¡En este mismo momento está escogiendo! ¡Puede estar escogiendo dejarla! —dijo el padre—. ¡Luche por lo que ama!
Pero no me detuve. Anduve lo más rápido que pude, dejando atrás la montaña, al padre, las decisiones. Sé que el hombre que corría detrás de mí me leía los pensamientos, y sabía que sería inútil cualquier esfuerzo por hacerme regresar. Pero a pesar de eso insistía, argumentaba, luchaba hasta el último momento.
Por fin llegamos a la piedra donde habíamos descansado media hora antes. Exhausta, me tiré en el suelo.
No pensaba en nada. Quería huir de allí, estar sola, tener tiempo para reflexionar.
El padre llegó algunos minutos más tarde, también agotado por la caminata.
— ¿Ve esas montañas alrededor? —preguntó—. Ellas no rezan; ellas ya son la oración de Dios. Son así porque encontraron su lugar en el mundo, y en ese lugar permanecen. Ellas estaban ahí antes de que el hombre mirase el cielo, escuchase el trueno y preguntase quién había creado todo esto. Nacemos, sufrimos, morimos, y las montañas siguen ahí.
»Llega un momento en el que necesitamos pensar si vale la pena tanto esfuerzo. ¿Por qué no intentar ser como esas montañas: sabias, antiguas, y en el lugar adecuado? ¿Por qué arriesgarlo todo para transformar a media docena de personas que luego olvidan lo que se les enseñó y parten en busca de una nueva aventura?
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. Pero tengo que cumplir mi destino.
Yo estaba cada vez más ansiosa.
— No vamos a interrumpirlo —dije—. Deje que termine su contemplación.
— Él no tendría que estar aquí. Tendría que estar con usted.
— Quizá esté conversando con la Virgen.
— Puede ser. Pero aun así, hemos de ir hasta allí. Si me ve llegar con usted, sabrá que se lo he contado todo. Él sabe lo que pienso.
— Hoy es el día de la Inmaculada Concepción —insistí—. Un día muy especial para él. Acompañé su alegría anoche, delante de la gruta.
— La Inmaculada es importante para todos nosotros —respondió el padre—. Pero ahora soy yo quien no quiere hablar de religión; vamos hasta allí.
— ¿Por qué ahora, padre? ¿Por qué en este instante?
— Porque sé que está decidiendo su futuro. Y puede ser que escoja el camino equivocado.
Di media vuelta y empecé a caminar en dirección contraria bajando por el mismo camino que habíamos usado para subir. El padre me siguió.
— ¿Qué hace? ¿No ve que es la única que puede salvarlo? ¿No ve que él la ama y lo dejaría todo por usted?
Mis pasos eran cada vez más rápidos, y no resultaba fácil seguirme. A pesar de eso, él continuó andando a mi lado.
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noche anterior, o por la mujer que recogía leña junto a la cabaña, sentí que miraba a alguien con una gigantesca fuerza espiritual. Alguien que ya no pertenecía a este mundo, que vivía en comunión con Dios y con los espíritus iluminados de las Alturas. El brillo de la nieve a su alrededor parecía reforzar todavía más esta impresión.
— En este monte existen otros como él —dijo el padre—. En constante adoración, comulgando con la experiencia de Dios y de la Virgen. Escuchando a ángeles, santos, profecías, palabras de sabiduría, y transmitiendo todo eso a un pequeño grupo de fieles. Mientras sigan así, no habrá problema.
»Pero él no se va a quedar aquí. Irá a recorrer el mundo, y a predicar la idea de la Gran Madre. La Iglesia no quiere eso ahora. Y el mundo tiene piedras en la mano para tirárselas a los primeros que toquen el tema.
— Y tienen flores en las manos para tirárselas a los que vengan después.
— Sí. Pero no es ése su caso.
El padre echó a andar hacia donde estaba él.
— ¿Adónde va?
— A despertarlo del trance. A decirle que me gustó usted. Y que bendigo esta unión. Quiero hacerlo aquí, en este sitio que para él es sagrado.
Empecé a sentir náuseas, como cuando uno tiene miedo pero no entiende la razón de ese miedo.
— Necesito pensar, padre. No sé si tiene razón.
