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MADAM

said

El poder de él…
—… de la Virgen —corrigió el padre.
—… de la Virgen Madre, también es del señor. Fue el señor quien lo trajo aquí.
Esta vez el padre evitó mirarme.
— Rece por mi marido —insistió la mujer.
El padre respiró hondo.
— Póngase de pie delante de mí —dijo al hombre. El viejo obedeció. El padre cerró los ojos y rezó un avemaría. Después, invocó al Espíritu Santo, pidiendo que estuviese presente y ayudase a aquel hombre.
De un momento para otro, empezó a hablar rápido. Parecía una oración de exorcismo, aunque yo ya no pudiese seguir lo que decía. Sus manos tocaban los hombros del viejo, y se deslizaban por los brazos, hasta los dedos. El padre repitió todo eso varias veces.
El fuego empezó a crepitar con más fuerza en el hogar. Podía ser una coincidencia, pero quizá el padre estaba entrando en terrenos que yo no conocía, y que interferían en los elementos.
Yo y la mujer nos asustábamos cada vez que estallaba un leño. El padre no se daba cuenta; estaba entregado a su tarea: era un instrumento de la Virgen, como había dicho antes. Hablaba en aquella lengua extraña. Las palabras salían con una velocidad sorprendente. Las manos ya no se le movían, estaban colocadas sobre los hombros del hombre que tenía delante.
De repente, tal como había comenzado, el ritual concluyó. El padre se volvió e impartió una bendición convencional, dibujando con la mano derecha una enorme señal de la cruz.
— Dios esté siempre en esta casa —dijo.

11 febrero, 2010 at 23:43
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MADAM

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La mujer que recogía leña vio al padre y vino corriendo en nuestra dirección.
— ¡Padre, gracias! —dijo, besándole las manos—. ¡El mozo curó a mi marido!
— Quien lo curó fue la Virgen —respondió el padre acelerando el paso—. Él es apenas un instrumento.
— Fue él. Entre, por favor.
Me acordé inmediatamente de la noche anterior. Cuando estábamos llegando a la basílica, un hombre me había dicho algo así como «¡Usted está con un hombre que hace milagros!».
— Andamos con prisa —dijo el padre.
— No, no es cierto —respondí, muriéndome de vergüenza al hablar en francés, una lengua que no era la mía—. Tengo frío, y quiero tomar un café.
La mujer me agarró de la mano y entramos. La casa era cómoda, pero sin lujos; paredes de piedra, suelo y techo de madera. Sentado delante del fuego encendido, había un hombre de unos sesenta años.
Al ver al padre, se levantó para besarle la mano.
— Quédese sentado —dijo el padre—. Aún tiene que recuperarse.
— Ya he engordado diez kilos —respondió el hombre—. Pero todavía no puedo ayudar a mi mujer.
— No se preocupe. Pronto estará mejor que antes.
— ¿Dónde está el muchacho? —preguntó el hombre.
— Yo lo vi pasar hacia donde va siempre —dijo la mujer—. Sólo que hoy iba en coche.
El padre me miró sin decir nada.
— Bendíganos, padre —dijo la mujer—.

11 febrero, 2010 at 23:42
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MADAM

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Y madre —dije.
La neblina comenzaba a levantarse. Vi una pequeña casa de campesinos donde una mujer recogía leña.
— Sí, y madre —dijo—. Para tener una vida espiritual uno no necesita entrar en un seminario, ni tiene que hacer ayuno, abstinencia y castidad.
»Basta con tener fe y aceptar a Dios. A partir de ahí, cada uno se transforma en Su camino, pasamos a ser el vehículo de Sus milagros.
— Él ya me habló de usted —interrumpí—. Y me enseñó estas mismas cosas.
— Espero que usted acepte sus dones —respondió el padre—. Porque no siempre ocurre, como nos enseña la historia. A Osiris lo descuartizan en Egipto. Los dioses griegos se enemistan por culpa de mujeres y hombres de la Tierra. Los aztecas expulsan a Quetzalcóatl. Los dioses vikingos asisten al incendio del Valhalla por causa de una mujer. Jesús es crucificado.
»¿Por qué?
Yo no tenía respuesta.
— Porque Dios viene a la Tierra a mostrarnos nuestro poder. Formamos parte de Su sueño, y Él quiere un sueño feliz. Por lo tanto, si admitimos que Dios nos creó para la felicidad, tendremos que asumir que todo aquello que nos lleva a la tristeza y a la derrota es culpa nuestra.
»Por eso siempre matamos a Dios. Sea en la cruz, en el fuego, en el exilio, sea en nuestro corazón.
— Pero aquellos que Lo entienden…
— Ésos transforman el mundo. A costa de mucho sacrificio

