En aquel minuto de beso estaban todos los momentos de alegría que habla vivido.
Me quitó la ropa y me penetró con fuerza, con miedo, con deseo. Sentí algo de dolor, pero eso no tenía importancia. Como tampoco tenía importancia mi placer en ese momento. Le pasaba las manos por el pelo, escuchaba sus gemidos, y daba las gracias a Dios porque él estaba allí, dentro de mí, haciéndome sentir como si fuese la primera vez.
Nos amamos toda la noche, y el amor se mezclaba con el sueño y con los sueños. Lo sentía dentro de mí, y lo abrazaba para tener la certeza de que aquello estaba ocurriendo de verdad, para no dejar que se fuese de repente, como los caballeros andantes que algún día habían habitado el viejo castillo transformado en hotel. Las silenciosas paredes de piedra parecían contar historias de doncellas que se quedaban esperando, de lágrimas derramadas, y de días interminables en la ventana, mirando el horizonte, en busca de una señal o de una esperanza.
Pero yo nunca pasaría por eso, me prometí. No lo perdería nunca. Él siempre estaría conmigo, porque yo había escuchado las lenguas del Espíritu Santo, mirando un crucifijo detrás de un altar, y esas lenguas me habían dicho que yo no estaba cometiendo ningún pecado.
Sería su compañera, y juntos desbravaríamos el mundo que esperaba ser creado de nuevo. Hablaríamos de la Gran Madre, lucharíamos al lado del Arcángel Miguel, viviríamos juntos la agonía y el éxtasis de los pioneros. Eso me habían dicho las lenguas,
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Rompe ese vaso —pedí una vez más.
Él clavó su mirada en la mía. Después, despacio, deslizó la mano de la mesa hasta tocar el vaso. Con un rápido movimiento, lo empujó al suelo.
El ruido del vidrio roto llamó la atención de todos. En vez de disfrazar el gesto con alguna petición de disculpas, él me miraba sonriendo, y yo le devolvía la sonrisa.
— No tiene importancia —gritó el chico que atendía las mesas.
Pero él no le oyó. Se había levantado, me había cogido por los cabellos y me besaba.
Yo también lo cogí por los cabellos, lo abracé con toda mi fuerza, le mordí los labios, sentí que su lengua se movía dentro de mi boca. Era un beso que había esperado mucho, que había nacido junto a los ríos de nuestra infancia, cuando todavía no comprendíamos el significado del amor. Un beso que quedó suspendido en el aire cuando crecimos, que viajó por el mundo a través del recuerdo de una medalla, que quedó escondido detrás de pilas de libros de estudios para un empleo público. Un beso que se había perdido tantas veces y que ahora había sido encontrado. En aquel minuto de beso estaban años de búsquedas, de desilusiones, de sueños imposibles.
Lo besé con fuerza. Las pocas personas que había en aquel bar debieron de mirarnos y pensar que aquello no era más que un beso. No sabían que en ese minuto de beso estaba el resumen de mi vida, de su vida, de la vida de cualquier persona que espera, sueña y busca su camino bajo el sol.
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Es lo prohibido. Los vasos no se rompen adrede. Cuando estamos en los restaurantes o en nuestras casas procuramos que los vasos no queden en el borde de la mesa. Nuestro universo exige que tengamos cuidado para que los vasos no caigan al suelo.»
Sin embargo, seguí pensando, cuando los rompemos sin querer, vemos que no era tan grave. El camarero dice «no tiene importancia», y nunca en mi vida, he visto que en la cuenta de un restaurante hayan incluido el precio de un vaso roto. Romper vasos forma parte de la vida y no nos hacemos daño a nosotros ni al restaurante ni al prójimo.
Moví la mesa. El vaso se bamboleó, pero no cayó.
— ¡Cuidado! —dijo él, instintivamente.
— Rompe el vaso —insistí.
Rompe el vaso, pensaba para mí, porque es un gesto simbólico. Trata de entender que yo rompí dentro de mí cosas mucho más importantes que un vaso, y estoy feliz de haberlo hecho. Mira tu propia lucha interior, y rompe ese vaso.
