¿Aquí?
— Aquí cerca.
Detuvo el coche. Al bajar, me cogió de la mano y empezamos a caminar entre la niebla.
— Este lugar entró en mi vida de un modo inesperado —dijo.
«Tú también», pensé.
— Aquí, un día, sentí que había perdido mi camino. Y no era así: en realidad lo había reencontrado.
— Dices cosas muy enigmáticas —dije.
— Fue aquí donde entendí la falta que hacías en mi vida.
Volví a mirar alrededor. No podía entender por qué.
— ¿Qué tiene esto que ver con tu camino?
— Vamos a conseguir una habitación, pues los dos únicos hoteles de este pueblo sólo funcionan en el verano. Después cenaremos en un buen restaurante, sin tensión, sin miedo a la policía, sin necesidad de volver corriendo al coche.
»Y cuando el vino suelte nuestras lenguas, conversaremos mucho.
Nos reímos juntos. Yo ya estaba más relajada. Durante el viaje, me había dado cuenta de las tonterías que estaba pensando. Al cruzar la cadena de montañas que separa Francia de España, pedí a Dios que lavase mi alma de toda tensión y miedo.
Ya me había cansado de hacer ese papel infantil, igual al de muchas de mis amigas, que temían el amor imposible pero no sabían exactamente qué era el «amor imposible». Si seguía así, perdería todo lo bueno que me podían dar aquellos días junto a él.
«Cuidado —pensé—. Cuidado con la brecha en la presa. Si se abre apenas, nada de este mundo podrá cerrarla.»
— Que la Virgen nos proteja de aquí en adelante —dijo él.
Yo no respondí.
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Recuerdo la borrachera de ayer, y la canción que él me cantaba:
Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese no sé…
¿qué sé yo?
Viste, salí de tu casa, por Arenales…
¿Por qué Buenos Aires si estábamos en Bilbao? ¿Qué calle es ésta, Arenales? ¿Qué quería él?
— ¿Qué canción es esa que cantabas ayer? —pregunto.
— Balada para un loco —dice—. ¿Por qué no me lo has preguntado hasta hoy?
— Por nada —contesto.
Pero sí, hay un motivo. Sé que él cantó esa canción porque es una trampa. Me hizo memorizar la letra, y yo tengo que memorizar la materia para el examen. Podría haber cantado una canción conocida, que yo hubiese oído miles de veces, pero prefirió algo que no hubiese escuchado nunca.
Es una trampa. Así, cuando más adelante suene esa música en la radio, o en un disco, me acordaré de él, de Bilbao, de la época en que el otoño de mi vida se transformó de nuevo en primavera. Recordaré la excitación, la aventura, y la criatura que renació sabe Dios de dónde.
Él pensó todo esto. Él es sabio, tiene experiencia ha vivido, sabe conquistar a la mujer que desea.
«Me estoy volviendo loca», me digo. Siento que soy alcohólica porque he bebido dos días seguidos Siento que él sabe todos los trucos. Siento que me domina y me gobierna con su dulzura
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Admiro la lucha que estás librando con tu corazón», me dijo en el restaurante.
Pero se engaña. Porque ya luché y vencí a mi corazón hace mucho tiempo. No me voy a enamorar de lo imposible.
Conozco mis límites, y mi capacidad de sufrimiento.
— Háblame de algo —digo, cuando emprendemos el regreso hacia el coche.
— ¿De qué?
— De cualquier cosa. Conversa conmigo.
Empieza a contarme algo acerca de las apariciones de la Virgen María en Fátima. No sé de dónde ha sacado ese tema, pero consigue distraerme con la historia de los tres pastores que conversan con Ella.
Al rato mi corazón se tranquiliza. Sí, conozco bien mis límites, y sé dominarme.
Llegamos de noche, con una niebla tan fuerte que costaba distinguir dónde estábamos. Yo divisaba apenas una pequeña plaza, un farol, algunas casas medievales mal iluminadas por la luz amarilla, y una fuente.
— ¡La niebla! —dijo, excitado.
Yo no entendía.
— Estamos en Saint-Savin —explicó.
El nombre no me decía nada. Pero estábamos en Francia, y eso me excitaba.
— ¿Por qué este lugar? —pregunté.
— Por la casa que quiero venderte —contestó él, riendo—. Además, prometí que volvería el día de la Inmaculada Concepción.
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Él deja de mover el vaso y me mira a la cara.