11 febrero, 2010 at 23:40
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MADAM

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. Que nos amenazan con el fuego del infierno por pecados que también ellos cometen.
»Y nos muestran a Dios como un ser vengador, que culpa al hombre de la muerte de su único Hijo.
El padre se rió.
— Usted tuvo una excelente educación católica —dijo—. Pero no le pregunto sobre el catolicismo. Le pregunto sobre la vida espiritual.
Me quedé sin respuesta.
— No estoy segura —dije al fin—. Son personas que lo dejan todo y parten en busca de Dios.
— ¿Y lo encuentran?
— Usted sabe esa respuesta. Yo no tengo ni idea.
El padre se dio cuenta de que yo jadeaba y redujo el paso.
— Ha dado una definición errónea —empezó—. Quien parte en busca de Dios pierde su tiempo. Puede recorrer muchos caminos, afiliarse a muchas religiones y sectas, pero de esa manera jamás Lo encontrará.
»Dios está aquí, ahora, a nuestro lado. Podemos verlo en esta bruma, en este suelo, en estas ropas, en estos zapatos. Sus ángeles velan mientras dormimos, y nos ayudan cuando trabajamos. Para encontrar a Dios, basta con mirar alrededor.
»Ese encuentro no es fácil. A medida que Dios nos hace participar de su misterio, nos sentimos más desorientados. Porque Él constantemente nos pide que sigamos nuestros sueños y nuestro corazón. Hacer eso es difícil, porque estamos acostumbrados a vivir de una manera diferente.
»Y descubrimos, con sorpresa, que Dios nos quiere ver felices, porque Él es padre

11 febrero, 2010 at 23:39
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MADAM

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No está en el monasterio. Y sé dónde puedo encontrarlo.»
Las palabras del padre me devolvieron un poco de valor y de alegría por lo menos no se había ido.
Pero el padre había dejado de sonreír.
— No se alegre —prosiguió, leyéndome de nuevo los pensamientos—. Le hubiera convenido regresar a España.

El padre se levantó y me pidió que lo acompañase. Sólo podíamos ver algunos metros por delante, pero parecía que él sabía adónde iba. Salimos de Saint-Savin por el mismo camino en el que dos noches antes —¿o serían cinco años antes? —había escuchado la historia de Bernadette.
— ¿Adónde vamos? —pregunté.
— Vamos a buscarlo —respondió el padre.

— Padre, me deja confusa —dije, cuando nos pusimos en marcha—. Parece que se puso triste cuando le dije que él no estaba.
— ¿Qué sabe de la vida religiosa, hija?
— Muy poco. Que los curas hacen voto de pobreza, de castidad y de obediencia.
Pensé si debía continuar o no, pero decidí seguir adelante.
— Y que juzgan los pecados de los demás, aunque ellos cometan esos mismos pecados. Que creen saberlo todo sobre el matrimonio y el amor, pero nunca se han casado

11 febrero, 2010 at 23:37
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MADAM

said

El padre dejó de sonreír y movió la cabeza a un lado y a otro.
— Qué pena —dijo, como si hablase para sí.
— ¿Pena porque fue a visitar el seminario?
— No, él no está en el seminario. Vengo de allí.
Se quedó callado unos minutos. Recordé de nuevo la sensación que tuve al despertar: el dinero, las precauciones, la llamada telefónica a mis padres, el billete. Pero había hecho un juramento, y mantendría mi palabra.
A mi lado estaba un cura. De niña me habían acostumbrado a contárselo todo a los curas.
— Estoy exhausta —dije, rompiendo el silencio—. Hace menos de una semana sabía quién era y qué quería de la vida. Ahora parece que haya entrado en una tempestad que me arrastra de un lado para otro sin que yo pueda hacer nada.
— Resista —dijo el padre—. Es importante.
Me sorprendió el comentario.
— No se asuste —prosiguió, como si adivinase mi pensamiento—. Sé que la Iglesia necesita nuevos sacerdotes, y él sería un padre excelente. Pero el precio que tendrá que pagar será muy alto.
— ¿Dónde está? ¿Me dejó aquí y se marchó a España?
— ¿A España? Él no tiene nada que hacer en España —dijo el padre—. Su casa es el monasterio, que está a pocos kilómetros de aquí.