Porque nuestros padres nos enseñaron a tener cuidado con los vasos, y con los cuerpos. Nos enseñaron que las pasiones de la infancia son imposibles, que no debemos alejar a hombres del sacerdocio, que las personas no hacen milagros, y que nadie sale de viaje sin saber adónde va.
Rompe el vaso, por favor, y libéranos de todos esos conceptos malditos, de esa manía de tener que explicarlo todo y hacer sólo aquello que los demás aprueban.
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Pero continué en silencio. Asistí, como en un sueño, a su lucha interior. Vi que tenía ante él mi «no», el miedo de perderme, las palabras duras que había oído en momentos semejantes, porque todos pasamos por eso, y acumulamos cicatrices.
Sus ojos empezaron a brillar. Sabía que estaba venciendo todas aquellas barreras.
Entonces solté una de sus manos, cogí un vaso y lo puse en el borde de la mesa.
— Se va a caer —dijo él.
— Exacto. Quiero que tú lo tires.
— ¿Romper un vaso?
Sí, romper un vaso. Un gesto aparentemente simple, pero que implicaba miedos que nunca llegaremos a entender del todo. ¿Qué hay de malo en romper un vaso barato, si todos hemos hecho eso sin querer alguna vez en la vida?
— ¿Romper un vaso? —repitió—. ¿Por qué?
— Podría dar algunas razones —respondí—. Pero la verdad es que es sencillamente por romperlo.
— ¿Por ti?
— Claro que no.
Él miraba el vaso en el borde de la mesa, preocupado de que fuese a caerse.
«Es un rito de pasaje, como tú mismo dices —tuve ganas de decirle
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todo nos puede llevar a la experiencia del amor de Dios.
Calló de repente.
— No quiero hablar de eso —dijo—. Quiero hablar de otro tipo de amor.
Sus manos tocaron mi rostro.
El vino hacía las cosas más fáciles para él. Y para mí.
— ¿Por qué te has callado de repente? ¿Por qué no quieres hablar de Dios, de la Virgen, del mundo espiritual?
— Quiero hablar de otro tipo de amor —insistió—. Aquel que comparten un hombre y una mujer, y en el que también se manifiestan los milagros.
Le cogí las manos. Él podía conocer los misterios de la Diosa, pero de amor sabía tanto como yo. Por mucho que hubiese viajado.
Y tendría que pagar un precio: la iniciativa. Porque la mujer paga el precio más alto: la entrega.
Estuvimos cogidos de las manos durante un largo rato. Leía en sus ojos los miedos ancestrales que el verdadero amor coloca como pruebas a ser vencidas. Leí el recuerdo del rechazo de la noche anterior, el largo tiempo que pasamos separados, los años en el monasterio en busca de un mundo donde esas cosas no ocurrían.
Leía en sus ojos los millares de veces que había imaginado aquel momento, los escenarios que había construido a nuestro alrededor, el corte de pelo que yo debía de llevar y el color de mi ropa. Yo quería decir «sí», que sería bienvenido, que mi corazón había ganado la batalla. Quería decirle cuánto lo amaba, cuánto lo deseaba en aquel momento.
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No vamos a tardar tanto —respondió él—. Tenemos que llegar a Zaragoza antes de que amanezca.
El chico regresó al mostrador. Volvimos a llenar nuestros vasos. Sentía otra vez la liviandad que había sentido en Bilbao, la suave embriaguez del Rioja que nos ayuda a decir y oír cosas difíciles.
— Tú estás cansado de conducir, y estamos bebiendo —dije, después de un trago—. Es mejor quedarnos por aquí. Vi un parador cuando caminábamos.
Él aceptó con un movimiento de cabeza.
— Mira la mesa de enfrente —fue su comentario—. Los japoneses llaman a esto shibumi: la verdadera sofisticación de las cosas simples. Las personas se llenan de dinero, van a lugares caros y creen que son sofisticadas.
Bebí más vino.
El parador. Una noche más a su lado.
La virginidad que misteriosamente se había restablecido.
— Es curioso oír a un seminarista hablando de sofisticación —dije, tratando de concentrarme en otra cosa.
