros.

20 noviembre, 2010 at 23:31
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Por cierto que mi bautizo se celebró en la desaparecida Capilla de San Roque, que estaba junto al Campo de la Leña. Probablemente, mis padres eligieron esa ubicación, por la proximidad con la casa de la tía Flora, en la que papá había vivido algún tiempo antes de casarse. Por otra parte, esta iglesia tampoco estaba lejos de la calle Adelaida Muro, en donde vivíamos.

Ahora, sesenta y tantos años después de aquello, percibo la ilusión que mis padres debieron haber puesto en sus vidas al formar una familia y veo las adversidades a las que debieron de enfrentarse en su existencia.

Siempre ha sido lo mismo. El hombre propone y Dios dispone.

En la flor de sus vidas, mis padres salieron de las aldeas lucenses donde habían nacido, en busca de mejores medios de subsistencia en la capital. Probablemente tendrían 16 o 17 años cuando, cada uno por su lado, llegaron a La Coruña, en donde algún tiempo después, unirían sus vidas para siempre.

Su llegada a La Coruña debió acaecer en torno al año 1930, pocos años antes de la nefasta guerra civil del treinta y seis.

Justo antes de comenzar la guerra, mi padre estaba ya a punto de terminar su servicio militar y pensando ya en contraer matrimonio, pero el contratiempo bélico interrumpió sus propósitos y tuvo que permanecer en el ejército durante tres años más.

20 noviembre, 2010 at 23:30
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Quizás aquellos eran los Reyes de la Petra, nuestra vecina, pues recuerdo que ella nos acompañaba en aquel momento.

La Petra (así la llamábamos) y don Mariano, eran nuestros vecinos de piso. Un matrimonio aragonés con dos hijos, Armando y Esperanza. Muy buena gente. Don Mariano era zapatero y hacía algunos arreglos en la galería de su casa.

Había sido precisamente por la buena relación de vecindad que existía entre mis padres y el señor Mariano y su familia, que me habían puesto de nombre Armando, igual que el de su hijo. Años más tarde, supe que mi madre había pensado haberme llamado Alberto.
Todavía recuerdo el día en que mi madre me había puesto mi primer calzoncillo y yo fui a contárselo a Armando, el hijo de la Petra, que estaba dibujando aquellos preciosos diseños de comedores, dormitorios, armarios y otros muebles.
Armando era un joven bueno y trabajador, que hacía unos preciosos dibujos de muebles y que luego se estableció con una importante fábrica cuya posterior quiebra al cabo de los años, le llevó al suicidio

20 noviembre, 2010 at 23:28
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diario

said

Me encontre con este escrito y me hizo retroceder algunos trazos de mi niñez y adolescencia y creo que a muchos o pocos que lo leasi os pasara igual,,,alláaaa voyyyyy………

Siempre he dicho que las ideas que no se llevan a cabo, no sirven para nada, y yo no quiero que me suceda a mí eso, con mi ya antigua intención de anotar aquí mis recordaciones.

Espero que completar esta narración no me lleve tanto tiempo como el que he necesitado para ponerme a hacerla.

Se trata de recuerdos sin importancia, pero al fin y al cabo, recuerdos; después de todo, ¿qué seremos al final, sino recuerdos?

Para mí, ese no será premio pequeño. Ser un recuerdo. Una luz renovada en sucesivas generaciones y quizás acrecentada por ellas.

Cierto es que, de tantas y tantas cosas acaecidas, solo podré mencionar aquí una mínima parte de ellas, pues su inmensa mayoría habrá caído ya en la negrura del eterno olvido, cubiertas por las sucesivas capas de acontecimientos que inexorablemente se suceden instante a instante, a lo largo de nuestras vidas.

FOTO TOMADA EN EL INVIERNO DE 1943. el primero de mi vida.

Una tarde de Reyes, cuando yo tenía dos o tres años (1.946), mi madre me subió a la mesa de la cocina, se fue la luz y un ruido anunció la caía de un tambor de hojalata por el agujero de la chimenea. Naturalmente, la luz volvió inmediatamente después de la llegada del tambor.

20 noviembre, 2010 at 23:27
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