11 febrero, 2010 at 23:36
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MADAM

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Atónita, respondí a su saludo.
— Es una pena que la niebla lo esté cubriendo todo —dijo, mirando hacia la casa—. Saint-Savin está en una montaña, y la vista desde esta casa es magnífica. Desde las ventanas se divisa el valle allá abajo, y los picos helados allá arriba. Usted ya debe de saberlo.
En seguida deduje quién era: el superior del convento.
— ¿Qué hace usted aquí? —pregunté—. ¿Y cómo sabe mi nombre?
— ¿Quiere entrar? —dijo, cambiando de tema.
— No. Quiero que conteste a lo que le he preguntado.
Se frotó las manos para calentarlas un poco y se sentó en el umbral de la puerta. Yo me senté a su lado. La neblina era cada vez más espesa, y había ocultado la iglesia, que no estaba a más de veinte metros de nosotros.
Todo lo que conseguíamos ver era la fuente. Recordé las palabras de la mujer.
— Ella está presente —dije.
— ¿Quién?
— La Diosa —respondí—. Ella es esta bruma.
— ¡Entonces él conversó con usted sobre esto! —Se rió—. Bien, prefiero llamarla Virgen María. Estoy más acostumbrado.
— ¿Qué hace usted aquí? ¿Cómo sabe mi nombre? —repetí.
— Vine porque quería verles. Alguien que estaba en el grupo carismático ayer por la noche me contó que ustedes se hospedaban en Saint-Savin. Y ésta es una ciudad muy pequeña.
— Él ha ido al seminario.

11 febrero, 2010 at 23:35
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MADAM

said

Esperar. Ésa fue la primera lección que aprendí sobre el amor. El día se arrastra, haces miles de planes, imaginas todas las conversaciones posibles, prometes cambiar tu comportamiento… y te vas poniendo ansiosa y ansiosa, hasta que llega tu amado.
Entonces ya no sabes qué decir. Esas horas de espera se han transformado en tensión, la tensión en miedo, y el miedo hace que nos dé vergüenza mostrar nuestro afecto.
«No sé si debo entrar.» Recordé la conversación del día anterior: aquella casa era el símbolo de un sueño.
Pero yo no podía quedarme allí parada todo el día. Me armé de valor, saqué la llave del bolsillo y caminé hacia la puerta.
— ¡Pilar!
La voz, con un fuerte acento francés, venía de la neblina. Me quedé más sorprendida que asustada. Podía ser el dueño de la casa donde teníamos alquilada la habitación, pero no me acordaba de haber dicho mi nombre.
— ¡Pilar! —repitió, esta vez más cerca.
Miré hacia la plaza, cubierta de niebla. Se acercaba un bulto, caminando rápido. La pesadilla de las neblinas con sus figuras extrañas se estaba transformando en realidad.
— Espere —dijo el hombre—. Quiero hablar con usted.
Cuando estuvo cerca, vi que era un cura. Su figura parecía una de esas caricaturas de curas de provincias: bajo, un poco gordo, algunas hebras de cabello blanco desparramadas por la cabeza casi calva.
— Hola —dijo, tendiendo la mano y mostrando una ancha sonrisa.

11 febrero, 2010 at 23:33
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MADAM

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La llave. Yo tenía la llave.
— Hubo una mujer aquí, en esta ciudad, que murió y lo dejó todo al seminario de Tarbes —dije—. ¿Sabe usted dónde queda su casa?
La mujer abrió la puerta y me indicó. Era una de las casas medievales de la plazoleta, cuya parte trasera daba hacia el valle y las montañas.
— Dos padres estuvieron allí hace casi dos meses —dijo ella—. Y…
La mujer me miró, con aire dubitativo.
— Y uno de ellos se parecía a su marido —dijo, tras una larga pausa.
— Era él —respondí mientras salía, contenta de haber dejado a mi niña interior hacer una travesura.