— Pues aprendí eso en el seminario. Cuanto más nos acercamos a Dios a través de la fe, más sencillo Se vuelve. Y cuanto más sencillo Se vuelve, más fuerte es Su presencia.
Su mano se deslizó por la tabla de la mesa.
— Cristo aprendió su misión mientras cortaba la madera y hacía sillas, camas, armarios. Vino como carpintero para mostrarnos que, hagamos lo que hagamos
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A Zaragoza —respondió, aliviado.
Bajé del coche y empezamos a buscar un restaurante abierto. Sería casi imposible, a aquella hora de la noche.
«No, no es imposible. La Otra ya no está conmigo. Ocurren milagros», dije para mis adentros.
— ¿Cuándo tienes que llegar a Barcelona? —pregunté.
Él no respondió, y su rostro se puso serio. «Tengo que evitar esas preguntas —pensé—. Puede parecer que estoy tratando de controlar su vida.»
Anduvimos un rato sin conversar. En la plaza del pueblo había un letrero encendido: Mesón El Sol.
— Allí está abierto. Vamos a comer —fue su único comentario.
Los pimientos del piquillo con anchoas estaban dispuestos en forma de estrella. Al lado, el queso manchego, en tajadas casi transparentes.
En el centro de la mesa, una vela encendida, y una botella de vino Rioja casi por la mitad.
— Esto era una bodega medieval comentó el chico que servía.
No había casi nadie en el bar a esa hora de la noche. Él se levantó, fue al teléfono y volvió a la mesa. Sentí ganas de preguntarle a quién había llamado, pero esa vez logré contenerme.
— Tenemos abierto hasta las dos y media de la mañana —siguió diciendo el chico—. Pero si quieren les puedo traer más jamón, queso y vino, y se quedan en la plaza. El alcohol mantendrá a raya el frío.
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Cuando regresé a Saint-Savin ya casi era de noche. El coche estaba aparcado delante de la casa donde habíamos alquilado la habitación.
— ¿Dónde estuviste? —preguntó él cuando me vio. —Caminando y rezando —respondí.
Él me dio un fuerte abrazo.
— Por momentos tuve miedo de que te hubieses ido. Tú eres la cosa más preciosa que tengo en esta tierra.
— Tú también —respondí.
Paramos en un pueblo cerca de San Martín de Unx. La travesía de los Pirineos nos había llevado más tiempo del que pensábamos, a causa de la lluvia y la nieve del día anterior.
— Necesitamos encontrar algo abierto —dijo él, bajando del coche—. Tengo hambre.
No me moví.
— Ven —insistió, abriendo mi puerta.
— Quiero hacerte una pregunta. Una pregunta que no he hecho desde que nos encontramos.
Se puso inmediatamente serio. Me dio risa su preocupación.
— ¿Es una pregunta muy importante?
— Muy importante —respondí, tratando de parecer seria—. La pregunta es la siguiente: ¿adónde nos dirigimos?
Estallamos en una carcajada
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Le agarré las manos y se las besé.
— Me voy a despedir. Pero quiero decirle que lo entiendo, y que entiendo su amor por él.
El padre sonrió, y me echó la bendición.
— También entiendo su amor por él —dijo.
Durante el resto de aquel día caminé por el valle. Jugué con la nieve, estuve en una población cercana a Saint-Savin, comí un bocadillo de pâté, me quedé mirando a unos niños que jugaban al fútbol.
En la iglesia de otro pueblo, encendí una vela. Cerré los ojos y repetí las invocaciones que había aprendido el día anterior. Después empecé a pronunciar palabras sin sentido, mientras me concentraba en la imagen de un crucifijo que había detrás del altar. A los pocos instantes, el don de las lenguas se fue apoderando de mí. Era más fácil de lo que pensaba.
Podía parecer una locura: murmurar cosas, decir palabras que nadie conoce y que no significan nada para nuestro raciocinio. Pero el Espíritu Santo conversaba con mi alma, diciendo cosas que ella necesitaba oír.
