Bellísimamente trágico este texto. Debe ser el mayor de los dolores perder un hijo y todavía más de forma brusca, sin posibilidad de asimilación previa.
Escritos como éste nos hacen pensar en lo verdaderamente importante en nuestra vida: la salud y la compañía de nuestra familia, de nuestros hijos.
Si de alguna manera fuera posible, quería escribir al autor del texto para expresarle mi solidaridad y ofrecerle mi amistad y el respeto que le profeso por ser capaz de escribir algo así después de pasar por una experiencia tan traumática, por tener fuerza y garra para seguir viviendo.
Lamento el dolor, lamento la muerte de toda persona pero, sobre todo, de un hijo porque es antinatural que los padres le premueran.
Un abrazo con mi oferta de amistad para Soybolero
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Jo, vale…. vaya mal rato!
Mejor escribir algo un poco más animado, hace?
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Cañita, cariño …. no te deprimas … esto que cuento ahi es algo que puede pasarnos a cualquiera. Afortunadamente no es nada personal. No es mi caso.
Solo es algo que me sugirio en su momento una de esas cosas que hacen pensar cuando las observas.
Un besito.
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Lo siento de verdad Adriana, hay circunstancias en las que solo cabe estar triste. Te mando un montón de besos.
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Sus ojos no miraban hacia ningun lado, permanecian fijos dirigidos hacia la pared.
Por mas palabras que le dijo cerca del oido, su expresion permaneció inalterable.
Recordó tantos dias de risas y tantos de lloros, tambien las caricias que había recibido de él. Aquellas manos ásperas que le rozaban las mejillas con tanta delicadeza como si fuera una frágil porcelana que pudiera romperse.
Las lágrimas que brotaron de sus ojos y su forma de apartarlas a manotazos el día que élla tuvo que irse de la ciudad. Las llamadas telefonicas llenas de preocupacion, sus giros a final de mes; la angustia de su cara cuando le llevó a casa a Román y le dijo que iban a irse a vivir juntos. ¿No os casais? les preguntó asustado.
Todos los dias de preocupacion cuando nacieron los gemelos. Sus callosas manos, ya tan arrugadas, que temblaban al tomerlos en brazos. Parecía llevarlos en bandeja con tanto cuidado que ponía al cogerlos.
La maravillosa entrega cuando madre se puso enferma. Sus dulces mimos cuando el dolor ya no podía soportarse. Sus manos entrelazadas y prietas deseando que le transpasaran el dolor.
Volvió a mirarlo, ahí tan quieto y silencioso. Aquel hombre fuerte que siempre había luchado tanto y siempre habia respondido cuando lo necesitaron …. era este pobre ser postrado en la silla de ruedas, encogido sobre si mismo, totalmente indefenso … entregado.
sigue ….
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sigue …..
Pasó su mano con mucha ternura por su pelo, lo alisó hacia atras y le colocó el cuello de la camisa en su sitio. Lo besó en la frente, tomó sus manos entre las suyas …. las posó en su propia cara y las apretó con fuerza.
El, de pronto, volvió los ojos tristes y se le quedó mirando …. pareció recobrar en ellos algo de vida …. una sonrisa brotó en su boca haciendo que sus labios temblaran incontrolados …. y de pronto, con mucha dificultad y casi ininteligible dijo:
-!Aurora! ….
Y volvió a caer en la inconsciencia.
Al poco élla salió de la habitación … las lágrimas podían mas que élla y brotaban libres.
-Tengo que estar alegre …. no tengo por que llorar – se decía – ahora ya sé donde está cuando se le ve tan ausente. Está con élla … con Aurora … mi madre.
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Oye Adriana… qué te pasa que ya no escribes aquí??
Seguro que no soy la única que lo echa de menos!
Cazalla a los 7 añitos es un poco fuerte no crees…jajjaja ..hay que acostumbrar el paladar!
Un beso y anímate a escribir!!
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Te dejo aqui la notita, por si al final del cuento no la ves. Bonita historia. Siempre hay mas oportunidades, no solo la segunda, sino la tercera y la cuarta …. sólo hay que ser valientes para cogerlas firmemente de la mano y lanzarse adelante cuando se presentan.