Me quedé parada delante de la casa, sin saber qué hacer. La bruma lo cubría todo, y yo tenía la sensación de estar en un sueño gris, donde aparecen figuras extrañas que nos llevan a sitios todavía más extraños.
Mis dedos palpaban nerviosamente la llave.
Con toda aquella niebla, sería imposible ver las montañas desde la ventana. La casa estaría oscura, sin el sol en las cortinas. La casa estaría triste sin la presencia de él a mi lado.
Miré el reloj. Nueve de la mañana.
Necesitaba hacer alguna cosa, algo que me ayudase a pasar el tiempo, a esperar

11 febrero, 2010 at 23:32
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MADAM

said

, hasta que Savin decidió cavar, y la descubrió. Si no hubiese hecho eso, la ciudad estaría allá abajo, cerca del río.
— ¿Y eso qué tiene que ver con el amor? —pregunté.
— Esa fuente trajo a las personas, con sus esperanzas, sus sueños y sus conflictos. Alguien tuvo la osadía de buscar el agua, y el agua se reveló, y todos se reunieron a su alrededor. Pienso que, cuando buscamos el amor con coraje, el amor se revela, y terminamos atrayendo más amor. Si una persona nos quiere, todos nos quieren.
»Del mismo modo, si estamos solos, nos quedamos más solos todavía. Es extraña la vida.
— ¿Ha oído usted hablar de un libro titulado l Ching? —pregunté.
— Nunca.
— Ese libro dice que se puede mudar una ciudad, pero que no se puede cambiar una fuente de lugar. Los amantes se encuentran, matan la sed, construyen sus casas, crían a sus hijos alrededor de la fuente.
»Pero si uno decide partir, la fuente no puede seguirlo. El amor queda allí, abandonado, aunque colmado de la misma agua pura de antes.
— Habla como una vieja que ya ha sufrido mucho, hija mía —dijo.
— No. Siempre tuve miedo. Nunca busqué la fuente. Lo estoy haciendo ahora, y no quiero olvidarme de los riesgos.
Sentí que algo me incomodaba en el bolsillo del pantalón. Cuando noté lo que era, se me heló el corazón. Terminé de tomar el café a toda prisa.

11 febrero, 2010 at 23:31
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MADAM

said

No vuelva a salir en ayunas —dijo la mujer.
— No sabía que hablaba español —respondí, sorprendida.
— La frontera está cerca. Los turistas vienen a Lourdes en verano. Si no sé español, no alquilo cuartos.
Hacía tostadas y café con leche. Comencé a preparar mi espíritu para afrontar aquel día; cada hora iba a durar un año. Quise distraerme un poco con la comida.
— ¿Cuánto hace que están casados? —preguntó ella.
— Él fue el primer amor de mi vida —respondí. Era suficiente.
— ¿Ve esos picos de ahí fuera? —prosiguió la mujer—. El primer amor de mi vida murió en una de esas montañas.
— Pero usted encontró a alguien.
— Sí, encontré. Y conseguí ser feliz de nuevo. El destino es curioso; casi no conozco a nadie que se haya casado con el primer amor de su vida.
»Las que lo hicieron están siempre diciéndome que perdieron algo importante, que no vivieron todo lo que necesitaban vivir.
La mujer dejó de hablar de repente.
— Disculpe —dijo—. No quería ofenderla.
— No me ofende

11 febrero, 2010 at 23:29
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MADAM

said

«Muy bien —dijo la Otra—. Estás volviendo a ser la que eras. No te pongas triste, porque un día encontrarás a un hombre. Alguien a quien puedas amar sin riesgos.»
Fui a buscar las ropas que había puesto en el radiador. Estaban secas. Necesitaba saber en cuál de aquellos pueblos había un banco, llamar por teléfono, tomar medidas. Mientras pensase en eso, no tendría tiempo para llorar ni para sentir añoranza.
Fue entonces cuando vi el papel:
«He ido al seminario. Arregla tus cosas (¡ja!, ¡ja! ¡ja!), pues viajamos esta noche a España. Volveré al atardecer.»
Y se despedía con estas palabras: «Te amo.»
Apreté el papel contra el pecho, y me sentí miserable y aliviada al mismo tiempo. Noté que la Otra se encogía, sorprendida del descubrimiento.
Yo también lo amaba. A cada minuto, a cada segundo, ese amor crecía y me transformaba. Volvía a tener fe en el futuro y volvía —poco a poco— a tener fe en Dios.
Todo por causa del amor.
«No quiero volver a conversar con mis propias tinieblas —me prometí, cerrándole definitivamente la puerta a la Otra—. Una caída de la tercera planta hiere tanto como una caída de la centésima planta. »
Si tenía que caer, que fuera de lugares bien altos.

