Durante sus primeros años, su mundo estuvo impregnado por el espíritu del pietismo suabo. En 1881, la familia se instala en Basilea, volviendo a los cinco años a Calw. Terminados sus estudios latinos con éxito en Göppingen, Hesse ingresa en 1891 en el seminario evangélico de Maulbronn, del que se escapó en marzo de 1892 a causa de la rigidez educativa que le impedía, entre otras cosas, estudiar poesía –seré poeta o nada-, dice en su autobiografía. En Bajo las ruedas hará una descripción del sistema educativo.
Continuos y violentos conflictos con sus padres lo llevan a una odisea a través de diferentes instituciones y escuelas. Entra en una fase depresiva e insinúa, en carta de marzo de 1892, ideas suicidas: quisiera partir como el sol en el ocaso, y en mayo, hace una tentativa de suicidio, por lo que lo ingresan en el manicomio de Stetten im Remstal, y más tarde en una institución para niños en Basilea. En 1892 entró en el instituto de Bad Cannstatt, en Stuttgart y en 1893, a pesar de obtener el diploma de ingreso de primer año dejó los estudios.
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El viento del Otoño crepita frío entre los juncos secos,
envejecidos por el anochecer;
aleteando, las cornejas vuelan desde el sauce, tierra adentro.
Un viejo solitario se detiene un instante en una orilla,
siente el viento en sus cabellos, la noche y la nieve que se acercan,
desde la orilla en sombras mira la luz enfrente
donde entre nubes y lago la línea de la costa más lejana
todavía refulge en la cálida luz:
aúreo más allá, dichoso como el sueño y la poesía.
La mirada sostiene con firmeza en la fulgurante imagen,
piensa en la patria, recuerda sus buenos años,
ve palidecer el oro, lo ve extingirse,
se vuelve y, lentamente, se dirige
tierra adentro desde aquel sauce.
Hermann Hesse
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Siddhartha cuidó del cisne hasta que
estuvo bien otra vez.
Un día, cuando su ala sanó, lo llevó al río.
“Es hora de separarnos,” dijo Siddhartha.
Siddhartha y Devadatta miraron como el
cisne nadó hacia las aguas profundas.
En ese momento escucharon un sonido de
alas sobre ellos.
“Mira,” dijo Devadatta, “los otros han
regresado por ella.”
El cisne voló alto en el aire y se unió a sus
amigos.
Entonces todos volaron sobre el lago por
una última vez.
“Están dando las gracias,” dijo Siddhartha,
mientras los cisnes se perdían hacia las
montañas del norte.
Adiccabandhu y Pasmasri
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“Está herido pero todavía vive.”
Los ministros estaban perplejos.
¿A quién pertenecía el cisne?
“Creo que los puedo ayudar,” dijo una voz.
Un hombre viejo venía acercándose por el
portal.
“Si este cisne pudiera hablar,” dijo el anciano,
nos dijera a nosotros que quisiera volar y
nadar con los otros cisnes silvestres. Nadie
quiere sentir el dolor o la muerte. Lo mismo
siente el cisne. El cisne no se iría con aquel
que lo quiso matar. El se iría con el que quiso
ayudarlo.
Todo este tiempo Devadatta permaneció en silencio.
Nunca se había puesto a pensar que los animales también tenían sentimientos.
El lamentó haber herido al cisne.
“Devadatta, tu puedes ayudarme a cuidar el cisne, si quieres,” le dijo Siddhartha.
sigue….
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Los dos muchachos comenzaron a discutir.
“Para,” dijo Siddhartha. “En nuestro reino, si la gente no
puede llegar a un acuerdo, pide ayuda al rey. Vamos a
buscarlo ahora.”
Los dos niños salieron en busca del rey.
Cuando llegaron todos estaban ocupados.
“¿Qué hacen ustedes dos aquí?” preguntó uno de los
ministros del rey.
“¿No ven lo ocupados que estamos? Vayan a jugar a
otro lugar.”
“No hemos venido a jugar, hemos venido a pedirles
ayuda.” Dijo Siddhartha.
“!Esperen!” llamó el rey al escuchar esto.
“No los corran. Están en su derecho de consultarnos.”
Se sentía complacido de que Siddhartha supiera cómo actuar.
“Deja que los muchachos cuenten su historia,” dijo.
“Escucharemos y daremos nuestro juicio.”
Primero Devadatta contó su versión.
“Yo herí al cisne, me pertenece.” Dijo.
Los ministros asintieron con la cabeza.