— No lo estoy. Sé que tú no me amas.
Eso me deja todavía más desorientada.
— Pero voy a luchar por eso —continúa—. Hay cosas en la vida por las que vale la pena luchar hasta el fin.
Sus palabras me dejan sin respuesta.
— Tú vales la pena—dice.
Yo aparto la mirada, y finjo estar interesada en la decoración del restaurante. Me estaba sintiendo sapo, y vuelvo a ser princesa.
«Quiero creer en sus palabras —pienso, mientras miro un cuadro con pescadores y barcos—. No van a cambiar nada, pero por lo menos no me sentiré tan débil, tan incapaz.»
— Disculpa mi agresividad —digo.
Él sonríe. Llama al camarero y paga la cuenta.
En el camino de regreso me siento más confusa. Puede ser el sol, pero no, es otoño y el sol no calienta nada. Puede ser el viejo, pero el viejo ha salido de mi vida hace ya algún tiempo.
Puede ser todo eso nuevo. Zapato nuevo molesta. La vida no es diferente: nos coge desprevenidos y nos obliga a caminar hacia lo desconocido cuando no queremos, cuando no lo necesitamos.
Trato de concentrarme en el paisaje, pero ya no logro ver los olivares, el pueblo del monte, la capilla con un viejo en la puerta. Nada de eso me resulta familiar.
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Creo que esta ciudad es pequeña, y ellos saben dónde estamos. Creo que esa obstinación tuya por almorzar aquí puede acabar con nuestras vacaciones.
Hace girar el vaso de agua mineral. Debe de saber que no es ése el motivo, que en realidad estoy avergonzada. ¿Por qué hacemos esto con nuestras vidas? ¿Por qué vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos las montañas, los campos y los olivares?
— Escucha: no va a pasar nada de eso—dice él—. El viejo ya ha regresado a su casa, y ya no se acuerda del episodio. Confía en mí.
«No estoy tensa por eso, tonto», pienso.
— Escucha más tu corazón —prosigue.
— Eso es exactamente lo que hago: escucho —respondo—. Y prefiero salir de aquí. No me siento cómoda.
— No bebas más durante el día. No ayuda nada.
Hasta este momento me he estado controlando. Ahora es mejor decir todo lo necesario.
— Crees que lo sabes todo —digo—. Que entiendes de instantes mágicos, de niños interiores. No sé qué haces a mi lado.
Él se ríe.
— Te admiro —dice—. Y admiro la lucha que estás librando contra tu corazón.
— ¿Qué lucha?
— Nada —responde.
Pero sé a qué se refiere.
— No te hagas ilusiones —contesto—. Si quieres, podemos hablar de eso. Estás engañado con respecto a mis sentimientos.
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Me miró a los ojos.
— Cuidado —dijo—. Cuando se entra en ese juego, siempre se sale perdiendo.
Él tenía razón. A pesar de eso, no me sentía muy cómoda allí dentro.
— Ya recé. Ya hice lo que quería. Ahora podemos salir.
Salimos. El contraste entre la oscuridad de la capilla y el fuerte sol de fuera me ciega por momentos. Cuando mis ojos se acostumbran, descubro que ya no está el viejo.
— Vamos a almorzar —dice él, andando hacia la ciudad.
Bebo dos vasos de vino en el almuerzo. Nunca bebí tanto en mi vida. Me estoy volviendo alcohólica.
«Qué exageración.»
Él charla con el camarero. Descubre que existen varias ruinas romanas en las cercanías. Trato de seguir la conversación, pero no consigo ocultar el mal humor.
La princesa se ha convertido en sapo. ¿Qué importancia tiene esto? ¿A quién necesito probarle algo si no busco nada, ni hombre ni amor?
«Ya lo sabía —pienso—. Sabía que iba a desequilibrar mi mundo. El cerebro avisó, pero el corazón no quiso seguir su consejo.»
Tuve que pagar un precio alto para conseguir lo poco que tengo. Debí renunciar a tantas cosas que deseaba apartarme de tantos caminos que se me presentaban… Sacrifiqué mis sueños en nombre de un sueño mayor: la paz de espíritu. No quiero apartarme de esa paz.
— Estás tensa—dice él, interrumpiendo la conversación con el camarero.
— Sí, lo estoy. Creo que aquel viejo fue a llamar a la policía.
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El corazón me sigue latiendo con tanta fuerza que tengo miedo de que él me oiga.