— No tengo razón —respondió él—. Muchos padres se equivocan con los hijos porque piensan que saben qué es lo mejor para ellos. Yo no soy su padre, y sé que me equivoco.
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abrir caminos, hacer que la historia de amor de ustedes se convierta en algo legendario, que sea contado de generación en generación. Usted todavía cree que el amor puede vencer.
— ¿Y acaso no puede?
— Sí, puede. Pero vencerá cuando llegue su hora. Cuando hayan terminado las batallas celestiales.
— Le amo. Y no necesito esperar las batallas celestiales para dejar que mi amor venza.
Su mirada se volvió distante.
— A orillas de los ríos de Babilonia estábamos sentados y llorábamos —dijo, como si hablara consigo mismo—. En los álamos de la orilla teníamos colgadas nuestras cítaras.
— Qué triste respondí.
— Son las primeras líneas de un salmo. Habla del exilio de aquellos que quieren volver a la tierra prometida y no pueden. Y ese exilio todavía va a durar algún tiempo. ¿Qué puedo hacer para intentar impedir el sufrimiento de alguien que quiere regresar al Paraíso antes de tiempo?
— Nada, padre. Absolutamente nada.
— Allí está —dijo el padre.
Lo vi. Debía de estar a unos doscientos metros de mí, arrodillado en medio de la nieve. Estaba sin camisa, y desde aquella distancia le vi la piel amoratada por el frío.
Mantenía la cabeza baja y las manos en posición de rezo. No sé si influida por el ritual al que había asistido la
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En las apariciones de Lourdes, las frases de Nuestra Señora no alcanzan para llenar media página de un cuaderno; pero aun así la Virgen se encargó de decirle a la pastora: «No te prometo felicidad en este mundo.» ¿Por qué una de las pocas frases fue para prevenir y consolar a Bernadette? Porque Ella sabía del dolor que le esperaba a partir de ese momento si aceptaba su misión.
Yo miraba el sol, la nieve y los árboles sin hojas.
— Él es un revolucionario —siguió diciendo el padre, y el tono de su voz era humilde—. Tiene poder, conversa con Nuestra Señora. Si consigue concentrar bien su energía, puede estar en la vanguardia, ser uno de los líderes de la transformación espiritual de la raza humana. El mundo vive un momento muy importante.
»Si es ésa su elección, va a sufrir mucho. Sus revelaciones llegan antes de tiempo. Conozco lo suficiente el alma humana para saber lo que le espera.
El padre se volvió hacia mí y me puso las manos en los hombros.
— Por favor —dijo—. Apártelo del sufrimiento y de la tragedia que le esperan. Él no lo resistirá.
— Entiendo su amor por él, padre.
El sacerdote meneó la cabeza.
— No, usted no entiende nada. Usted es todavía demasiado joven para conocer las maldades del mundo. Usted, en este momento, también se ve como revolucionaria. Quiere cambiar el mundo con él,
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Ahora el sol lo inundaba todo. La nieve empezó a brillar, y la claridad excesiva me lastimaba los ojos. Pero —al mismo tiempo —parecía completar lo que decía el padre.
— ¿Y esto qué tiene que ver con él?
— Le he contado el lado heroico de la historia. Pero usted no sabe nada sobre el alma de esos héroes.
Hizo una larga pausa.
— El sufrimiento —prosiguió—. En los momentos de transformación, aparecen los mártires. Antes de que las personas puedan dedicarse a sus sueños, otros tienen que sacrificarse. Afrontan el ridículo, la persecución, el intento de desacreditar sus trabajos.
— La Iglesia quemó a las brujas, padre.
— Sí. Y Roma echó a los cristianos a los leones. Los que murieron en la hoguera o en la arena subieron rápidamente a la Gloria Eterna; fue mejor así.
»Pero hoy los guerreros de la Luz se enfrentan a algo peor que la muerte con honra de los mártires. Son consumidos poco a poco por la vergüenza y la humillación. Eso ocurrió con santa Teresa, que sufrió el resto de su vida. Eso ocurrió con María de Jesús. Eso ocurrió con los alegres niños de Fátima: Jacinta y Francisco murieron a los pocos meses; Lucía se internó en un convento, de donde no salió nunca más.
— Pero no ocurrió eso con Bernadette.