Esa era la ley del reino.
Un animal o pájaro pertenecía a la persona que lo
hería.
Entonces Siddhartha contó su parte.
“El cisne no está muerto.” Argumentó.
sigue…..
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“¿Qué ocurrió?”
“Hay una flecha en tu ala”, dijo.
“Alguien te ha herido.”
Siddhartha le hablaba muy suavemente, para
que no sintiera miedo.
Comenzó a acariciarlo con dulzura.
Muy delicadamente le sacó la flecha.
Se quitó la camisa y arropó cuidadosamente al
cisne.
“Estarás bien enseguida,” le dijo.
“Te veré luego.”
Justo, en ese momento, llegó corriendo su primo
Devadatta.
“Ese es mi cisne,” gritó.
“Yo le pegué, dámelo.”
“No te pertenece,” dijo Siddhartha, “es un cisne
silvestre”
“Yo le fleché, así que es mío. Dámelo ya.”
“No,” dijo Siddhartha.
Está herida y hay que ayudarla.
sigue…..
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luchar y cómo usar la espada.
Estas eran las destrezas que un valiente rey
podría necesitar.
Siddhartha aprendió bien sus lecciones. Así
mismo, su primo, Devadatta.
Los dos muchachos tenían la misma edad.
Todo el tiempo el rey estaba pendiente de su
hijo.
“¡Qué fuerte es el príncipe,” pensó, “!Qué
inteligente. Qué rápido aprende. Qué grande y
famoso será!”
Cuando el Príncipe Siddhartha terminaba sus
lecciones, le gustaba jugar en los jardines de
palacio.
Allí vivía toda suerte de animales: ardillas,
conejos, pájaros y venados.
A Siddhartha le gustaba obsevarlos.
Podía sentarse a mirarlos tan quieto que a ellos
no les daba miedo acercarse hasta él.
sigue…..
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A Siddhartha le gustaba jugar cerca del lago.
Cada año, una pareja de hermosísimos cisnes blancos
venía a anidar allí.
El los miraba detrás de los juncos.
Quería saber cuántos huevos había en el nido.
Le gustaba ver a los pichones aprender a nadar.
Una tarde Siddhartha estaba por el lago.
Repentinamente escuchó un sonido sobre él.
Miró hacia arriba.
Tres hermosos cisnes volaban sobre su cabeza.
“Más cisnes,” pensó Siddhartha, “espero que se posen
en nuestro lago.”
Pero justo en ese momento uno de los cisnes cayó del
cielo.
“¡Oh, no!” gritó Siddhartha, mientras corría hacia donde
cayó el cisne.
sigue…..
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Quería que se conviertiera en rey.
Cuando el Príncipe tuvo siete años su padre lo mandó a buscar.
“Siddhartha,” le dijo, “Un día serás
rey, ya es tiempo de que comiences
a prepararte. Hay muchas cosas
que tienes que aprender. Aquí están
los mejores profesores de la tierra.
Ellos te enseñarán todo lo que
necesitas saber.”
“Daré lo mejor de mí, padre,”
contestó el príncipe.
Siddhartha comenzó sus lecciones.
No aprendió a leer y escribir.
En cambio aprendió cómo montar caballo.
Aprendió a manejar el arco y la flecha, cómo
sigue…..
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Hace mucho tiempo, en India, vivían un rey y una reina.
Un día la reina tuvo un bebé. Lo llamaron Príncipe Siddhartha.
El rey y la reina estaban muy felices.
Ellos invitaron a un sabio anciano para que fuera al reino a predecir la fortuna del niño.
“Por favor, dinos:” dijo la reina al sabio anciano.
“¿Qué llegará a ser nuestro hijo?”
“Vuestro hijo será un niño especial,” le dijo.
” Un día llegará a ser un gran rey.”
“¡Viva!” dijo el rey. “”Será un rey como yo.”
“Pero,” dijo el sabio, “cuando el niño crezca,
podría abandonar el palacio porque querrá
ayudar a la gente.”
“¡El no hará semejante cosa!” gritó el rey
mientras le arrebataba al niño. “¡El será un gran rey!”
El príncipe Siddharatha creció en el palacio.
Todo el tiempo el rey lo observaba.
Se aseguró de que su hijo tuviera lo mejor de todo.
Quería que Siddhartha disfrutara la vida de un principe.
sigue…..