— Podemos marcharnos —digo, cuando ha pasado el tiempo que yo calculo necesario para rezar un avemaría.
— No tengas miedo, Pilar. Tú no puedes «representar».
Yo no quería que el problema con el viejo se transformase en un problema con él. Necesitaba conservar la calma.
— No sé qué es eso de «representar» —respondo.
— Ciertas personas viven peleadas con alguien, peleadas con ellas mismas, peleadas con la vida. Así, empiezan a montar una especie de pieza teatral en su cabeza, y escriben el guión según sus frustraciones.
— Yo conozco a mucha gente así. Sé de lo que estás hablando.
— Y lo peor es que no pueden representar esa pieza de teatro solas —prosigue—. Entonces comienzan a convocar a otros actores. Es lo que hizo ese sujeto. Quería vengarse de algo, y nos escogió a nosotros. Si hubiésemos aceptado su prohibición, ahora nos sentiríamos arrepentidos y derrotados. Habríamos pasado a formar parte de su vida mezquina y de sus frustraciones. La agresión de ese señor era visible, y resultó fácil evitar entrar en su juego. Hay otras personas que nos «convocan» cuando comienzan a comportarse como víctimas, quejándose de las injusticias de la vida, pidiendo que los demás estén de acuerdo, den consejos, participen.
Me miró a los ojos.
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— Acuérdate de ayer —digo—. Tú cerraste la conversación en el bar porque no tenías ganas de discutir. Ahora, cuando yo hago lo mismo, me censuras.
El viejo contempla, impasible, nuestra discusión. Debe de estar contento de que ocurra algo allí, delante de él, en un sitio donde todas las mañanas, todas las tardes y todas las noches son iguales.
— La puerta de la iglesia está abierta —dice él, dirigiéndose al viejo—. Si quiere dinero, algo le podemos dar. Pero ella quiere ver la iglesia.
— Ya es tarde.
— Muy bien. Entraremos de cualquier modo.
Él me coge del brazo y entra conmigo.
Mi corazón se dispara. El viejo puede volverse agresivo, llamar a la policía, arruinar nuestro viaje.
— ¿Por qué haces esto?
— Porque quieres ir a la capilla —es su respuesta.
Pero no logro concentrarme en lo que hay allí; esa discusión, y mi actitud, han roto el encanto de una mañana casi perfecta.
Mi oído está atento a lo que pasa fuera: imagino continuamente al viejo saliendo y a la policía del pueblo llegando. Invasores de capillas. Ladrones. Están haciendo algo prohibido, violando la ley. ¡El viejo dijo que estaba cerrada, que no era hora de visita! Él es un pobre viejo que no nos puede impedir que entremos, y la policía será más dura porque no respetamos a un anciano.
Me quedo allí dentro sólo el tiempo necesario para mostrar que cumplo con mi voluntad.
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Ridículo —pensé—. No existe nada más profundo que el amor. En los cuentos infantiles, las princesas besan a los sapos, que se transforman en príncipes. En la vida real, las princesas besan a los príncipes, que se transforman en sapos.»
Después de casi media hora de caminata, llegamos a la capilla. Hay un viejo sentado en la escalera.
Es la primera persona que vemos desde que empezamos a caminar: ha llegado el final del otoño, y los campos están de nuevo entregados al Señor, que fertiliza la tierra con su bendición y permite que el hombre arranque su sustento con el sudor de la frente.
— Buenos días —le dice al hombre.
— Buenos días.
— ¿Cómo se llama aquel pueblo?
— San Martín de Unx.
— ¿Unx? —digo—. ¡Parece el nombre de un gnomo!
El viejo no entiende la broma. Camino hasta la puerta de la capilla.
— No puede entrar —dice el viejo—. Cierro al mediodía. Si quiere, puede volver a las cuatro de la tarde.
La puerta está abierta. Veo el interior, aunque no con nitidez a causa de la claridad del día.
— Sólo un minuto. Me gustaría rezar una oración.
— Lo siento mucho. Ya está cerrada.
Él escucha mi conversación con el viejo. No dice nada.
— Está bien, nos vamos —digo—. No vale la pena discutir.
Él sigue mirándome; sus ojos están vacíos, distantes.
— ¿No quieres ver la capilla? —pregunta.
Sé que no le ha gustado mi actitud. Le debo de parecer floja, cobarde, incapaz de luchar por lo que quiero. Sin necesidad de un beso, la princesa se transforma en sapo.
