A Marieta le pareció perfecto, y más aún cuando se enteró de que eran del pueblo vecino a donde ella trabajaba y conocían el restaurante. Además, uno de los chicos tenía coche, y eso le dio la idea de volver con ellos para no madrugar el lunes. Les diría a sus padres que unos amigos la iban a llevar y que les iría a visitar el próximo domingo. Ni siquiera se le pasó por la cabeza avisar a sus jefes; dio por supuesto que siendo domingo cerrarían tarde, seguro que ella llegaría antes.
Marieta había salido con sus amigas igual que todos los domingos. Después de trabajar en el pequeño restaurante que regentaba un matrimonio ya algo mayor junto con su única hija aún adolescente, se acercó al pueblo para coger el autobús que le llevaría al suyo. Las tardes de domingo las tenía libres, y no tendría que volver hasta el lunes por la mañana.
Solía quedar con sus amigas para ir a bailar a una de las dos salas de fiestas que había en su pueblo, y al mismo tiempo, visitaba a sus padres. La mañana del lunes, se levantaba temprano para poder estar de vuelta, otra vez en su trabajo, y pasaba la semana soñando con la llegada del siguiente domingo.
Transcurría su vida de esta forma sin que ningún sobresalto diera al traste con su rutina. Pero ese día, algo iba a cambiarla. Sus amigas le tenían reservada una sorpresa. Cuando llegó a la cafetería donde siempre quedaban, antes de ir a bailar, se encontró que en el grupo había tres nuevas personas, una chica y dos chicos.
Una prima de su mejor amiga había venido con dos amigos a pasar la tarde con ella, y en vez de salir los cuatro solos pensó en que se lo pasarían mejor con la cuadrilla.
Una hora y media después, me despierto y ya estoy lista. Me han puesto media escayola y han vendado completamente la mano y el brazo hasta el codo. Y vuelta al mostrador. Intercambio de papeles y traspaso de una a otra camilla. Ya estoy lista y mi avería reparada. Veinticuatro horas en boxes, con cuidados intensivos y me devuelven a casa, no sin antes darme una cita para continuar el proceso de puesta a punto y buen funcionamiento de la operación realizada.
Y así fue, como a la vista de este particular mostrador de quirófano, que se me ocurrió la idea de que éramos como “mercancía”. Por un lado, la entrega por el deterioro de cualquier parte, y por el otro, el regreso con el “desperfecto” arreglado.
De otro, sin poder distinguir quien era cada quién, tod@s vestid@s de verde.
Se acerca al mostrador una de estas personas vestidas de verde; mi conductora (de la camilla) hace entrega de mi cuerpo con el correspondiente papeleo y ¡cuál no sería mi sorpresa cuando el mostrador se mueve hacia mi, y me recoge de un lado para pasarme al otro delicadamente, de una camilla a otra.
Ya estoy en el lado donde van a “repararme”. Me trasladan al lugar destinado para este menester y con el “mecánico” adecuado. Luego me entero de que va a tener una ayudante, así es que serán dos l@s que se van a dedicar a arreglarme el tendón que no me permite hacer el movimiento adecuado a mi dedo pulgar de la mano izquierda.
Anestesia local, durmiendo los nervios del brazo, y consiguiente sedación para que me duerma y no de demasiada guerra preguntando a los profesionales porqué me estiran de aquí o de allá con más o menos fuerza. La zona “estropeada” está debidamente esterilizada y envuelta en un lienzo verde también, quizás para no inducir a error y en vez de arreglarme algo enfermo, me desarreglen algo sano.
Hace unos días tuve que someterme a una operación de tendones en la mano izquierda, y hubo un detalle que me hizo pensar en los cirujanos como “mecánicos del cuerpo”. Bueno, no todos, sino los traumatólogos. Vaya, esos que se dedican a curarnos toda clase de golpes, fracturas de huesos, roturas de tendones, músculos, etc.
Y es que si lo pensamos fríamente, nuestro cuerpo es una máquina perfecta, la más perfecta que hay en la naturaleza, y además, piensa por sí sola.
Nuestro soporte es el esqueleto, la parte más dura y la que da soporte a toda la maraña de tejidos, tendones, nervios y músculos que conforman nuestra apariencia humana. Si este soporte sufre una rotura, algo se descompensa y surgen problemas de todo tipo; desde no poder mover un dedo de la mano, hasta quedar completamente inválid@, dependiendo de la clase de traumatismo que se haya sufrido.
Bueno, a lo que iba. Me llevaban en una camilla para mi intervención, y quedé sorprendida cuando llegué a la zona de quirófanos.
Me arrimaron a una especie de mostrador bastante grande y ancho, y ahí empezó a “trabajar” mi cabeza. De un lado, enfermer@s, celador@s, médic@s, con sus ropas blancas, grises o rosas, dependiendo de sus categorías profesionales.
En la playa llamada de S. Antonio hay una pequeña ermita dedicada precisamente a este santo.
Ayer, dando un paseo, me acerqué hasta ella. Nevaba una nieve fina y seca que resbalaba por mi anorak. Cuando el viento se hacía más intenso, me azotaba el rostro, produciendome una sensación al mismo tiempo agradable, por sentir la nieve en la cara y desagradable por el intenso frío.