Hasta pronto. …. (¿Málaga Virgen? …. y la cazalla????) jajaja
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Que bonitooooo¡. Pienso en que si deseo escribir aquí y no escribo… ¡pues es que no deseo escribir¡. Ahora, eso sí. Cómo levanta la moral el cuento de Cañita
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Subieron las escaleras de la entrada a los juzgados. Don Julián, el del kiosco, esperaba dentro con una sonrisa de oreja a oreja. Él y Don Javier se abrazaron dándose palmaditas en los hombros. Una vez en el despacho del juez civil aguardaron un poco hasta que llegó Rosaura. Estaba preciosa con su traje de firma en color hueso y su sombrero a juego. Al entrar guiñó el ojo al abuelo, y a él se le esfumaron todas las dudas, todos los temores y todos los recuerdos que le habían asaltado durante la noche. La quería, la quería de verdad, y se iba a casar con ella dijese la gente lo que dijese. Ya está, así de fácil. ¿Que le importaban los demás?, Rosaura lo aceptaba, él lo aceptaba, sus hijos lo aceptaban, sus amigos de verdad también, incluso estaba seguro de que Blanca lo aceptaba. Él era feliz, se sentía de nuevo joven, lleno de vitalidad, lleno de magia infantil, lleno de chispas de Málaga Virgen. Picasso tenía razón, mucha razón. Y esta sólo era su segunda vida, aún le quedaban cinco, como a su gato.
Espero que después de esta larga lectura, al menos se os dibuje una sonrisa.
Chao, y me voy a descansar que esto ha sido mucho trabajo.
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Al parecer Teresa era la única de la familia que no veía con buenos ojos aquella aventura de su suegro, pero sus labios no dejaban escapar ninguna crítica al respecto, solo su cara desnudaba su opinión. Sus profundos ojos negros lo decían todo. El abuelo se montó en el coche de su hijo mayor y quedaron todos en verse en la plaza unos minutos más tarde. Teresa sabía que ya no habría manera de hacer recapacitar al abuelo sobre la locura que según ella iba a cometer.
Al llegar a la plaza algunos curiosos desconocidos se habían acercado a los grupos de gente dispersa para ver lo que ocurría. ¿Cuál era el problema?, pensaba Don Javier, esto ocurría todos los días, era el final del siglo XX. No había para tanto. En ese momento pasó por su cabeza la duda de si se había dejado el Compact-disc encendido. No, no, lo había apagado todo.
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Teresa y los niños estaban abajo esperando en el coche, ya era tarde y no había tiempo para buscar algún sitio donde aparcar, de modo que lo había dejado en doble fila.
- Tengo ganas de ver a Sandra. Hace tanto que no la veo- dijo el abuelo según salía de la habitación completamente preparado. – Hola papá. Sandra está abajo, y todo el mundo espera ya en la plaza para ver el “espectáculo”, ya sabes a qué me refiero, están muchos de tus admiradores. – Ya. Contaba con eso- dijo Don Javier ajustándose los gemelos. – Venga niños, vámonos, se hace tarde- dijo Alicia intentando que los chicos dejasen en paz al pobre gato.
Finalmente todos salieron de la casa y Don Javier cerró la puerta con llave. Bajaron en el ascensor por turnos y una vez abajo los otros tres nietos corrieron a saludar a su abuelo. Sandra, que acababa de llegar de Londres para no perderse el acontecimiento, fue la primera en abrazar a su abuelo y desearle mucha suerte. Los dos pequeños, aunque ya no lo eran tanto, no se preocupaban de la medida en que aquello podía afectar a los sentimientos o a la imagen de su abuelo. Con 12 y 14 años solo se ocupaban de ligarse al mayor número de chicas posible, y al parecer iba ganado el pequeño. En realidad Don Javier sabía que había salido a él, si hasta llevaba su mismo nombre.