11 febrero, 2010 at 23:28
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MADAM

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El pánico aumentaba cada minuto. Yo no podía perder el control. Pero la Otra no paraba de hablar.
«Aún estoy aquí —decía—. Dejaste que el viento cambiase de dirección, abriste la puerta y el amor está inundando tu vida. Si procedemos con rapidez, lograremos controlarlo.»
Yo necesitaba ser práctica. Tomar precauciones.
«Se fue —prosiguió la Otra—. Tienes que salir de este fin del mundo. Tu vida en Zaragoza aún está intacta; vuelve corriendo. Antes de perder lo que conseguiste con tanto esfuerzo.»
«Él debe de tener sus motivos», pensé.
«Los hombres siempre tienen motivos —respondió la Otra—. Pero el hecho es que terminan dejando a las mujeres.»
Entonces tengo que saber cómo vuelvo a España. El cerebro necesita estar ocupado todo el tiempo.
«Vayamos al lado práctico: dinero», decía la Otra.
No me quedaba un céntimo. Tenía que bajar, llamar a mis padres a cobro revertido, y esperar a que me enviasen dinero para un billete de regreso.
Pero es día festivo, y el dinero no llegará hasta mañana. ¿Qué hago para comer? ¿Cómo explicar a los dueños de la casa que deberán esperar dos días para recibir el pago?
«Mejor no decir nada», respondió la Otra. Sí, ella tenía experiencia, sabía lidiar con situaciones como ésta. No era una muchacha apasionada que pierde el control, sino una mujer que siempre había sabido lo que quería en la vida. Yo debía seguir allí, como si nada hubiese pasado, como si él fuese a regresar. Y cuando llegase el dinero, pagaría las deudas y me marcharía.

11 febrero, 2010 at 23:27
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MADAM

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No deberías preguntar —respondí ——. El amor no hace muchas preguntas, porque si empezamos a pensar empezamos a tener miedo. Es un miedo inexplicable, y no vale la pena intentar traducirlo en palabras.
»Puede ser el miedo al desprecio, a no ser aceptada, a quebrar el encanto. Parece ridículo, pero es así. Por eso no se pregunta: se actúa. Como tú mismo has dicho tantas veces, se corren los riesgos.
— Lo sé. Nunca había preguntado.
— Ya tienes mi corazón —respondí, fingiendo no haber oído sus palabras—. Mañana puedes partir, y recordaremos siempre el milagro de estos días; el amor romántico, la posibilidad, el sueño.
»Pero creo que Dios, en Su infinita sabiduría, escondió el Infierno dentro del Paraíso. Para que estuviésemos siempre atentos. Para no dejarnos olvidar la columna del Rigor mientras vivimos la alegría de la Misericordia.
Las manos de él tocaron con más fuerza mis cabellos.
— Aprendes rápido —dijo.
Yo estaba sorprendida de lo que acababa de decir. Pero si uno acepta que sabe, termina sabiendo de verdad.
— No pienses que soy difícil —dije—. Ya he tenido muchos hombres. Ya he hecho el amor con personas a las que en realidad no conocía.
— Yo también —respondió él.
Trataba de actuar con naturalidad, pero por la manera en que me tocaba la cabeza vi que no le había resultado fácil oír mis palabras.

11 febrero, 2010 at 23:26
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MADAM

said

— Sin embargo, desde hoy por la mañana he recuperado misteriosamente la virginidad. No trates de entender, porque sólo quien es mujer sabe lo que digo. Estoy descubriendo de nuevo el amor. Y eso lleva tiempo.
Él me soltó los cabellos y me tocó el rostro. Yo le besé levemente en los labios y volví a mi cama.
No lograba entender por qué actuaba de esa manera. No sabía si lo hacía para atarlo aún más o para dejarlo en libertad.
Pero el día había sido largo. Estaba demasiado cansada para pensar.

Tuve una noche de inmensa paz. En cierto momento, aunque seguía durmiendo, fue como si estuviese despierta. Una presencia femenina me sentó en su regazo, y era como si yo la conociese desde hacía mucho tiempo, porque me sentía protegida y amada.

Me desperté a las siete de la mañana, muerta de calor. Recordé que había puesto la calefacción al máximo para secar la ropa. Todavía estaba oscuro, y traté de levantarme sin hacer ruido, para no molestarle.
Al levantarme, vi que él no estaba.
Me entró el pánico. La otra despertó inmediatamente y me dijo: «¿Ves? Fue aceptar tú y él desapareció. Como todos los hombres.»

11 febrero, 2010 at 23:26
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