Me desperté soñando que te perdía…. Un frío intenso llenaba mi alma y para calmarlo intenté arrebujarme entre las mantas… No sirvió de nada, parecía que mi cuerpo no quería entrar en calor. Afuera el silencio de la noche solo se rompía por el ligero canto de una alondra anunciando un nuevo día y el murmullo del agua del río…
Me levanté y después de atizar el fuego de la estufa, coloqué una manta sobre mis hombros y salí al balcón….
Necesitaba respirar un poco de aire.
Una ráfaga helada me cortó la respiración haciendo que mi aliento se convirtiese en humo.
Fría madrugada de invierno… A lo lejos, una tenue franja de luz anunciaba el alba, y en el suelo del jardín, la escarcha brillaba a la luz de la luna… La luna, prístina, brillante, nuestra eterna confidente. Alcé mi vista hacia ella y le rogué, si le rogué como siempre lo hago: Recuérdale que lo amo.
Quiero pasear contigo por el jardín. Recorrerlo palmo a palmo y pararnos a contemplar cada rincón. Ver caer el agua desde la cascada, mientras las mariposas revolotean entre las flores que cubren la pequeña pradera donde estamos tumbados. Sentir el contacto de la hierba y el calor de tu cuerpo junto al mío. Mirar las nubes y descubrir formas caprichosas que se van desahaciendo lenta o rápidamente para formar otras diferentes.
Cuando nos cansemos de este juego, iremos de la mano a contemplar las rosas que rodean la alameda, aspirar su perfume, disfrutar sus bellos colores, viendo como las ramas se enredan en los arcos, sombreando el paseo que nos conduce al Laberinto. Si quieres, nos perderemos en él. Jugando a encontrarnos y dando rienda suelta a nuestros sentidos. Los altos setos nos protegen del exterior, solo seremos vigilados por los pájaros que lo sobrevuelen y por el sol que nos hace guiños cada vez que cambiamos de sitio, o cuado una alta rama del nogal cercano, es agitada por el viento.
Saldremos por la parte del Invernadero, y nos colaremos en esa selva tropical, donde la humedad y el olor a helechos, mezclado con el perfume de las orquídeas, volverá a hacernos soñar hermosos lugares donde la naturalez es la reina y nosotros sus únicos supervivientes, y nos sentiremos en nuestro particular “Edén” sin miedo a que nadie venga a interrumpir nuestro sueño.
Todos los días de labor, sin faltar ninguno, a las siete y veinte de la mañana y puntual como un reloj, pasa por delante de mi casa una señora mayor. Tendrá allá por unos setenta y muchos años, anda un poco coja, con su bastón y una bolsa de plástico blanca. Haga frío o calor, viento o lluvia, ningún día falta a la cita. Yo tampoco, pues invariablemente a esa hora estoy fumando un cigarrillo en el balcón antes de empezar mi jornada laboral.
Nos decimos buenos días, y hablamos brevemente, del tiempo de nada en particular…
__¿Qué, ya va ud. donde los nietos, no…?
__Pues si, ya sabes, mi hija trabaja y los niños pequeños hay que prepararlos para que vayan a la escuela. Y tu… ´¡qué madrugadora todos los días…!
__¡Claro! hay que ir a trabajar…
Y nos despedimos, o casi no, porque mientras hablamos, ella no ha dejado de caminar y se pierde por la esquina del muro que rodea el jardín y ya casi no la veo.
Me dice a mi que soy madrugadora…. y ella… Con esa edad en que ya tendría que estar tranquilamente en su casa, sobre todo ahora en el invierno, se levanta y camina hasta la casa de su hija (que no conozco) para atender a sus nietos.
Y hoy me he preguntado mientras sus últimas palabras de saludo-despedida llegaban a mis oídos….
¿Cuando ya no pueda ir a atender a esos niños o ya no le sea necesaria a su hija, la cuidarán los suyos con el mismo esmero que lo hace ella….?
sigue….
Le he dado la última chupada a mi cigarrillo, he terminado mi café junto con el coctel de medicinas mañanero, y me he ido a ami trabajo con la pregunta martilleándome en la cabeza.
¡Ojalá que lo hagan…! Me he contestado a mí misma para tranquilizar mis pensamientos.
Estaré en tus días tristes, en el susurro del viento por las tardes.
Cuando creas que la noche ha llegado y todo sea oscuro par ti, estaré en una estrella, alumbrando tu destino o en la clara luz de la luna, nuestra eterna confidente.
Si quieres recordarme, me encontrarás en el suave rocío de una rosa; en la gota de lluvia resbalando tras el cristal de tu ventana; o tal vez, si paseas por el parque, en la sonrisa cómplice de una pareja de enamorados.
Aunque tu no lo sepas, siempre permaneceré a tu lado.
El calor sofocante y húmedo, cubren los cuerpos de pequeñas gotas de sudor. Las aspas del ventilador apenas dan un respiro al aire de la habitación en penumbra.
Yacen juntos en la misma cama pero separados, cada cual perdido en sus pensamientos.
Perezosamente, ella se levanta del lecho y se dirige a la ventana. La luz de la luna dibuja su silueta desnuda, mientras, él la mira incorporado sobre un brazo.
Acaban de hacer el amor sí, pero ¿dónde quedó la ilusión de los primeros encuentros clandestinos…?
El misterio se había perdido, y contemplando su hermosura al contraluz de la ventana, sintió que ya no la amaba. Que aunque su deseo por ella seguía vivo, el amor había huído de su corazón. ¿Cuándo…? No lo sabía….
Podría ser que nunca la hubiese amado…? y ella…..? se preguntó.
Lentamente, la mujer se dio la vuelta hacia la cama y pudo ver la respuesta en sus ojos.
Jamás hubo amor entre los dos, solo pasión y deseo. Hoy había llegado el momento del fin. Lo habían intuído nada más verse, pero hicieron el amor una vez más, con furia con ansia; como el náufrago que ve con desesperación, cómo la tabla que le salvó de ser ahogado, le arrastra cada vez más lejos de la orilla.
En cada beso, en cada caricia, ellos iban sintiendo la misma sensación de pérdida, y desesperanza.
Se vistieron sin prisas, y con un frugal beso en los labios, se dijeron adios.
Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.
A. Machado interpretado magníficamente por Serrat.