— Claro que sí. Tuvo que soportar la cárcel, la humillación, el descrédito. Él debe de habérselo contado. Debe de haberle contado las palabras de la Aparición.
— Algunas palabras —respondí
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Como santa Teresa», pensé.
— María de Jesús salió del convento el día que tuvo la visión, y se fue caminando descalza hasta Roma. Su peregrinación duró dos años, un período en el que durmió a la intemperie, sintió frío y calor, y sobrevivió a base de limosnas y de la caridad ajena. Fue un milagro llegar allí. Pero todavía fue un milagro más grande que la recibiera el papa Pío IV.
— Porque el papa, lo mismo que Teresa y muchas otras personas, estaba pensando en lo mismo —concluí.
Así como Bernadette no conocía la decisión del Vaticano, así como los monos de otras islas no podían saber del experimento que se estaba realizando, así como María Teresa de Jesús y Teresa no sabían lo que estaba pensando una y otra.
Algo empezaba a tener sentido.
Caminábamos ahora por un bosque. Las ramas más altas, secas y cubiertas de nieve, recibían los primeros rayos del sol. La neblina estaba terminando de disiparse.
— Sé adónde quiere llegar, padre.
— Sí. El mundo vive un momento en el que mucha gente está recibiendo la misma orden.
— Siga sus sueños, transforme su vida en un camino que conduzca hasta Dios. Realice sus milagros. Cure. Realice profecías. Escuche a su ángel de la guarda. Transfórmese. Sea un guerrero, y sea feliz en el combate.
— Corra sus riesgos.
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esmerada. Un bello día, mientras iba por un pasillo, empezó a conversar con Jesús. Sus éxtasis eran tan fuertes y profundos que se entregó totalmente a ellos, y en poco tiempo su vida cambió por completo. Viendo que los conventos carmelitas se habían transformado en agencias matrimoniales, resolvió crear una Orden que siguiese las enseñanzas originales de Cristo y del Carmelo.
»Santa Teresa tuvo que vencerse a sí misma, y tuvo que enfrentarse a los grandes poderes de su época: la Iglesia y el Estado. A pesar de eso, siguió adelante, convencida de que necesitaba cumplir su misión.
»Un día, cuando su alma flaqueaba, se le apareció una mujer cubierta de andrajos en la casa donde se hospedaba. Quería hablar a toda costa con la monja. El dueño de la casa le ofreció una limosna, pero ella la rechazó: sólo se iría de allí después de hablar con Teresa.
»Durante tres días esperó fuera, sin comer y sin beber. La monja, apiadada, pidió que entrase.
» No —dijo el dueño de la casa—. Está loca.
» Si les hiciese caso a todos, terminaría creyendo que la loca soy yo —respondió la monja—. Puede ser que esta mujer tenga el mismo tipo de locura que tengo yo: la de Cristo en la cruz.
— Santa Teresa hablaba con Cristo —dije.
— Sí —respondió el padre.
»Pero volvamos a la historia. Aquella mujer fue recibida por la monja. Dijo llamarse María de Jesús Yepes, de Granada.
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— Además el dogma de la Inmaculada no fue cosa del Vaticano —dijo—. Ocho millones de personas firmaron una petición al papa pidiéndoselo. Las firmas llegaron de todos los rincones del mundo. La cosa estaba en el aire.
— ¿Éste es el primer paso, padre?
— ¿De qué?
— Del camino que llevará a Nuestra Señora a ser considerada la encarnación del rostro femenino de Dios. Después de todo, finalmente ya aceptamos que Jesús encarnó su rostro masculino.
— ¿Qué quiere decir?
— ¿Cuánto tiempo tardaremos en aceptar una Santísima Trinidad en la que aparezca la mujer? La Santísima Trinidad del Espíritu Santo, de la Madre y del Hijo.
— Caminemos —dijo el padre—. Hace mucho frío para quedarnos aquí parados.
— Hace un rato, usted se fijó en mis sandalias —dijo el padre.
— ¿También lee el pensamiento? —pregunté.
El padre no me respondió.
— Le voy a contar parte de la historia de la fundación de nuestra Orden religiosa —dijo—. Somos carmelitas descalzos, según las reglas establecidas por santa Teresa de Ávila. Las sandalias son parte de nuestro atuendo; ser capaz de dominar el cuerpo es ser capaz de dominar el espíritu.