Estaba muy cuidada y limpia, pero con la advertencia de no encender velas en el interior. Imagino que para evitar algún incendio involuntario, ya que, aunque las paredes son de piedra, todo el interior, vigas, bancos etc., está echo de madera.
Hay un letrero encima de la pila del agua bendita que no había leído anteriormente y ayer lo hice.
Parece ser que antes era la parroquia del barrio de Abiña, y que estaba ubicada en un pequeño islote que se queda rodeado de agua cuando sube la marea.
En ella contrajo matrimonio el fundador del Nacionalismo vasco y enfrente de la parroquia existía un caserío en el que debió pasar la niñez S. Antonio por lo que tanto la parroquia como la posterior ermita que es la que ahora se visita, recibe ese nombre en su honor.
El escrito advertía de que esto era una leyenda popular, así es que, realmente no se puede decir si este santo estuvo por estos lares o no.
Siendo niño le gustaba perseguir el arco-iris siempre que aparecía en el horizonte.
Jugaba con el, corría a su encuentro de un extremo a otro, pero no conseguía alcanzarlo. Le parecía que escapaba de sus manos cuando quería tocarlo.
Se hizo mayor y viajó a lo largo y ancho de este mundo. Por distintos países en distintos lugares; por mar, por tierra y aire. Y cada vez que veía aparecer el arco-iris, lo perseguía con la ilusión de alcanzarlo algún día.
Pasaron los años y llegó la vejez. Se instaló en él casi sin darse cuenta y no había conseguido hacer realidad su sueño. Un día, contemplaba el mar desde su barca de madera y vio aparecer en el horizonte su amado arco de colores. Le pareció el más hermoso que había contemplado en su larga vida y no lo pensó.
Remó y remó persiguiendo lo que había sido la ilusión de su vida. Y esta vez se propuso no regresar mientras no consiguiera darle alcance.
Los pocos paseantes que se habían detenido a admirar el paisaje, le vieron partir y lentamente fundirse en el horizonte con los últimos rayos del sol.
Un destello multicolor iluminó el cielo cuando su barca atravesó el arco-iris.
Cuentan, que a veces, cuando el arco-iris hace su aparición en el cielo al atardecer, se puede divisar una pequeña barca en la que un niño y un viejo, con sus brazos extendidos, se funden en la brillante luz de colores.
Cómo poder pagarte ?? …..
Cómo poder estar a tu misma altura y poder expresarte la admiración que siento por tu persona, por tu calidad humana y su calidez ?? …..
Nadie como tú, conoce la pequeñez de mi persona, de mi humanidad, la grandeza de mi soledad y de mis temores, la torpeza de mis actos y la decadencia de mi espiritu, basada casi siempre en mi prepotencia y masculinidad…..
Tú, me has hecho comprender tantas cosas bellas que yo desconocia todavia…..
Qué grande eres y que pequeñas se hacen mis debilidades a tu lado….
Y sin embargo, cuando más me necesitas, sin pretenderlo, más me distancio de tí, fallándote una vez más, como en otras tantas ocasiones….
Y tú me dices que para tí, yo soy un ser importante y único ?? ….
Pero qué bella eres !!!!
El Albatros.
Y me subió la moral oírle decir ésto, más que nada, porque él, a pesar de ser solo tres años más joven que yo, se conserva físicamente muy bien, (aunque está calvo y algo achacoso dice él) y no tendría problemas a la hora de encontrar una chica joven si quisiera.
Y es que los hombres también saben lo que quieren cuando llegan a una edad madura.
Como dice mi amigo, yo ya tengo dos hijos, así es que ya he ejercido de padre. Lo que quiero es una mujer, no otra hija.
Volvía yo el otro día del yoga con un amigo en coche, y hablábamos de que cuando él iba conduciendo solo se fijaba en la carretera.
Los amigos se le quejaban de ésto y de que no les saludaba cuando iba al volante.
Entonces él les contestó que sólo volteaba la cabeza cuando pasaba una chica en minifalda.
-¡Caramba, cómo no! Le dije yo. Vosotros siempre igual, sólo os fijáis en las chicas jóvenes.
-¡No te creas, contestó! Miramos porque nos parece bonita lo mismo que vosotras miráis a los chicos jóvenes.
-Ya, seguro. Lo que pasa es que, las mujeres mayores ya no os parecemos tan atractivas.
-No digas tonterías. Hay mujeres mayores muy interesantes y que yo no cambiaría por ninguna jovencita. La belleza se refleja en la cara.
-Si, ya estamos. La belleza se refleja en la cara… la belleza interior que se suele decir. Pero vosotros preferís a las jóvenes.
Y entonces me dijo:
-No todos preferimos a las jóvenes, aunque nos quedemos mirando. La belleza se refleja en la cara, y las arrugas significan que ha vivido. Puede que físicamente no estéis tan esbeltas como una joven, pero nosotros tampoco, y no queremos una niña a nuestro lado, queremos una mujer.