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— Yo estoy feliz porque tú estás aquí.
No había vuelto a hablar de amor desde que me había entregado la medalla, pero estaba de buen humor, y parecía que había vuelto a los dieciocho años. Andaba a mi lado, sumergido también en la claridad de esa mañana.
— ¿Qué tienes que hacer allí? —pregunté, señalando las montañas de los Pirineos, en el horizonte.
— Detrás de aquellas montañas está Francia —respondió, sonriendo.
— Yo estudié geografía. Sólo quiero saber por qué tenemos que ir hasta allí.
Él se quedó un rato callado, sonriendo apenas.
— Para que veas una casa. Quien sabe se interesa por ella.
— Si estás pensando en convertirte en agente inmobiliario, olvídalo. No tengo dinero.
A mí tanto me daba ir a un pueblo de Navarra como a Francia. Lo único que no quería era pasar los días de fiesta en Zaragoza.
«¿Te das cuenta? —oí que le decía mi cerebro a mi corazón—. Estás contenta de haber aceptado la invitación. Has cambiado, y no lo percibes.»
No, no cambié nada. Sólo me aflojé un poco.
— Fíjate en las piedras del suelo.
Eran redondas, sin aristas. Parecían guijarros marinos. Aunque el mar nunca había estado allí, en los campos de Navarra.
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— Los pies de los trabajadores, los pies de los peregrinos, los pies de los aventureros moldearon estas piedras—dijo él—. Las piedras cambiaron, y también los viajeros.
— Todo lo que sabes ¿te lo enseñaron los viajes?
— No. Fueron los milagros de la Revelación.
No entendí, y no intenté profundizar. Estaba concentrada en el sol, en el campo, en las montañas del horizonte.
— ¿Hacia dónde vamos ahora? —pregunté.
— Hacia ningún lugar. Estamos aprovechando la mañana, el sol, el bello paisaje. Tenemos por delante un largo viaje en coche.
Vaciló un instante, y luego preguntó:
— ¿Guardaste la medalla?
— La guardé —dije, y empecé a caminar más rápido. No quería que tocase ese tema: podía estropear la alegría y la libertad de esa mañana.
Aparece un pueblo. Está, como las ciudades medievales, en la cima de un morro, y veo, a la distancia, la torre de su iglesia y las ruinas de un castillo.
— Vamos hasta allí —sugiero.
Él duda un instante, pero acepta. Hay una capilla en el camino, y tengo deseos de entrar en ella. Ya no sé rezar, pero el silencio de las iglesias me tranquiliza siempre.
«No te sientas culpable —me digo—. Si él está enamorado es problema suyo.»
Preguntó por la medalla. Sé que esperaba que volviésemos a la conversación del café. Al mismo tiempo, tenía miedo de escuchar lo que no quería oír; por eso no tomaba la iniciativa y no tocaba el tema.
Quizá me amara realmente. Pero conseguiríamos transformar ese amor en algo diferente, en algo más profundo.
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Él respiró hondo, bajó la cabeza y cerró los ojos. Durante unos instantes permaneció en silencio, y todo lo que se oía era el ruido de la lluvia mezclado con los sollozos del hombre arrodillado en la calle.
— Vete al hotel, Pilar —dijo finalmente—. Y duerme. No regresaré hasta el amanecer.
LUNES, 6 DE DICIEMBRE DE 1993
El amor está lleno de trampas. Cuando quiere manifestarse, muestra apenas su luz, y no nos permite ver las sombras que esa luz provoca.
— Mira la tierra a nuestro alrededor —dijo—. Vamos a acostarnos en el suelo, a sentir los latidos del corazón del planeta.
— Más adelante —respondí—. No puedo ensuciar la única chaqueta que traje.
Caminamos a través de los olivares. Después de la lluvia del día anterior en Bilbao, el sol de la mañana me producía una sensación de sueño. Yo no tenía gafas oscuras: como pensaba regresar a Zaragoza el mismo día, no había traído nada. Tuve que dormir con una camisa que él me prestó, y compré una camiseta en la esquina del hotel para, al menos, poder lavar la que estaba usando.
— Debes de estar asqueado de verme con la misma ropa—dije, bromeando, para ver si un asunto tan banal me traía de vuelta a la realidad.