»Teresa era una bonita mujer, metida en el convento por el padre para que recibiese una educación más
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la suciedad, el alimento resultaba más sabroso.
»El científico, que hizo eso sólo porque estaba escribiendo un trabajo sobre la capacidad de aprendizaje de los chimpancés, no podía imaginar lo que terminaría ocurriendo. Se sorprendió al ver que los demás monos de la isla empezaban a imitarla.
»Hasta que un buen día, cuando un número determinado de monos aprendió a lavar patatas, los monos de todas las demás islas del archipiélago comenzaron a hacer lo mismo. Pero lo más sorprendente es que estos otros monos habían aprendido sin tener ningún contacto con la isla donde se estaba realizando el experimento.
El padre hizo una pausa.
— ¿Lo ha entendido?
— No —respondí.
— Existen varios estudios científicos al respecto. La explicación más común es que, cuando un determinado número de personas evolucionan, toda la raza humana termina evolucionando. No sabemos, cuántas personas son necesarias, pero sabemos que es así. — Como la historia de la Inmaculada —dije—. Se apareció a los sabios del Vaticano y a la campesina ignorante.
— El mundo tiene un alma, y llega un momento en que esa alma está en todo y en todos al mismo tiempo.
— Un alma femenina.
El padre se rió, sin explicarme qué significaba esa risa.
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Limpiamos la nieve que cubría una piedra y nos recostamos. El padre sudaba, y debía de tener los pies congelados.
— Que Santiago conserve mis energías, porque todavía quiero recorrer una vez más su camino —dijo el padre, volviéndose hacia mí.
No entendí el comentario, y resolví cambiar de tema.
— Hay marcas de pasos en la nieve dije.
— Algunas son de cazadores. Otras son de hombres y mujeres que quieren revivir una tradición.
— ¿Qué tradición?
— La misma de san Savin. Retirarse del mundo, venir a estas montañas, contemplar la gloria de Dios.
— Padre, necesito entender algo. Hasta ayer, yo estaba con un hombre que dudaba entre la vida religiosa y el matrimonio. Hoy he descubierto que ese hombre hace milagros.
— Todos hacemos milagros —dijo el padre—. Jesús dice: si tuviéramos una fe del tamaño de un grano de mostaza, diríamos a esta montaña: «¡Muévete!» Y la montaña se movería.
— No quiero clases de religión, padre. Amo a un hombre y quiero saber más de él, entenderlo, ayudarlo. No me importa lo que todos puedan hacer o no hacer.
El padre respiró hondo. Dudó un momento, pero luego habló:
— Un científico que estudiaba a los monos en una isla de Indonesia logró enseñar a cierta mona que debía lavar las patatas en un río antes de comerlas. Sin la arena y la
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— Está allí —dijo el padre.
Yo di media vuelta. Vi un coche detenido un poco más adelante. El mismo coche en el que habíamos viajado desde España.
— Siempre viene a pie —respondió, sonriendo—. Esta vez nos quiso hacer creer que venía de lejos.
La nieve me empapaba las zapatillas. Pero el padre llevaba sandalias abiertas, con calcetines de lana, y decidí no protestar.
Si él podía, yo también podía. Empezamos a subir hacia los picos.
— ¿Cuánto tiempo vamos a andar?
— Media hora, como máximo.
— ¿Adónde estamos yendo?
— Al encuentro de él. Y de otros.
Vi que no quería continuar la conversación. Quizá necesitase todas las energías para subir. Caminamos en silencio; la neblina ya casi se había disuelto del todo, y empezaba a aparecer el disco amarillo del sol.
Por primera vez podía tener una visión completa del valle; un río que corría allá abajo, algunos pueblos dispersos, y Saint-Savin, enclavada en la ladera de aquella montaña. Reconocí la torre de la iglesia, un cementerio que nunca había visto antes y las casas medievales con vista al río.
Un poco más abajo de donde estábamos, en un sitio por donde ya habíamos pasado, un pastor conducía ahora su rebaño de ovejas.
— Estoy cansado —dijo el padre—. Paremos un poco.
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La neblina se disipaba rápidamente, y ahora veía el camino, la ladera de la montaña, el campo y los árboles cubiertos de nieve. También mis emociones se iban aclarando.