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Al abrir se cumplieron todas sus predicciones, Leticia y Jorge entraron correteando seguidos de sus padres. A Don Javier le gustó ver a su pequeña Alicia tan radiante de felicidad, le sentaba fenomenal su tercer embarazo. Los niños besaron al abuelo y corrieron a buscar a Lazslo.
- ¿Que tal papá?, ¿nervioso?- preguntó Alicia mientras le besaba. – No cariño, yo ya he pasado por esto- dijo sonriendo con una mueca de ternura. – Bueno Don Javier, eso no tiene nada que ver, la segunda vez se pasa casi peor que la primera- dijo Luis por experiencia. – ¿Dónde está Javi?- pregunto Alicia. – No lo sé, ya debería estar aquí, pero ya sabes que tu hermano no llega nunca puntual a los sitios. Tomad algo, saca algún refresco a los niños, yo voy a terminar de vestirme- Don Javier se dio media vuelta para continuar con su tarea.
Al rato, cuando el Señor Rojas ya se había puesto la camisa y la corbata, escuchó desde la habitación a Javier entrando en el salón, algo sofocado y anunciando que ya estaba todo el mundo esperando en la plaza para acompañar a su intrépido padre. De camino a casa, Javier había pasado con el coche por la plaza y había visto a la gente esperando. Incluso había visto concentrados a muchos de los que criticaban a su padre y le tachaban de loco, ahora se habían transformado en simples curiosos que después crearían su propia versión de los hechos.
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Decidió dormir un poco y se fue a la cama con un libro de Chejov. Por supuesto Lazslo le acompañó trepando a la colcha en cuanto Don Javier se hubo despojado del batín y metido en la cama. La última vez que pudo concentrarse en la lectura ya eran las siete menos cuarto de la mañana, sus ojos terminaron por rendirse al sueño con la esperanza de que el despertador funcionase a las diez, tan solo unas horas, tan solo unos minutos más tarde para comenzar su vida, su nueva y juvenil vida.
Efectivamente el despertador fue tan puntual como cabía esperar de un despertador de cuerda.
Se duchó rápidamente y se afeitó. Luego comenzó a vestirse despacio. Primero se puso la ropa interior limpia, optó por la camiseta de termolactil, era bastante friolero y ya era noviembre. Luego se puso unos finos pero cálidos calcetines negros y el pantalón del traje. Se ajustó los zapatos y fue hacia el baño para peinarse pulcramente antes de ponerse la camisa blanca. De camino allí encendió el equipo de música y puso la 5ª de Mahler. Cuando se estaba peinando llamaron a la puerta. Sonrió frente al espejo pensando en los pequeñuelos que segundos más tarde estarían correteando por la casa, y pasó la mano sobre la línea suave de su pelo cano antes de acudir a la llamada del timbre.
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de Adagios en el equipo de música y contaba cientos de cuentos a los niños, o se lanzaba en la alfombra de la salita con todos los cojines de la casa para disfrutar junto a sus cinco nietos de alguna película infantil.
Todos los hijos y los nietos habían probado por primera vez el Málaga Virgen alentados por Don Javier en una Nochevieja. Y cada año se repetía el mismo ritual. La edad de 7 años era la frontera que había que cruzar para probar el elixir mágico del abuelo. Daba igual que sus hijos, ahora mayores, casados y responsables, prohibieran terminantemente al abuelo dar de beber algo con alcohol a los niños, ¡menudo era Don Javier!, ¡como que alguien le iba a prohibir algo en esta vida!.
Echaba a todos de menos en ese momento, necesitaba de nuevo la aprobación de sus hijos para dar el gran paso, a pesar de que ya le habían repetido una y mil veces que le entendían y estaban de acuerdo. Se fijó en el reloj de cuco al comenzar a asomar el pajarillo y vio que ya eran las seis. Quedaban pocas horas, y aunque estaba muy seguro de lo quería hacer, a veces la fuerza de los recuerdos hacía flaquear todas sus determinaciones. Pero, en realidad, con todo podía la fuerza de la ilusión, la fuerza de una ilusión juvenil, infantil, del nuevo niño en el que se había convertido.
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