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¡Ya no se distingue el sauce
del aliso ni del tejo!
En la quietud del otoño
se vestían de toreros
con alamares de oro
y sus monteras de incienso
dando a la erosión el quite
después del pase de pecho ,
para tapizar, más tarde,
los valles y los senderos
con un susurro transido
en el saludo postrero
Maxi
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