Si fuera verdad, y el padre pudiera leer mis pensamientos, que leyese y lo supiese todo. Que supiese que el día anterior él había querido hacer el amor conmigo, y yo me había negado, y estaba arrepentida.
El día anterior pensaba que si él tuviese que partir, yo siempre podría recordar al viejo amigo de la infancia. Pero eso era una tontería. Aunque no me había penetrado su sexo, me había penetrado algo más profundo, algo que me había llegado al corazón.
— Padre, le amo —repetí.
— Yo también. El amor siempre hace tonterías. En mi caso, me obliga a intentar apartarlo de su destino.
— No será fácil apartarme, padre. Ayer, durante las oraciones frente a la gruta, descubrí que también puedo despertar esos dones de los que usted habla. Y voy a usarlos para mantenerlo a mi lado.
— Ojalá —dijo el padre, con una leve sonrisa en el rostro—. Ojalá lo consiga.
El padre se detuvo, y sacó un rosario del bolso. Después, sosteniéndolo, me miró a los ojos.
— Jesús dice que no se debe jurar, y yo no estoy jurando. Pero le digo, ante la presencia de lo que me es más sagrado, que no desearía que él siguiese la vida religiosa convencional. No me gustaría que fuese ordenado sacerdote.
»Puede servir a Dios de otras maneras. A su lado.
Me costaba creer que estuviese diciendo la verdad. Pero así era.
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— Entonces puede leer en mi corazón, padre. Y sabe que amo, y que este amor crece a cada instante. Juntos descubrimos el mundo, y juntos permanecemos en él. Él estuvo presente en todos los días de mi vida, haya querido o no.
¿Qué podía decirle a aquel sacerdote que caminaba a mi lado? Él jamás entendería que había tenido otros hombres, que me había enamorado, y que si me hubiese casado sería feliz. Cuando todavía era niña, había descubierto y olvidado el amor en una plaza de Soria.
Pero, por lo visto, no había hecho un buen trabajo. Bastaron tres días para que todo volviese.
— Tengo derecho a ser feliz, padre. Recuperé lo que estaba perdido, y no quiero perderlo de nuevo. Voy a luchar por mi felicidad.
»Si renunciara a esta lucha, también renunciaría a mi vida espiritual. Como dice usted, sería apartar a Dios, mi poder y mi fuerza de mujer. Voy a luchar por él, padre.
Yo sabía qué era lo que hacía allí aquel hombre bajo y gordo. Había venido a convencerme de que lo dejase, porque él tenía una misión más importante que cumplir.
No, no iba a creer aquella historia de que al padre que caminaba a mi lado le gustaría que nos casásemos para vivir en una casa igual a aquella de Saint-Savin. El padre decía eso para engañarme, para que bajase las defensas y entonces —con una sonrisa— convencerme de lo contrario.
El sacerdote leyó mis pensamientos sin decir nada. Quizá me estuviese engañando y no podía adivinar lo que pensaban los demás.
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Y volviéndose hacia mí, me pidió que continuáramos la caminata.
— Pero falta el café —dijo la mujer, al vernos salir.
— Si tomo café ahora, no duermo —dijo el padre.
La mujer se rió y murmuró algo como «todavía es por la mañana». No pude oír bien porque ya estábamos en la carretera.
— Padre, la mujer ha hablado de un joven que había curado a su marido. Fue él.
— Sí, fue él.
Empecé a sentirme mal. Me acordaba del día anterior, de Bilbao, de la conferencia en Madrid, de las personas que hablaban de milagros, de la presencia que sentí cuando rezaba abrazada a los demás.
Y yo amaba a un hombre que era capaz de curar. Un hombre que podía servir al prójimo, llevar alivio al sufrimiento, devolver la salud a los enfermos y la esperanza a sus parientes. Una misión que no cabía en una casa con cortinas blancas y discos y libros preferidos.
— No se culpe, hija mía —dijo el padre.
— Me está leyendo los pensamientos.
— Sí, así es —respondió el padre—. También tengo un don, y trato de merecerlo. La Virgen me enseñó a bucear en el torbellino de las emociones humanas, para saber dirigirlas de la mejor manera posible.
— Usted también hace milagros.
— No soy capaz de curar. Pero tengo uno de los dones del Espíritu Santo
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