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Si las paredes se desmoronan, el amor se encarga de todo; ya no importa qué es posible y qué imposible, ya no importa si podemos o no mantener ala persona amada a nuestro lado: amar es perder el control.
No, no puedo dejar una brecha. Por pequeña que sea.
— ¡Un momento!
Él dejó inmediatamente de cantar. Los pasos rápidos reverberaban en el suelo mojado.
— Vamos —dijo, cogiéndome del brazo.
— ¡Espere! —gritó un hombre—. ¡Necesito hablar con usted!
Pero él andaba cada vez más rápido.
— No se dirige a nosotros —dijo—. Vamos al hotel.
Se dirigía a nosotros: no había nadie más en aquella calle. Mi corazón se disparó, y el efecto de la bebida desapareció de inmediato. Recordé que Bilbao quedaba en el País Vasco, y que los atentados terroristas eran frecuentes. Los pasos se fueron acercando.
— Vamos —dijo él, acelerando todavía más el paso.
Pero era tarde. La figura del hombre, mojado de la cabeza a los pies, se interpuso en nuestro camino.
— ¡Paren, por favor! —dijo el hombre—. Por el amor de Dios.
Yo estaba aterrorizada, buscando la manera de huir, un coche policial que apareciese milagrosamente. De un modo instintivo, agarré su brazo, pero él me apartó las manos.
— Por favor —dijo el hombre—. Supe que usted estaba en la ciudad. Necesito su ayuda. ¡Es mi hijo!
El hombre comenzó a llorar, y se arrodilló en el suelo.
— Por favor —decía—. ¡Por favor!
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Si no existiera Zaragoza después de los días de fiesta, yo desearía que el efecto de la bebida no pasase nunca, y sería libre para besarlo, acariciarlo, decir y escuchar las cosas que se dicen los enamorados.
Pero no. No puedo.
No quiero.
Salgamos a volar, querida mía, dice la letra. Sí, salgamos a volar. Dentro de mis condiciones.
Él todavía no sabe que mi respuesta a su invitación es «sí». ¿Por qué quiero correr este riesgo? Porque en este momento estoy borracha, y cansada de mis días iguales.
Pero este cansancio pasará. Después tendré deseos de volver a Zaragoza, la ciudad que escogí para vivir. Me esperan los estudios, me espera un concurso público. Me espera un marido que necesito encontrar, y que no será difícil.
Me espera una vida sosegada, con hijos y nietos, con un presupuesto equilibrado y vacaciones anuales. No conozco los terrores de él, pero conozco los míos. No necesito miedos nuevos, basta con los que ya tengo.
No podría, nunca, enamorarme de alguien como él. Lo conozco demasiado bien, vivimos juntos mucho tiempo, sé de sus flaquezas y de sus temores. No logro admirarlo como las demás personas.
Sé que el amor es como las presas: si se deja una brecha por donde pueda meterse un hilo de agua, en seguida empieza a destruir las paredes. Llega un momento en que ya nadie puede controlar la fuerza de la corriente.
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— ¿Dónde deberíamos hablar de temas serios? —preguntó al borracho de la otra mesa.
— ¡En la iglesia! —dijo el borracho.
Y esta vez el restaurante entero estalló en una carcajada.
Él se levantó. Pensé que iba a pelear, porque todos habíamos vuelto a la adolescencia, donde las peleas son parte de la noche, junto con los besos, las caricias en sitio prohibido, la música y la alta velocidad.
Pero todo lo que hizo fue cogerme de la mano e ir hacia la puerta.
— Es mejor que nos vayamos —dijo—. Se está haciendo tarde.
Llueve en Bilbao, y llueve en el mundo. Quien ama necesita saber perderse y encontrarse. Él logra equilibrar bien las dos partes. Está alegre, y canta mientras volvemos hacia el hotel.
Son los locos que inventaron el amor
Todavía con la sensación del vino, y de los colores intensos, me voy equilibrando poco a poco. Necesito mantener el control de la situación, porque quiero viajar estos días.
Será fácil mantener ese control, ya que no estoy enamorada. Quien puede dominar su corazón, puede conquistar el mundo.
Con un poema y un trombón
a develarte el corazón, dice la letra.
«Me gustaría no controlar mi corazón , pienso. Si lograra entregarlo, aunque sólo fuera por un fin de semana, esta lluvia que me cae en el rostro tendría otro sabor. Si amar fuese fácil, yo estaría abrazada a él y la letra de la canción contaría una historia que es nuestra historia.
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