Cuando sentí que estaba suficientemente purificada, cerré los ojos y recé:
«Nuestra Señora, devuélvemela fe. Que yo pueda ser también un instrumento de Tu trabajo. Dame la oportunidad de aprender a través de mi amor. Porque el amor nunca apartó a nadie de sus sueños.
»Que yo sea compañera y aliada del hombre que amo. Que él haga todo lo que tenga que hacer… a mi lado. »
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Tú estás cansado de conducir, y estamos bebiendo —dije, después de un trago—. Es mejor quedarnos por aquí. Vi un parador cuando caminábamos.
Él aceptó con un movimiento de cabeza.
— Mira la mesa de enfrente —fue su comentario—. Los japoneses llaman a esto shibumi: la verdadera sofisticación de las cosas simples. Las personas se llenan de dinero, van a lugares caros y creen que son sofisticadas.
Bebí más vino.
El parador. Una noche más a su lado.
La virginidad que misteriosamente se había restablecido.
— Es curioso oír a un seminarista hablando de sofisticación —dije, tratando de concentrarme en otra cosa.
— Pues aprendí eso en el seminario. Cuanto más nos acercamos a Dios a través de la fe, más sencillo Se vuelve. Y cuanto más sencillo Se vuelve, más fuerte es Su presencia.
Su mano se deslizó por la tabla de la mesa.
— Cristo aprendió su misión mientras cortaba la madera y hacía sillas, camas, armarios. Vino como carpintero para mostrarnos que, hagamos lo que hagamos, todo nos puede llevar a la experiencia del amor de Dios.
Calló de repente.
— No quiero hablar de eso —dijo—. Quiero hablar de otro tipo de amor.
Sus manos tocaron mi rostro
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casi imposible, a aquella hora de la noche.
«No, no es imposible. La Otra ya no está conmigo. Ocurren milagros», dije para mis adentros.
— ¿Cuándo tienes que llegar a Barcelona? —pregunté.
Él no respondió, y su rostro se puso serio. «Tengo que evitar esas preguntas —pensé—. Puede parecer que estoy tratando de controlar su vida.»
Anduvimos un rato sin conversar. En la plaza del pueblo había un letrero encendido: Mesón El Sol.
— Allí está abierto. Vamos a comer —fue su único comentario.
Los pimientos del piquillo con anchoas estaban dispuestos en forma de estrella. Al lado, el queso manchego, en tajadas casi transparentes.
En el centro de la mesa, una vela encendida, y una botella de vino Rioja casi por la mitad.
— Esto era una bodega medieval comentó el chico que servía.
No había casi nadie en el bar a esa hora de la noche. Él se levantó, fue al teléfono y volvió a la mesa. Sentí ganas de preguntarle a quién había llamado, pero esa vez logré contenerme.
— Tenemos abierto hasta las dos y media de la mañana —siguió diciendo el chico—. Pero si quieren les puedo traer más jamón, queso y vino, y se quedan en la plaza. El alcohol mantendrá a raya el frío.
— No vamos a tardar tanto —respondió él—. Tenemos que llegar a Zaragoza antes de que amanezca.
El chico regresó al mostrador. Volvimos a llenar nuestros vasos. Sentía otra vez la liviandad que había sentido en Bilbao, la suave embriaguez del Rioja que nos ayuda a decir y oír cosas difíciles
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El coche estaba aparcado delante de la casa donde habíamos alquilado la habitación.
— ¿Dónde estuviste? —preguntó él cuando me vio. —Caminando y rezando —respondí.
Él me dio un fuerte abrazo.
— Por momentos tuve miedo de que te hubieses ido. Tú eres la cosa más preciosa que tengo en esta tierra.
— Tú también —respondí.
Paramos en un pueblo cerca de San Martín de Unx. La travesía de los Pirineos nos había llevado más tiempo del que pensábamos, a causa de la lluvia y la nieve del día anterior.
— Necesitamos encontrar algo abierto —dijo él, bajando del coche—. Tengo hambre.
No me moví.
— Ven —insistió, abriendo mi puerta.
— Quiero hacerte una pregunta. Una pregunta que no he hecho desde que nos encontramos.
Se puso inmediatamente serio. Me dio risa su preocupación.
— ¿Es una pregunta muy importante?