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Durante sus primeros años, su mundo estuvo impregnado por el espíritu del pietismo suabo. En 1881, la familia se instala en Basilea, volviendo a los cinco años a Calw. Terminados sus estudios latinos con éxito en Göppingen, Hesse ingresa en 1891 en el seminario evangélico de Maulbronn, del que se escapó en marzo de 1892 a causa de la rigidez educativa que le impedía, entre otras cosas, estudiar poesía –seré poeta o nada-, dice en su autobiografía. En Bajo las ruedas hará una descripción del sistema educativo.
Continuos y violentos conflictos con sus padres lo llevan a una odisea a través de diferentes instituciones y escuelas. Entra en una fase depresiva e insinúa, en carta de marzo de 1892, ideas suicidas: quisiera partir como el sol en el ocaso, y en mayo, hace una tentativa de suicidio, por lo que lo ingresan en el manicomio de Stetten im Remstal, y más tarde en una institución para niños en Basilea. En 1892 entró en el instituto de Bad Cannstatt, en Stuttgart y en 1893, a pesar de obtener el diploma de ingreso de primer año dejó los estudios.
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Hermann Karl Hesse nació en Calw, localidad ubicada en Baden-Wurtemberg, donde transcurrieron los tres primeros años de su vida (hasta 1880) y tres años de colegio (1886 a 1889). Descendiente de misioneros cristianos, la familia tuvo desde 1873 una editorial de textos misioneros dirigida por el abuelo materno de Hesse, Hermann Gundert. Fue hijo de Marie Gundert nacida en Basilea, (Suiza), en 1842 y de Johannes Hesse, nacido en 1847, hijo de un médico originario de Estonia.
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Durante sus primeros años, su mundo estuvo impregnado por el espíritu del pietismo suabo. En 1881, la familia se instala en Basilea, volviendo a los cinco años a Calw. Terminados sus estudios latinos con éxito en Göppingen, Hesse ingresa en 1891 en el seminario evangélico de Maulbronn, del que se escapó en marzo de 1892 a causa de la rigidez educativa que le impedía, entre otras cosas, estudiar poesía –seré poeta o nada-, dice en su autobiografía. En Bajo las ruedas hará una descripción del sistema educativo.
Continuos y violentos conflictos con sus padres lo llevan a una odisea a través de diferentes instituciones y escuelas. Entra en una fase depresiva e insinúa, en carta de marzo de 1892, ideas suicidas: quisiera partir como el sol en el ocaso, y en mayo, hace una tentativa de suicidio, por lo que lo ingresan en el manicomio de Stetten im Remstal, y más tarde en una institución para niños en Basilea. En 1892 entró en el instituto de Bad Cannstatt, en Stuttgart y en 1893, a pesar de obtener el diploma de ingreso de primer año dejó los estudios.
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El viento del Otoño crepita frío entre los juncos secos,
envejecidos por el anochecer;
aleteando, las cornejas vuelan desde el sauce, tierra adentro.
Un viejo solitario se detiene un instante en una orilla,
siente el viento en sus cabellos, la noche y la nieve que se acercan,
desde la orilla en sombras mira la luz enfrente
donde entre nubes y lago la línea de la costa más lejana
todavía refulge en la cálida luz:
aúreo más allá, dichoso como el sueño y la poesía.
La mirada sostiene con firmeza en la fulgurante imagen,
piensa en la patria, recuerda sus buenos años,
ve palidecer el oro, lo ve extingirse,
se vuelve y, lentamente, se dirige
tierra adentro desde aquel sauce.
Hermann Hesse
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Yo, lobo estepario, troto y troto,
la nieve cubre el mundo,
el cuervo aletea desde el abedul,
pero nunca una liebre, nunca un ciervo.
¡Amo tanto a los ciervos!
¡Ah, si encontrase alguno!
Lo apresaría entre mis dientes y mis patas,
eso es lo más hermoso que imagino.
Para los afectivos tendría buen corazón,
devoraría hasta el fondo de sus tiernos perniles,
bebería hasta hartarme de su sangre rojiza,
y luego aullaría toda la noche, solitario.
Hasta con una liebre me conformaría.
El sabor de su cálida carne es tan dulce de noche.
¿Acaso todo, todo lo que pueda alegrar
una pizca la vida está lejos de mí?
El pelo de mi cola tiene ya un color gris,
apenas puedo ver con cierta claridad,
y hace años que murió mi compañera.
Ahora troto y sueño con ciervos,
troto y sueño con liebres,
oigo soplar el viento en noches invernales,
calmo con nieve mi garganta ardiente,
llevo al diablo hasta mi pobre alma.
Hermann Hesse
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