— Muy importante —respondí, tratando de parecer seria—. La pregunta es la siguiente: ¿adónde nos dirigimos?
Estallamos en una carcajada.
— A Zaragoza —respondió, aliviado.
Bajé del coche y empezamos a buscar un restaurante abierto. Sería
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Durante el resto de aquel día caminé por el valle. Jugué con la nieve, estuve en una población cercana a Saint-Savin, comí un bocadillo de pâté, me quedé mirando a unos niños que jugaban al fútbol.
En la iglesia de otro pueblo, encendí una vela. Cerré los ojos y repetí las invocaciones que había aprendido el día anterior. Después empecé a pronunciar palabras sin sentido, mientras me concentraba en la imagen de un crucifijo que había detrás del altar. A los pocos instantes, el don de las lenguas se fue apoderando de mí. Era más fácil de lo que pensaba.
Podía parecer una locura: murmurar cosas, decir palabras que nadie conoce y que no significan nada para nuestro raciocinio. Pero el Espíritu Santo conversaba con mi alma, diciendo cosas que ella necesitaba oír.
Cuando sentí que estaba suficientemente purificada, cerré los ojos y recé:
«Nuestra Señora, devuélvemela fe. Que yo pueda ser también un instrumento de Tu trabajo. Dame la oportunidad de aprender a través de mi amor. Porque el amor nunca apartó a nadie de sus sueños.
»Que yo sea compañera y aliada del hombre que amo. Que él haga todo lo que tenga que hacer… a mi lado. »
Cuando regresé a Saint-Savin ya casi era de noche
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Son pruebas vivas del amor que Dios siente por nosotros, pero el destino de estas montañas es apenas dar testimonio.
»No son como los ríos, que se mueven y transforman el paisaje.
— Sí. Pero ¿por qué no ser como ellas?
— Quizá porque debe de ser terrible el destino de las montañas —respondí—. Están obligadas a contemplar siempre el mismo paisaje.
El padre no dijo nada.
— Yo estaba estudiando para ser montaña —continué—. Tenía cada cosa en su sitio. Iba a entrar en un empleo público, casarme, enseñar a mis hijos la religión de mis padres, aunque ya no creyese en ella.
»Hoy estoy decidida a dejar todo eso y seguir al hombre que amo. Felizmente renuncié a ser montaña: no lo podría haber soportado mucho tiempo.
— Usted dice cosas sabias.
— Estoy sorprendida de mí misma. Antes sólo conseguía hablar de la infancia.
Me levanté y seguí bajando. El padre respetó mi silencio, y no intentó hablar conmigo hasta que llegamos a la carretera.
Le agarré las manos y se las besé.
— Me voy a despedir. Pero quiero decirle que lo entiendo, y que entiendo su amor por él.
El padre sonrió, y me echó la bendición.
— También entiendo su amor por él —dijo.
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¿Por qué no esperar a que un determinado número de monos hombres aprenda, y entonces, sin sufrimientos, se divulgue el conocimiento por todas las demás islas?
— ¿Usted cree eso, padre?
El sacerdote calló unos instantes.
— ¿Me está leyendo los pensamientos?
— No. Pero si piensa eso, entonces no habría escogido la vida religiosa.
— Muchas veces trato de entender mi destino —dijo—. Y no lo consigo. Acepté ser parte del ejército de Dios, y todo lo que he hecho ha sido intentar explicar a los hombres por qué existe la miseria, el dolor, la injusticia. Intento que sean buenos cristianos, y ellos me preguntan: «¿Cómo puedo creer en Dios, cuando existe tanto sufrimiento en el mundo?»
»E intento explicar lo que no tiene explicación. Intento explicar que existe un plano, una batalla entre ángeles, y que estamos todos involucrados en esa lucha. Intento decir que, cuando un determinado número de personas tenga fe suficiente para cambiar este escenario, todas las demás personas, en todos los lugares del planeta, serán beneficiadas por este cambio. Pero no creen en mí. No hacen nada.
— Son como las montañas —dije—. Son bellas. Quien llega ante ellas no puede dejar de pensar en la grandeza de la Creación
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